La importante cuestión de cuándo agro e industria van de la mano, y en qué ocasiones se enfrentan, merece un análisis profesional. Poco se gana en comprensión cuando se afirma que unos y otros deben envolverse en la misma bandera argentina; y mucho menos se gana en comprensión cuando se sostiene que la producción de soja no genera empleo, mientras que la de tornillos sí.
En las líneas que siguen hablaré de agro e industria, significando los intereses de los seres humanos que derivan ingresos de aplicar sus esfuerzos laborales, sus equipos, su imaginación y su riesgo, a la producción y venta de productos agropecuarios e industriales, respectivamente. Agro e industria son dos abstracciones, lo que está en juego es la aplicación de la energía humana a diferentes actividades, con el objeto de generar ingresos personales.
En la historia del pensamiento económico el conflicto entre agro e industria fue claramente planteado por el inglés David Ricardo, a comienzos del siglo XIX. Ricardo fue el ideólogo de la industrialización de su país. Asimilando la industria con el progreso, y verificando en la agricultura la ley de rendimientos marginales decrecientes, propuso alejar el estado estacionario (el momento a partir del cual el PIB inglés dejaría de crecer) eliminando las Leyes de Granos, como se conocían en Inglaterra a los derechos de importación de los alimentos. Vía el comercio internacional, su país podría dar de comer a su clase obrera utilizando menos recursos que si los producía localmente. Siguiendo la misma lógica, en un país exportador de alimentos como Argentina, el industrialista Ricardo propondría prohibir las exportaciones de alimentos.
Agro e industria no pueden ser amigos, cada vez que se encuentran en distintos lados del mostrador. No pueden ser amigos los ganaderos, que quieren vender los cueros crudos al mayor precio posible, y los curtidores, que consiguieron que el gobierno se pusiera de su lado prohibiendo a veces, cobrando impuestos en otras, la exportación de cueros crudos; no pueden ser amigos cuando el agro exporta y la industria compite con importaciones, y la protección industrial es arancelaria (como en la década de 1960), porque en estas condiciones el agro está a favor del tipo de cambio real alto, y la industria del tipo de cambio real bajo.
Agro e industria pueden ser amigos cada vez que se encuentran en el mismo lado del mostrador. Ahora, en materia cambiaria, porque al tiempo que el agro exportador sigue interesado en que el tipo de cambio real sea alto, la industria que compite con las importaciones también lo quiere, porque ahora la protección es básicamente cambiaria, no arancelaria. Y pueden ser amigos cada vez que enfrentan al Estado, por ejemplo, cuando éste no reconoce la inflación, a efectos del cálculo del impuesto a las ganancias, o frente a una política de confiscaciones generales.
Dentro del sector industrial también hay relaciones de amistad y de tensión. El cálculo de la protección efectiva, que sirve para estimar la protección del valor agregado generado por cada sector, explicita los conflictos que se producen dentro del sector industrial. La protección de la industria del tornillo se beneficia con un derecho de importación a dicho producto, pero se reduce cuando el derecho de importación se le fija al acero y a las máquinas con las cuales se producen los tornillos.
Agro e industria también se enfrentan en el plano de las imágenes. Cuando estudié en la UCA, a comienzos de la década de 1960, la industria era sinónimo de modernidad, empleo, dinámica, etcétera; mientras que agro era sinónimo de inelasticidad de oferta, terratenientes ausentes, ausencia de cálculo económico, etcétera. Y por lo menos desde 1941, cuando Wolfgang Friedrich Stolper y Paul Anthony Samuelson publicaron su trabajo sobre protección y salarios reales, sabemos cuáles son las implicancias del librecomercio y la protección, sobre la ocupación y los salarios reales.
Pero las imágenes se ponen viejas. La imagen de la ganadería extensiva, junto a la de la producción local de textiles utilizando mucha mano de obra, es la imagen de la apertura comercial que disminuye la demanda neta de empleo, y por consiguiente no les conviene a los asalariados. Pero ésta es una imagen vieja en el sentido de que si uno visita un campo de soja no encuentra asalariados, pero si visita una fábrica industrial moderna... tampoco. En la disputa por la creación sectorial del empleo, unos y otros apelan a la generación indirecta de puestos de trabajo. Y aquí no es nada claro qué sector es más mano de obra intensivo.
Por eso reitero: más útil que discutir si agro e industria son –o deben ser– amigos o enemigos, es entender las situaciones en las cuales el conflicto es inevitable, y aquellas en las cuales lo que cabe esperar es la cooperación. Y siempre sobre información actualizada, no sea cosa que decidamos en base a imágenes que ya no rigen.
¡ nimo!