Nuevamente las entidades agropecuarias convocaron a un paro para expresar su malestar con las decisiones y el maltrato que le dispensa este Gobierno, desde hace doce meses. Así culmina otro año de postergación de la implementación de las políticas que podrían generar réditos sectoriales, con beneficios para toda la economía, y sin necesariamente agravar la situación de pobreza que afecta a un tercio de la población.
La situación del campo es diversa. Mientras los que hacen soja y maíz están disfrutando de una buena situación internacional, otros productores, como los que sembraron trigo, los ganaderos y los tamberos, y algunas economías regionales se ven privados de una retribución razonable a sus actividades simplemente porque ‘el pan, la leche y la carne’ son esenciales en la canasta familiar.
No son los ingresos de los sectores más pobres de la población los que defiende esta política. En realidad, de lo que se trata es de defender a los sectores de ingresos fijos, la clase media, donde el Gobierno pretende retener un apoyo que podría perder en la medida que otros temas, como inseguridad y transparencia institucional, desplacen a la economía como tema determinante.
Y también se trata de bajar la inflación de este año al mítico nivel de “un dígito , para exponer un logro político. Es una verdadera lástima que el Gobierno esté tan obsesionado con colocar el índice de inflación por debajo del 10%, en el 5to año posterior a una devaluación de casi el 300%. Basta con observar que otros países que devaluaron, aunque bastante menos, tuvieron más inflación en el 5to año: Rusia 13,9%, México 14,9%, Indonesia 10,6% y Brasil 17,5%.
Para lograr este objetivo el presidente Kirchner ha tomado una serie de decisiones temerarias como prohibir algunas exportaciones de carnes, congelar precios, intervenir en mercados, censurar información, forzar refinanciaciones bancarias a cambio de mantener precios, elevar las retenciones de lácteos, generar distorsiones en el mercado de harinas, cuando no maltrato y persecución. La consecuencia más evidente de esto ha sido generar frustración y desánimo en sectores que deberían estar invirtiendo para aprovechar el excelente momento internacional y doméstico que enfrentan. A tal nivel llega el desánimo de algunos empresarios que deciden vender sus empresas a precios ridículamente bajos, si se los compara con empresas equivalentes en otros países. Obviamente los compradores, siempre extranjeros con capacidad financiera, asumen que estos dislates no pueden mantenerse por mucho tiempo, y que la normalidad llegará algún día.
Y lo que es peor, los controles de precios han desacreditado tanto al IPC ( ndice de Precios al Consumidor) como una medida creíble de la inflación real, y no está claro que el Presidente puede beneficiarse políticamente de este logro.
¿Hay un conflicto insuperable con el campo?
¿Es inevitable el choque de intereses entre los consumidores nacionales y los productores agropecuarios? ¿Hay que optar entre exportar y vender internamente cuando se trata de productos populares?
La experiencia internacional nos dice que no; inclusive demuestra lo contrario, que los consumidores nacionales se pueden beneficiar y mucho de sus productores competitivos a nivel internacional.
Francia, por ejemplo, es un gran consumidor mundial de vinos, y también el primer exportador. España lo es en aceite de oliva, Italia con la pasta, y Escocia con el whisky. Y seguramente hay muchos ejemplos más de cómo un sector muy competitivo logra abastecer muy adecuadamente el mercado interno, que le sirve para ampliar la escala, absorber subproductos, y como compensador de los avatares de los mercados externos. Y los consumidores disfrutan de calidades superiores a precios competitivos a tal punto, que se convierte en un atractivo turístico insustituible, como las parrillas de nuestro país.
¿O acaso no le conviene al sector ganadero contar con un mercado interno pujante, cuando por razones sanitarias se nos cierran los mercados externos? La política ganadera del Uruguay, de subsidiar los cortes populares con los cortes de exportación, sería imposible sin el dinamismo que las mayores exportaciones le han otorgado al sector.
Los conflictos por los precios de corto plazo, que son ciertos, podrían superarse si ambas partes acceden a mirar a largo plazo, y confeccionar un Plan Ganadero que contemple las fuertes inversiones que harían falta para aumentar el stock, desarmar la comercialización basada en la media res, elevar el estándar sanitario del rodeo y de los frigoríficos y carnicerías, luchar contra la evasión fiscal y sanitaria, etc., etc.
Estimaciones técnicas permiten afirmar que nuestra ganadería podría llegar a exportar u$s 5.000 millones, y generar 500.000 empleos en 8 años, sin que los cortes de mayor consumo popular aumenten de precio por encima de la inflación general. Lo mismo podría afirmarse de nuestra actividad lechera, que tiene un enorme potencial, pero que está atrapada en la maraña de controles y acuerdos, en lugar de ampliar su productividad y acceder a los mercados mundiales.
La verdadera pobreza, no la de los índices, va a desaparecer solo con la creación de empleos y la generación de oportunidades de negocios productivos. El país no necesita nuevos paros agropecuarios, ni el sector puede tolerar más discriminaciones. Hace falta una visión estratégica para no dejar pasar otra oportunidad.