

Cada fin de semana, el cocinero Dan Perlman convierte la intimidad del living de su departamento en Recoleta en un pequeño restaurante para 12 personas. Él mismo se encarga de preparar la comida –que cambia cada semana y va desde pastas y platos vegetarianos hasta platos mexicanos o paquistaníes– mientras que su socio se ocupa de recibir y atender a los comensales, que siempre llegan motivados por recomendaciones de amigos o conocidos. Cada uno paga $ 75 por un menú fijo que incluye bebida y café. Eso sí: deben reservan su lugar con una o dos semanas de anticipación.
Este microemprendimiento, que lleva el nombre de SaltShaker, es parte de la creciente movida de restaurantes “a puertas cerradas que se pueden encontrar en Buenos Aires. “Yo conozco más de 30 lugares de este tipo en la ciudad y nosotros somos uno de los más nuevos , afirma Perlman, un estadounidense que dejó Nueva York hace tres años para instalarse en Buenos Aires. “Estoy jubilado y buscaba algo interesante para hacer. Ahora trabajo sólo dos días por semana , cuenta en su claro español. ¿Qué ofrece a sus clientes? “Una mezcla de comida casera y conversación , resume. Es que las charlas inesperadas son parte del encanto de este restaurante secreto donde hay una sola mesa que las personas –que no se conocen entre sí– tienen que compartir, sin excepción. “Es parte de la propuesta , destaca Perlman.
Algo similar ocurre en Casa Félix, un proyecto que el cocinero Diego Félix puso en marcha hace nueve meses en su casa de cinco ambientes y enorme patio, en Chacarita. Todos los fines de semana recibe 15 personas a los que invita a probar un menú elaborado con productos orgánicos y autóctonos. “La idea surgió hace dos años, cuando vivía en San Francisco –relata–. Tener un lugar chiquito donde mostrar mis locuras. Yo sirvo cada plato y explico su por qué . Como, por ejemplo, la ensalada de sandía, queso de cabra y nueces o el lenguado a la plancha con salsa de tomate y butiá, producto típico del Uruguay. “Es como una performance culinaria. Todos llegan a la misma hora, charlamos un rato y al final de la noche es como una fiesta , dice. La velada cuesta
$ 80 por comensal (sin bebidas) y, algunas veces, durante la cena se arman grupos que espontáneamente deciden seguir la noche en algún bar o disco cercana.
Clientes y amigos
Otra muestra de la variedad de propuestas de este tipo es Mis raíces, en Belgrano, una casa de familia hecha restaurant de alta cocina judía o Kensho, que ofrece su menú vegetariano en un PH. Y entre las más recientes también está La Cocina Discreta, que desde hace cuatro meses funciona en la casa que Rosana y Alejandro (la pareja prefiere no dar su apellido) tienen en Villa Crespo. “Tenemos 18 cubiertos por noche y la idea es armar una clientela amiga de la casa , asegura Alejandro, fotógrafo de profesión. En este caso, las opciones son bife de chorizo a la parrilla o pastas por un valor de $ 65 sin vino. La pareja define a su restaurante como una mezcla entre gourmet y bohemio. Ambos se encargan de recibir a los clientes y servir las mesas mientras que un chef profesional se ocupa de la cocina. “A la gente que está cansada de Palermo Soho le interesa probar algo diferente –se enorgullece–. Trabajamos mucho con parejas que vienen a festejar algún aniversario. A veces les preparamos una mesa aparte, en un ambiente solo para ellos .
La casa también funciona como galería de arte, con cuadros de amigos y fotos de Alejandro, y durante las cenas la música ocupa un espacio fundamental.










