

Jorge Luis Borges dedicó buena parte de su obra a explorar los límites del lenguaje, la memoria y el conocimiento. Sin embargo, en una conversación recogida en Los diálogos, el escritor argentino se detuvo en una idea aparentemente sencilla: hay experiencias esenciales que no pueden explicarse mediante una definición.
“Lo elemental no puede definirse: el sabor del café, o esa tristeza agradable de los atardeceres, o esa esperanza, sin duda ilusoria, que uno puede sentir por la mañana”, afirmó Borges poco antes de morir, según el diálogo mantenido con Osvaldo Ferrari.
Borges y los límites de las palabras
La frase parte de una contradicción. Las palabras sirven para nombrar el mundo, describirlo y transmitir lo que sentimos. Pero, al mismo tiempo, existen sensaciones que parecen perder su significado cuando intentamos traducirlas en conceptos.
El sabor del café puede describirse con adjetivos, comparaciones o referencias. Se puede hablar de su intensidad, su amargura o su aroma. Pero ninguna de esas palabras reemplaza la experiencia de probarlo. La definición se acerca al objeto, aunque nunca consigue reproducirlo por completo.
Borges trasladaba esa misma dificultad a los sentimientos. La tristeza de un atardecer no es una tristeza absoluta ni necesariamente dolorosa. Es una emoción mezclada con belleza, memoria y final. Por eso la define como una “tristeza agradable”, una expresión que parece contradictoria, pero que resulta reconocible para cualquiera que haya contemplado cómo termina el día.

La esperanza de cada mañana
La tercera imagen elegida por Borges es la de la esperanza que aparece al comenzar la jornada. El escritor la presenta con una duda: puede ser “sin duda ilusoria”. Esa aclaración no elimina la esperanza, sino que la vuelve más humana.
Cada mañana puede traer la sensación de que algo cambiará, de que será posible comenzar de nuevo o de que el día ofrecerá una oportunidad inesperada. Nada garantiza que esa expectativa vaya a cumplirse. Aun así, forma parte de la experiencia cotidiana.
En ese punto, la reflexión de Borges no busca definir la esperanza, sino mostrar su funcionamiento. La esperanza existe incluso cuando no tiene un objeto preciso. No siempre se espera una noticia, una persona o un acontecimiento concreto. A veces alcanza con la impresión de que el futuro todavía conserva alguna posibilidad.
Una idea relacionada con su pensamiento sobre la poesía
La observación de Borges se vincula con otra de sus reflexiones más conocidas sobre la literatura. En su conferencia “El enigma de la poesía”, pronunciada en la Universidad de Harvard, sostuvo que la poesía, como el sabor del café o el color, no puede explicarse completamente con otras palabras. Esa conferencia fue reunida posteriormente en This Craft of Verse, publicada en español como Arte poética.
Para Borges, una definición puede ser correcta desde el punto de vista de un diccionario, pero no necesariamente alcanza para transmitir una experiencia. La poesía aparece justamente cuando el lenguaje deja de ser una explicación y se convierte en una forma de percepción.
Por eso el escritor prefería los ejemplos concretos. En lugar de ofrecer una teoría cerrada sobre la belleza, hablaba de un atardecer, de una taza de café o de una emoción que aparece al despertar. Lo elemental no necesita ser convertido en una fórmula para resultar verdadero.
El diálogo como forma de pensamiento
Los diálogos reúne las conversaciones de Borges con Osvaldo Ferrari, escritor y periodista argentino. El libro fue publicado originalmente en la década de 1980 y conserva el tono abierto de esos encuentros: Borges y Ferrari recorren la literatura, la filosofía, la religión, la memoria y la vida cotidiana sin buscar siempre una conclusión definitiva.
En ese formato, Borges no aparece como alguien que dicta respuestas cerradas. Sus intervenciones suelen avanzar mediante asociaciones, dudas y recuerdos. Una idea conduce a otra y el diálogo se convierte en una forma de pensamiento en movimiento.
La frase sobre lo elemental resume parte de esa actitud. Borges reconoce que hay experiencias que todos conocemos, pero que no podemos explicar del todo. El café, los atardeceres y la esperanza matinal pertenecen a una zona anterior a las definiciones: se comprenden cuando se viven.
Para el autor de Ficciones y El Aleph, esa imposibilidad no representa un fracaso del lenguaje. También puede ser una forma de conocimiento. A veces, admitir que algo no puede definirse con precisión es la manera más honesta de acercarse a ello.















