Texto: Flor Faragó
No empezaré describiendo el departamento de dos ambientes en Retiro, frente a las coquetas Galerías Pacífico, donde se instala Guillermo Saccomanno cada vez que tiene que venir a Buenos Aires. Y escribo “tiene que porque él mismo confiesa, abiertamente, que no le gusta hacerlo. Que prefiere quedarse en su refugio de Villa Gesell donde el mar apacigua egos y narcisismos “y te devuelve a tu estatura humana . Sin embargo, muchas de las entrevistas que concedió a la prensa se realizaron en esta vivienda. Y en casi todas se habla de ella.
Guillermo saluda a su mujer y a su hijo, de casi dos años, quienes gentilmente se van a dar una vuelta para no molestar durante la charla. Tras la enfermedad –meningoencefalitis– que lo sorprendió, arrasadora, a Saccomanno se lo ve más flaco que en las fotografías de archivo. Aun así, no aparenta 61. Su look ayuda: camisa leñadora en tonos de rojo y blanco, jean estilo cargo; el pelo corto, canoso y despeinado, y un par de anteojos que refuerzan el estereotipo del intelectual canchero. Ofrece y se sirve un té. Se disculpa por el desorden, mixtura de libros con juguetes y ropa de bebé. “Es caótico: cada vez que vengo a Buenos Aires con el nene, todo cambia de lugar. Pero basta de hablar de pavadas, hablemos de literatura, que es mucho más interesante . Me gana de mano.
¿Qué significó ganar el premio Biblioteca Breve Seix Barral con El oficinista?
Seix Barral fue la editorial española que publicó a Carlos Fuentes, a Mario Vargas Llosa, a Guillermo Cabrera Infante. El premio viene prestigiado por una historia del boom latinoamericano, de escritores importantes, y me genera la sensación de haber llegado a algún lugar. De todos modos, y lo digo sin pedantería, recibí varios premios y todos implican un reconocimiento. Incluso algunos, como el Municipal y el Nacional, otorgan un subsidio de por vida, estimulan a seguir produciendo.
Claro que uno no piensa en el dinero en ese momento. Y no le estoy restando valor a lo monetario, sobre todo hoy, que se habla mucho de la literatura pero difícilmente los escritores vivan de ella. Siempre me mantuve con mis talleres de narrativa o escribiendo colaboraciones periodísticas en el suplemento Radar, del diario Página 12. No conozco escritores que vivan de la literatura, excepto algunos best sellers, un rango al que no pertenezco, más allá de que El oficinista vaya por su segunda edición.
¿Por qué cree que la decisión del jurado fue unánime a la hora de elegir su novela?
Hay un fenómeno retratado en esta historia, que es bastante salvaje y despiadada, relacionado con el signo de los tiempos. A los españoles, que hoy tienen millones de desocupados y ven que Grecia se tambalea, les pega en un lugar muy fuerte, les mete el dedo en la llaga.
¿En qué se inspiró para escribirla? Porque el protagonista es un personaje patético, capaz de atrincherarse en su escritorio para no perder el trabajo y a quien le suceden las peores cosas en su vida personal...
Un escritor se construye en base a dos experiencias: la vital y la de lector. En cuanto a experiencia vital, trabajé alguna vez en una oficina, en el ámbito de la publicidad. Tanto el creativo publicitario como el periodista se sienten superiores al resto de los profesionales, pero la realidad es que deben fichar, cumplir un horario, entregar una nota u aviso en cierto lapso de tiempo y, si no producen, los rajan. Más allá de que un tipo pose en una revista y quiera mostrar que es un gran CEO, el día que la empresa lo desconecta se le cae todo: el auto, la casa, el colegio privado de los chicos.
¿El mundo corporativo es cruel?
Se rige, ni más ni menos, que por las leyes del capitalismo, que son las de Murphy. Entonces, si algo puede andar mal, seguro andará mal. Y también peor. Hablo en base a mi experiencia en agencias de publicidad: empecé a los 14 como cadete en la que hoy es JWT, pasé por varios medios hasta ser redactor junior y luego fui director creativo en muchas agencias.
¿Y por qué se retiró de ese ámbito?
No me interesaba. En la publicidad podés perdurar si coincidís con su ideología, si tu objetivo es el dinero y si tu sueño es tener una agencia. Si no, no tenés nada que hacer ahí, porque una agencia te usa y luego te tira por la ventana como si fueras una mandarina mordida. Aun así, la publicidad me dio cierta formación, porque no era lo que es hoy.
¿Y qué es hoy la publicidad?
Un sueño de plástico. Antes, en cambio, era una actividad interdisciplinaria que te permitía conocer escritores, ilustradores, artistas plásticos, directores de cine. Y a los que teníamos inquietudes intelectuales nos miraban mal, porque no éramos incondicionales del sistema. Lo embromado y lo perverso de la publicidad es que te genera deseo. No te hace tomar conciencia de una necesidad: si ya tenés un televisor, ¿para qué necesitás otro? La publicidad es un lugar de transmisión de la ideología del consumo, aunque no quiere decir que en ella no puedas internalizar conocimientos sobre síntesis narrativa.
El lado oscuro
Antes de ganar el Seix Barral, Saccomanno recibió el Dashiell Hammet a la mejor novela de género policial (en el marco de la Semana Negra de Gijón, España, en 2009). El texto galardonado fue 77, último de una trilogía integrada por La lengua del malón y El amor argentino. Quien lea esos libros podrá sentir, en carne propia, el terror de una época que dejó profundas y dolorosas huellas en la sociedad argentina. “Me crié bajo dictaduras. Y cuando viviste bajo el terror, es inexorable que te marque. Durante la primavera camporista fue tan fuerte lo que ocurrió en términos de programas políticos, liberación, tendencia, justicia social y derechos humanos, como fue fuerte la represión. Lo que pasó en los ‘70 no se puede trivializar, hay que mirarlo con cautela y volver a pensarlo, aunque tal vez para las nuevas generaciones resulte una lata .
Sus textos relatan, con mucha crudeza, la miseria, el dolor, el sufrimiento, el terror...
¡Porque los he vivido! Pero no basta con eso. Siempre fui fanático de los escritores rusos. En el caso de El oficinista, creo que es una novela que viene de El capote, de Gógol; de Los puntos, de Chéjov; de Memorias del subsuelo, de Dostoievski. Los rusos fueron pioneros en el relato del hacinamiento, la sordidez y la humillación de la oficina.
Más allá de sus influencias literarias, también aparecen los rastros de sus vivencias, algo que ya había probado en El buen dolor.
La enfermedad de mi padre me arrasó durante casi 19 años. Él, que era un tipo fuerte, sindicalista y periodista, fue sancionado por la dictadura cuando laburaba en la Municipalidad y se quebró. La enfermedad tomó a mi familia. Conozco lo que es andar por los hospitales pidiendo un turno a las 4 de la mañana. Esa es la realidad, no algo que inventé para lograr un efecto literario. Pero los relatos no son buenos o malos porque sean ciertos o no, sino por cómo están contados. No se trata de lo real, sino de lo verosímil. Me han rebotado muchos textos, he recibido muchos palos en estos años. Por eso, distingo entre la crítica especializada –y me refiero a Noé Jitrik, David Viñas y Jorge Panesi, que son lectores en serio– de los sicarios de los suplementos y las editoriales.
¿Considera que el paso por la carrera de Letras facilita el oficio de ser escritor?
No basta con eso: es necesario leer y escribir. Ni Borges, ni Arlt ni Puig salieron de Letras. Un buen escritor debe tener una gran resistencia al fracaso, una alta tolerancia al dolor. Hemingway decía que un escritor debe andar por la vida con un detector de mierda. No creo que sea tan así, aunque el drama es mucho más rentable que la felicidad. Creo que el escritor es quien tiene adiestrado el mecanismo de la percepción. Además, siempre regreso a los escritores que me formaron. talo Calvino afirma que un clásico es un texto que no dice dos veces lo mismo. Y es así: uno se reencuentra con otro texto. Entonces, después de releer a Faulkner, a nadie le quedan ganas de leer la historia de un pibe al que lo más importante que le pasó fue la pelusa en el ombligo o la de una piba que dice que es gorda (risas). ¡Un poco más de seriedad!
Su taller de narrativa es legendario. ¿Qué dogma comparte con sus alumnos?
Pasión y trabajo. Eran dos clases por mes y, si en 15 días no habían tenido tiempo de sentarse a escribir tres páginas, o si en vez de comprarse tal libro habían comprado un jean de marca... ¡A otra cosa! No hay muchos secretos en esto. Y el que diga otra cosa, miente. Está muy sobreestimada la opinión del escritor y pareciera que queda mal hablar del trabajo porque implica hablar del dinero, que es sucio. Pero la ecuación de este sistema es sexo, dinero y poder. Cuando uno habla de estas cosas, le dicen que es un resentido. No lo soy porque asumo que la relación con el dinero está. Y muchos escritores jóvenes creen que la literatura es una estrategia de ascenso social o de figuración. Les resulta más importante salir en un medio que escribir un buen libro.
¿Cuál es su visión de la Feria del Libro?
Es un evento que no tiene que ver con la literatura sino con la industria. Es una feria hipócrita. Un matrimonio tipo, con dos hijos, gasta 300 mangos: un libro para cada uno, los choripanes, ¡y encima tienen que pagar entrada para acceder a editoriales que son parte de grupos internacionales! No me interesa para nada.
¿Y qué le interesa?
Estar en Gesell leyendo y escribiendo. Sé que parece una pose pero, especialmente después del trácate que tuve, no quiero ni salir, me da fiaca.
Zona de escritura
A la par de su labor en el ámbito publicitario, Saccomanno realizó otra que destaca especialmente: guionista de historietas. Comenzó a los veintipico y llegó a trabajar en revistas como Skorpio, Superhumor y Fierro. “Héctor Oesterheld fue un maestro y le enseñó a leer a toda mi generación. En él estaban Joseph Conrad, Herman Melville, Jack London y la mejor literatura de ciencia ficción y de aventura. La historieta te depara un oficio porque tenés que contar una historia en 60 o 120 cuadros .
Sin embargo, en el pase directo de Saccomanno a la literatura mucho tuvo que ver el cambio que, hace ya más de 20 años, decidió implementar en su vida cuando optó por radicarse en Villa Gesell: “Hoy la gente toma drogas, pero en mi época se estilaba whisky, vodka, lexotanil, plidan. Decidí terminar con eso por una necesidad de purificación, aunque suene horriblemente new age. Además, en la costa podía vivir de manera más austera .
¿Vivir cerca del mar lo llevó a escribir más?
El tiempo que llevo en Gesell lo cuento por libros más que por años, porque casi todos los escribí allá, con un intenso ritmo de producción. Mi rutina es despertarme al amanecer, escribir hasta las 10, caminar un rato por la playa, almorzar, corregir un poco a la tarde, seguir laburando o leyendo hasta la noche. Estoy en zona de escritura todo el día.
¿Es tan riguroso porque descree del factor inspiración?
Escribir es un trabajo. Existe la inspiración, pero si esperás un milagro, andá a misa. No hay secretos. Cuando uno es joven compra la estética de Charles Bukowski, del escritor borracho. Pero luego lee a otro fenómeno, como Raymond Carver, y se da cuenta de que empezó realmente a producir cuando dejó el alcohol.
Ha mencionado que su novela El oficinista la escribió en un mes, pero la corrigió durante seis años...
Necesito tener 500 páginas para que me queden 300, y 300 para que me queden 150. Escribí en 2003 una primera versión, en base al esquema de una historieta que había hecho y que constaba de tres episodios ambientados en la época del crack de Wall Street en los años ‘20. Cuando me di cuenta de que la podía llevar a otra clase de relato, en un mes escribí la novela. Pero, desde entonces, hubo varias versiones, más largas, más cortas, con distintos tipos de prosa y de tono. Mientras tanto, la envié a algunas editoriales, donde fue rebotada.
¿A qué se debe que una editorial rechace un libro y otra le otorgue un premio?
A la arbitrariedad del rechazo, que funciona según cierta lógica. Las editoriales están buscando todo el tiempo textos que puedan irrumpir como best sellers. Hay una tendencia a la novela formateada de 250 páginas y escrita con solvencia. Estoy convencido de que si Julio Cortázar hoy fuera a una editorial, no digo con Rayuela sino con un libro de cuentos como Bestiario, le dirían que no vende.
¿Qué vende, entonces?
No tengo prejuicios: lo masivo no tiene que ser necesariamente mediocre. Lo que ocurre es que la buena literatura siempre encuentra sus lectores, y éstos son acotados. Admiro a Eduardo Belgrano Rawson, autor de textos muy buenos como Setembrada, una de las grandes novelas de los últimos tiempos, y Rosa de Miami. Sin embargo, una noche caminábamos por la avenida Corrientes, pasamos por una librería y me dijo: “La Rosa huele a saldo . Fue una novela que, si bien tuvo buena crítica, no cubrió las expectativas. A mí también me pasó.
¿Cuál es su opinión de la nueva generación de escritores argentinos?
Hoy tenemos una situación de efervescencia y fertilidad pocas veces vista. Cada vez que voy a las editoriales me regalan un montón de libros de nuevos autores.
Es imposible arriesgar quiénes quedarán, pero creo que una de las grandes revelaciones es Mariana Enríquez. Su libro de cuentos Los peligros de fumar en la cama me parece uno de los más formidables que se publicaron en los últimos tiempos. Pero estoy saturado de la narrativa. Por eso, ahora anclé en la poesía, que me despeja.
Usted escribió un libro de poesía...
(Sonríe) ¡Pero me olvidé! Debe estar escondido en alguna parte (N. de la R: Partida de caza, de 1979). Como decía Faulkner, uno empieza como poeta, fracasa; sigue como cuentista, fracasa. Entonces, escribe una novela.