“Los chacales son mayoristas autorizados y segundos mandos del capo. Entre todos ellos rige un código que permite el dominio piramidal sin titubeos: a la primera falta la sanción es rapar a cero y afeitar las orejas. Si el muchacho no entendió con la vergüenza de andar con la cara como un mutante, se gana un tiro en una pierna, o en un brazo. El tercer error es el fatal: muere acribillado. Bajo esas leyes inquebrantables funciona el ejército privado al que ngel ingresó .
Entrar en el mundo de los clanes de narcos peruanos que habita en la ciudad de Buenos Aires no es para cualquiera y ngel lo sabe bien. Siempre es necesario reconocer los códigos para continuar en el asunto. Y con vida, claro.
Sobre este día a día que transcurre en la paralegalidad, en el que se cruzan el control del negocio familiar con el poder territorial; la religión con los santos populares y las fiestas suntuosas-“la cerveza en el paladar de los peruanos habita como la hiedra en la piedra, y nunca es demasiada - ; los sentimientos de venganza, las maneras de amar y las formas desoladas de vivir y morir se ocupa Cristian Alarcón en su flamante obra “Si me querés, quereme transa , un libro que retrata la vida de los narcotraficantes y transas peruanos- vendedores de droga- en un ámbito geográfico llamado “Villa del Señor , un territorio en el que aparentemente la única utopía posible es respirar al otro día.
Para la Policía y el Poder Judicial, Alarcón- autor también de “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia - no es un buen amigo, ni siquiera un informante entusiasta. Tienen que buscar en otro lado. Él mismo lo deja bien claro desde el inicio.
El libro no levanta la voz de una denuncia – “los nombres de los protagonistas fueron cambiados…los lugares y las coordenadas del tiempo fueron modificadas…y las identidades de los testigos de los crímenes han sido protegidas - sino que es un relato construido desde muchas voces, una polifonía que va y viene en el tiempo, con cambios de focalizaciones de tercera a primera persona, una historia en la que se entrelazan cinco clanes familiares: el de Alcira, el de los Reyes, los Aranda, los Chaparro y los Valdivia.
Este viraje en la mirada deja expuesta la relación inevitable que el cronista estableció con algunos de sus informantes durante los seis años que duró la investigación. Por ejemplo, Alarcón se convirtió en padrino de uno de los hijos de Alcira, tal vez el personaje más querible- el otro es Olray, que tranquilamente pudo haber brotado de la cabeza del genial Manuel Puig-, por más que una bruja le recomendó que no intime.
El texto es una obra difícil de catalogar. Aquí se fusiona la literatura con la crónica y la investigación periodística con el relato biográfico. Narrado con un lenguaje que atrapa desde el inicio y que denota un conocimiento claro del paño, el cronista teje un relato de vínculos en el que la religiosidad popular resuena permanentemente. Tal vez en la veneración a la Virgen de Copacabana o al Señor de los Milagros están las respuestas que la vida cotidiana siempre lindante con la supervivencia no les alcanza a dar a los personajes de “Si me querés, quereme transa .