En la ciudad de la no furia
Sí, es Buenos Aires. Sí, en serio. Definitivamente, ir al trabajo en enero es una experiencia reveladora, placentera e inolvidable, siempre que se tome como punto de comparación cualquier otro momento del año, sea cual fuere. Tránsito descongestionado, calles y avenidas cuasi desiertas, marchas de protesta que brillan por su ausencia, y subtes y colectivos semi-vacíos en horas pico son algunos de los rasgos que referencian este momento supremo. Incluso, es tal la diferencia en el ritmo diario, que con un poco (bastante) de imaginación quienes se lo propongan pueden jugar a que vivirán un mes en un lugar imaginario, desconocido, donde además el delivery no demora, en el banco no hay cola, el colectivero le regala una sonrisita al subir, y caminar por las calles del centro en horario oficinesco en ciertos tramos de la tarde hasta puede resultar un cable a tierra y servir de relajante para mente y alma. Claro que salvo que se tenga una fantasía extrema todo se desmoronará inevitable y rápidamente ante
inminentes detalles complementarios de estas situaciones, como un simple giro gramatical de ese mismo colectivero hacia un taxista que se le cruzó, o una parada de subte que parece el norte de Brasil por la sensación térmica... pero que es la estación Piedras. Pero como todo está en la mente, a no perder la esperanza.
Mañanas (y tardes) informales, y más flexibilidad
En enero, como por arte de magia, la informalidad copa la parada e ir al trabajo ya no se vuelve tan riguroso en cuanto al look. La empresa se vuelve menos rígida en lo relacionado a la apariencia, la vestimenta admite unas cuantas variaciones, los piercings part-time empiezan a hacer jornada completa y el tráfico interno también es más relajado: la oficina ya no es la jungla habitual, con gente a las corridas, superiores malhumorados y un creciente caudal de extensas reuniones. Por todo ello, los que se quedaron tienen otra cara, y lucen sonrientes y amables.
Pero hay más: las mujeres están más ligeras de ropas, los hombres no hablan todo el tiempo de fútbol (los torneos de verano no dejan tanta tela para cortar) y como los directivos más importantes salen en enero, ¡es probable que no esté su jefe! Y si está, es posible que tenga una benevolencia mayor a la habitual, potenciando ítems que ya por sí en enero se despojan de cierta intransigencia, como ser horarios, jornadas reducidas, extensos coffee breaks y demás. Para colmo, como en las empresas enero es más un mes de planificación que de gestión, el volumen de faena será inferior y tendrá plena seguridad de que no deberá quedarse después de horario. Y volviendo al fútbol, un tema no menor: tranquilo, que las charlas de los lunes no corren ningún riesgo, porque si bien es probable que algunos de sus compañeros más futboleros estén de vacaciones...¡en enero los torneos oficiales de fútbol están en receso!
Se puede planificar el año con tranquilidad
Otra de las ventajas está relacionada con la planificación: no salir de vacaciones en enero es sinónimo de poder organizar el año que comienza en la paz porteña, sin apuros ni presiones, y con el consiguiente ahorro de tiempo en ese sentido, teniendo en cuenta que todo inicio de temporada siempre viene bien para establecer las pautas principales de lo que se viene. Y el beneficio de hacerlo cerca del Obelisco evita asimismo posibles efectos contraindicados si es que el panorama no está demasiado claro, como en esta ocasión (ayudado por la crítica coyuntura económica), algo que en la costa podría ser fatal...
Porque si la hoja de ruta empieza a complicarse en pleno período de descanso, la película es conocida: lo que se inicia con un tibio pensamiento y sigue con la acaramelada previsión de uno u otro escenario, comienza a descarrilarse. Y tomar una decisión, repensarla al otro día, reverla por la tarde, analizarla durante la noche (con insomnio incluido) y maldecirla a la mañana siguiente son sólo indicios del tsunami indecisivo que se avecina... Sí, nada surtirá efecto, ya no podrá dejar de maquinar y la bola de nieve será cada vez más grande. “¿Cómo planifico el 2009? , se preguntará una y otra vez, mientras la gente a su alrededor disfruta del mar y del sol, lo que potencia la incertidumbre en cuestión.
Y ya no habrá vuelta atrás, ni siquiera cuando -allá arriba, en el médano más alto, en soledad- llegue la intentona de ruego liberador, a los gritos (“¡Dios, ayudame a planificar el 2009! ), sudando desesperadamente tras dos horas de running por la playa a pleno sol, mientras golpea la cabeza con la arena. A esa altura, para peor, las dos o tres decisiones que tenía en claro también habrán entrado en la nebulosa total... Para asegurarse que todo ello no suceda, qué mejor que planificar el año en el horno porteño, donde seguramente los tips del camino a seguir saldrán casi sin proponérselo, sin presión, y le permitirán disfrutar sin pensamientos intrusos las posteriores vacaciones a lo largo del año, donde todo será relax, goce y pura vida.
Pánico y locura en la Costa
Definitivamente, en cierto punto quedarse durante enero en Buenos Aires será además beneficioso para la salud y el propio bienestar. Es que el entusiasmo desmedido del entorno familiar en vísperas de vacaciones de verano es claramente superior a las expectativas más mesuradas que se viven en otros momentos del año, sea por el reciente inicio de temporada, por el calor en mayúsculas o por el efecto contagio de la desesperación que viven pares y amigos ante el éxodo inminente.
Y ni hablar del panorama in situ, donde muchas escenas de la vida cotidiana (en vacaciones) provocan un estrés varias veces mayor al que generaría cualquier vaivén laboral. En principio, escapará de la sobreexcitación permanente que experimentan esposa, hijos, amigos de los hijos, amigas de las madres, hijos de los vecinos de carpa, amigas de las amigas de la vecina de carpa y demás ocasionales protagonistas en una supuesta tarde de relax en la arena.
Pero eso no es todo: también evitará que su autoridad familiar quede pintada en reiteradas ocasiones (en el 99% de ellas) y hasta puede demorar una posible separación en ciernes, que quedará pospuesta ante las demandas del día y a día y su trajín (y también una incipiente tras dos semanas de asistir a un desfile incesante de gloriosos exponentes del sexo opuesto...). Además se dará cuenta de que no tener que cuidar permanentemente a los chicos en la playa durante dos semanas, no tiene precio.
Hablando en serio, es habitual que en verano todos los momentos destinados al relax se terminen transformando en una experiencia adrenalínica, con sobrecarga de salidas y un desmedido uso de energía, lo que a veces hace que se vuelva del período de descanso más estresado que antes de salir. Por ello, trabajar en enero y salir más adelante implicará una experiencia más relajada.
Bienvenido amor
Volviendo a la variada gama de ventajas que ganan la escena ante la configuración slow de la gran urbe de cemento, allí también aparece un apartado dedicado al ocio, teniendo en cuenta que es posible que la carga laboral disminuya y así se abran más huecos para socializar y divertirse. Ir a un museo, a una feria artesanal o a un teatro serán experiencias más gratificantes y distendidas sin la extasiada masa humana que suele acompañar estos eventos en la temporada alta porteña.
Para mejor, este efecto suele potenciarse todavía más en lo que es oferta gastronómica y de bares nocturnos, donde todo transcurrirá sin demoras y con la impronta especial que tienen las noches veraniegas, potenciando after offices y salidas entre colegas. Y en este sentido, bien vale una aclaración fundamental: calor, más una ciudad en reposo, más noches de tragos con amigos, más ropas livianas, son sinónimo de mejor predisposición para un rubro que puede ser explotado al máximo... Sí, en verano el amor es más fuerte, comprendiendo en este concepto todas sus posibles vueltas de tuerca, según cada quien.
Y si a ello se le suma el hecho de que todo inicio de año es un buen momento para volver a foja cero y empezar de nuevo, la perspectiva se torna aún más favorable, sea para un eventual affaire estival o para encontrar a la ansiada media naranja. Igualmente, si anda desesperado por el mundo buscando a su compañera/o ideal, guarde un par de meses el traje de enamoradizo en el armario y no se ilusione demasiado, porque el calor viene con varias contraindicaciones si se habla de búsquedas de relaciones más duraderas.
El bajón estacional
El regreso de las vacaciones es uno de los momentos más duros del año, cabeza a cabeza con el campeonato que el club de los amores regaló en las últimas fechas, la torta que se quemó justo para el aniversario de casamiento, la media que se le corrió esa misma noche (donde además las lágrimas de emoción en el maquillaje dieron como resultado el monstruo de “esa foto) o el despido de aquella pulposa recepcionista que alegraba la mañana.
Y si la reincorporación es con un clima sofocante, la cosa se torna peor aún, con una alta probabilidad de que lo que empezó como un jueguito (el de reflotar, el último día de descanso y durante caminata zen por la playa, el antiguo proyecto de las cabañitas en la costa) pueda transformarse en motivo de telegrama de renuncia (tras 24 horas también se bajará de las cabañas, pero si es ingeniero al menos podrá empezar a conducir un taxi).
La mejor forma de evitar esos inoportunos lapsus -teniendo en cuenta que carecen de toda factibilidad- es directamente quedarse en enero en Buenos Aires, lo que a su vez trae consigo un valioso plus: si bien no se evitará la depresión pos-vacaciones, el bajón de la reinserción tendrá un marco más acorde, más down, posiblemente con árboles pelados, hojas caídas y un clima más frío si es que se eligieron los meses de otoño e invierno. Coherencia, que le dicen.
Cuestión de estatus
Los beneficios de ser coherente y respetar el “bajón estacional tienen asimismo una funcionalidad encubridora. A saber: si su paupérrima situación económica lo dejó varado en Capital este verano, puede adoptar una frase de cabecera ante su círculo social sustentado en la línea de conducta que busca respetar saliendo en invierno. “Si la hacemos, la hacemos bien , puede jactarse ante sus allegados con rostro cómplice y mirándolos a los ojos, si es posible a pleno sol, transpirado de arriba a abajo y rodeado de cemento.
Pero si el interlocutor en cuestión comienza a hurgar por más detalles y el fiasco corre peligro, el “saldré más adelante, todavía no sé cuándo hará que la mentira no quede en evidencia, siempre y cuando de inmediato salude y desaparezca aduciendo un apuro actuado con eficiencia.
Así le generará una duda no resuelta, cerrando un tema que en el próximo encuentro no será abordado dado que el otro protagonista de la historia ya habrá regresado de sus propias vacaciones y no querrá ni escuchar hablar del tema (estará con el bajón. Ahí se recomienda incluso vengarse del infortunio propio tocando ciertos puntos que puedan profundizar la crítica situación que está sufriendo).
Podrá sacar su propio provecho
Si se habla de consideración interna, no salir cuando todos se pelean por hacerlo lo puede posicionar mejor, sobretodo en lo referido a la acumulación de tareas que los demás dejaron sin resolver... Puede ser hasta una oportunidad, dado que la escasez de personal permite un mayor lucimiento del trabajo propio y además es factible tener aquella postergada entrevista extensa con el jerarca que todo el año estuvo ocupado. Temas como la propia posición en la empresa y la posibilidad de una mejora salarial pueden tener lugar en ese ambiente más descontraído. Y otro punto que no es menor: como al final se va a ir en un período en el que no sale casi nadie, no correrá el riesgo de que le nombren un sustituto temporal...que luego hasta podría terminar sacándole el puesto...
La fama no me ha cambiado en absoluto
¡Andy Warhol tenía razón! Sí, usted también tendrá sus 15 minutos de fama, en los que se sentirá un rockstar acosado por los fans, los paparazzi, las groupies (apele a la imaginación nuevamente, tal vez más que nunca) y los medios. Será el día en que sus compañeros tomen por asalto su oficina para que los ponga al día de lo sucedido mientras estuvieron ausentes. Sí, querrán enterarse de todo lo que pasó y de las novedades más relevantes. ¡Todos irán en su búsqueda, todos lo saludarán amablemente!
Y usted que se creía un chambón al quedarse mientras el 90% de la plantilla gozaba al sol... Si bien serán sólo 15 minutos, podrá sentir en carne propia cómo es formar parte del estrellato. Y si bien tras robarle la info que buscaban, sus compañeros huirán en forma rauda y lo dejarán mas sólo que a De la Rúa, no se preocupe. ¡Es la famosa soledad del artista!
Irse de vacaciones cuando todos están a full ¡no tiene precio!
Para sacarse la careta de una vez por todas: si a la bronca por haberse comido enero en el incendio porteño no hay dotación de bomberos que la apague; si le dolió en el alma que su jefe le negara al menos una semanita para darse un chapuzón; si finalmente en enero le terminaron enchufando todas las tareas inconclusas de sus colegas; si tuvo que quedarse tiempo extra porque sus pares no tenían cobertura en la playita paradisíaca y no pudieron resolver ciertas cuestiones desde sus BlackBerrys...
Trague saliva y espere mitad de año frotándose las manos: ¡Tomarse descanso cuando todos están estresados, malhumorados y quemados, no tiene precio! Y para mejor, conseguirá tarifas de transporte y alojamiento más baratas, el lugar elegido estará casi desierto y hasta podrá tantear qué opinan algunos colegas que fueron a algún destino que lo tiene en duda, para luego sacar sus conclusiones.