Roto, maltratado hasta el hartazgo por él mismo durante décadas, y con los achaques obvios de cualquier persona que ya pasó las seis décadas (aunque con el agregado de sus maratónicas noches de los 70 y 80). Así llegó una vez más a la Argentina Ozzy Osbourne, el británico ex Black Sabbath que todavía hoy sirve como espejo a los grandes referentes actuales del metal.
Pero Ozzy es eso, un símbolo que se debe respetar, aunque no a cualquier precio. Este hombre que tiene la particularidad de parecerse a un anciano cuando se apaga la música, pero que revive cuando comienza cada tema, se encargó de demostrar durante más de una hora por qué todavía merece respeto. Aún es capaz de encandilar e inspirar admiración.
Ya no está en condiciones de soportar un show entero ni desde lo físico ni desde lo musical (durante los últimos dos temas Mamma I m coming home y Paranoid su voz se mostró cada vez más deteriorada), pero su carisma y su imagen de emblema del rock fueron suficientes para enloquecer a quienes llenaron el estadio GEBA. Todo, con el muy buen acompañamiento de la formación que lo acompaña en esta gira (Gus G. en guitarra, Rob Nicholson en bajo, Tommy Clufeto en batería, y Adam Wakeman en teclados), todos treintañeros con algo de experiencia, pero que ahora intentan explotar de la mano de un ícono de la música.
La selección de temas es muy buena pero siempre podría haber más, sobre todo si se tiene en cuenta que se trata de un músico que lleva años sobre los escenarios, y que se cansó de fabricar éxitos. Pero como Ozzy no soportaría un show más largo, entonces hay que contentarse con el muy buen mix elegido. Perlas de los 70 (cuando estaba al frente de Black Sabbath), de los 80 y 90 (ya como solista) y apenas un par de temas nuevos, tal vez los menos destacados. Vestido con un largo sacón negro y una remera con el estampado de un crucifijo plateado, Ozzy comenzó el show nada menos que trotando desde el fondo del escenario, mientras la banda tocaba los acordes de Bark at the moon. También hubo lugar para Mr. Crowley, que fue cantada por todo el estadio, Fairies wear boots (sin dudas uno de los momentos en los que mayor emotividad) y el himno metalero Iron Man.
El proclamado durante los 70 como Príncipe de las Tinieblas pasó por la Argentina. Con sus achaques, claro, pero también con sus millones de virtudes. Más no se puede pedir.