Los argentinos están apretados y endeudados, pero la mayoría sigue creyendo que el esfuerzo individual da sus frutos. Eso, al menos, es lo que muestra el último informe de Sentimientos Públicos, una encuesta de 1.500 casos a nivel nacional que acaba de publicar el sociólogo Hernán Vanoli.
El número que más llama la atención no es el de aprobación presidencial sino otro, más silencioso: el 54% de los encuestados eligió la frase “el que se esfuerza casi siempre puede mejorar” por encima de la alternativa “el que nace pobre morirá pobre, hay que cambiar el sistema”.
No es una creencia de ricos: entre los sectores de nivel socioeconómico bajo el acuerdo con la meritocracia llega al 59%. Y las mujeres son más meritocráticas que los hombres: 60% contra 40%.
El estudio llama a esto “un sostén psicológico vital”, y la descripción es precisa. En un contexto donde el 45% recortó gastos que le daban placer y el 40% se endeudó durante el último año, la fe en el progreso propio funciona como una especie de colchón emocional.
Dicho de otro modo: la gente ajusta, pero no resigna la narrativa de que el ajuste tiene sentido.
El consumo que duele y el que resiste
La radiografía del gasto es elocuente. Los servicios básicos — luz, agua, internet — son el rubro que más duele: el 58% los eligió entre los dos gastos más difíciles de afrontar. La comida viene segunda, con el 41%. Entre ambos concentran el malestar de bolsillo de 9 de cada 10 argentinos. Pero el dato tiene matices geográficos y generacionales.
Los servicios golpean especialmente a los más jóvenes: entre los centennials (18 a 28 años), el 75% los señaló como su principal dolor económico. La comida y el transporte, en cambio, son gastos que afectan más a las generaciones jóvenes y medias que a los mayores. La prepaga y las expensas son el tormento específico de los adultos mayores, que en esos rubros triplicaron la proporción de quienes los señalaron como problemáticos respecto del resto de las generaciones.
Hay también una diferencia regional relevante: el aumento de la comida no es, como suele pensarse, un fenómeno exclusivo del AMBA. En la Zona Minera Sur — San Juan, Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz, Tierra del Fuego — afectó a más de la mitad de los encuestados.
En la Zona Agro, en tanto, los impuestos locales generan una irritación particular: el 36% los marcó como un gasto doloroso, muy por encima del promedio nacional.
El trabajador pluriempleado como figura social
Uno de los hallazgos del informe es el perfil del trabajador con dos o tres empleos. Es el segmento más fervientemente meritocrático de toda la muestra: 7 de cada 10 eligieron la opción del esfuerzo como motor de mejora social. El que combina un trabajo formal con changas, en cambio, cree menos en la meritocracia que el promedio — quizás porque ese esquema híbrido expone mejor las grietas del sistema.
El informe identifica cuatro perfiles de argentinos según cómo vivieron el último año. El más numeroso — 28% — es el de los “neutros incrédulos”: personas que no sufrieron experiencias extremas pero que tampoco ven mejoras. El 23% son los “pacientes graves de la crisis”, mayoritariamente millennials de clase media empobrecida, donde uno de cada cuatro empezó a tomar medicación para la salud mental. Debajo de ellos, un 17% de “endeudados pesimistas”, concentrados en los sectores más bajos y con mayoría de mujeres.
Solo el 11% forma parte de la “minoría optimista”: clases altas y medias altas, con fuerte presencia en la Zona Minera Norte y en la franja de 45 a 55 años. Son los que viajaron, refaccionaron su casa y sienten que la inflación se está ordenando.
La clase media es, según el informe, el segmento más pesimista en términos de ahorro: el 60% dice no tener capacidad de ahorro, y más de la mitad cree que su situación empeorará dentro de un año. No es que los sectores bajos estén mejor — están peor —, pero los sectores medios sienten con más intensidad la distancia entre lo que tenían y lo que proyectaban tener.