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“Ya ganamos la guerra… en la primera hora se había terminado”, dijo Donald Trump el miércoles en un acto de campaña en Kentucky. Un mensaje para una base republicana ansiosa por festejar un triunfo que, cada día que pasa, parece más lejano. A dos semanas del lanzamiento de la Operación Furia Épica, los ayatolás siguen en el poder y el precio de la nafta no para de subir en los surtidores.
Si uno mira la cosa en términos estrictamente militares, Trump tiene motivos para cantar victoria. El golpe inicial fue devastador: Irán perdió a su líder supremo, a la cúpula del sistema represivo, a casi toda su Armada, a la mayor parte de su capacidad misilística y se quedó sin defensa antiaérea. Pero esta no es una guerra convencional. Los objetivos de los bandos son distintos.
Para Estados Unidos e Israel, la meta es que el régimen deje de ser una amenaza. Preferirían que caiga, pero se conforman con una República Islámica doblegada, aceptando condiciones impuestas por Washington. Para el régimen, el objetivo es uno solo: sobrevivir sin perder autonomía.
Desde esta perspectiva, Irán está lejos de perder. No hay señales de colapso ni de bandera blanca. En su primera declaración oficial como líder supremo, Mojtaba Jamenei —que permanece oculto y, se cree, gravemente herido— prometió “vengar la sangre de los mártires”.
La única forma de lograrlo es ganar la guerra del petróleo, haciendo que para Estados Unidos sea demasiado caro extender el conflicto. Hasta ahora, la está ganando gracias a su control absoluto sobre el estrecho de Ormuz.
“El bloqueo debe seguir aplicándose sin duda alguna”, anticipó Jamenei en su mensaje.
Vértigo
La cotización del petróleo sigue el recorrido de una montaña rusa por la enorme dificultad de los mercados para leer a los dos protagonistas: Trump y la teocracia iraní. La mayor disparada se produjo en las primeras horas del lunes, cuando ataques israelíes contra depósitos de combustible en Teherán dispararon el miedo a una conflagración energética a gran escala. El Brent rozó los u$s120. Horas después, se desplomaba por debajo de u$s 90.
La clave fueron los mensajes de Trump, que persuadieron a los inversores de que no estaba dispuesto a una gran guerra. Primero dijo que la mayor parte de los objetivos ya estaban alcanzados, luego habló de una excursión de corto plazo y finalmente conversó con Vladimir Putin sobre mecanismos para evitar una espiral.
Ese alivio era un problema para Irán, que necesita un barril alto para forzar a Estados Unidos a acotar la excursión. Entonces activó una estrategia que, por ahora, está resultando implacable. Por un lado, agitó el fantasma de minar Ormuz. Se estima que tiene miles de minas y habría sembrado unas pocas a modo de advertencia. Ir más allá implicaría bloquearse a sí mismo y privarse de ingresos en el momento en que más los necesita.
La jugada se completó con una campaña de ataques selectivos contra buques en el Golfo. El caso testigo fue el granelero Mayuree Naree, de bandera tailandesa, impactado cuando intentaba cruzar. Más espectaculares fueron los golpes con drones navales contra tanqueros anclados frente a la costa de Irak, con muertos y tripulaciones rescatadas en el agua. Uno de ellos era el Safesea Vishnu, con bandera de las Islas Marshall y de propiedad estadounidense. Con ese precedente, es casi imposible que los petroleros vuelvan a cruzar.
Pero el cierre no es para todos. Al mismo tiempo, la flota fantasma iraní sigue sacando petróleo. Y también se autoriza el paso de embarcaciones con destino a China, principal aliado y comprador del régimen. Irán logró algo más eficaz que un bloqueo total: que el precio suba para el resto, mientras sus buques y los de su cliente preferencial siguen operando.
Como era de esperar, el barril volvió a acercarse a los u$s100 este jueves. De nada sirvió el anuncio de la Agencia Internacional de Energía de que se liberarán 400 millones de barriles de reservas. La propia AIE admitió que “la guerra está creando la mayor interrupción del suministro en la historia de los mercados petroleros”.
La pregunta obvia es por qué Estados Unidos no cumple la promesa de escoltar buques. Chris Wright, el secretario de Energía, admitió el jueves que por ahora “no están dadas las condiciones”. La razón es simple: el riesgo de que un dron aéreo o naval impacte contra un barco estadounidense es demasiado alto. Y la imagen de una nave norteamericana hundida en Ormuz sería catastrófica para Trump.
La abrumadora superioridad militar no basta para garantizar el paso. Irán necesita apenas unos cuantos vehículos no tripulados, de muy bajo costo, para mantener el control psicológico del cruce. ¿Cuánto tiempo llevaría destruir cada dron y cada lancha en un país del tamaño de Irán? Meses, a un ritmo insostenible.
Sólo en los primeros seis días el costo superó los u$s 11.700 millones, y cada semana extra es combustible electoral para los demócratas. El Departamento de Energía ya proyecta que, con suerte, recién después de noviembre el barril volvería a niveles previos.
Argentina, a todo o nada
Este escenario agrava los daños de corto plazo para nuestro país. Un barril alto durante meses puede ser el último clavo en el cajón de la ambición de un 2026 con menos inflación que 2025. Además, aumenta la tensión financiera y vuelve mucho más difícil que se reabra el mercado internacional de crédito para Argentina.
Pero a largo plazo la oportunidad es aún más grande: si Ormuz se vuelve sinónimo de inestabilidad, el mundo va a buscar energía en países seguros y lejos del riesgo bélico. Eso empuja Vaca Muerta y todo lo que Argentina puede ofrecer en energía y minerales. Siempre y cuando logre sostener estabilidad macroeconómica en un contexto global más adverso y con una amenaza adicional: un Trump golpeado por una derrota electoral en noviembre que cierre la billetera del tío Scott.