Por estos días se conmemoró un año más del nacimiento del Fray Luis Beltrán. Sucedió el 7 de septiembre de 1784 y, aunque la tradición lo dice mendocino, él mismo declaró en su testamento ser “natural de la ciudad de San Juan”. Sus padres lo bautizaron José Luis Marcelo, hijo del francés Louis Bertrand y de la sanjuanina Manuela Bustos. El apellido, castellanizado por el cura que lo anotó, quedó para siempre como Beltrán.
A los 16 años ingresó al convento de San Francisco de Mendoza. Estudió teología, moral, derecho y filosofía sin demasiado entusiasmo. Lo suyo era otra cosa: la curiosidad insaciable por la física, la matemática y la mecánica, terrenos poco habituales para un joven de sotana en el siglo XVIII.
Esa curiosidad lo llevó a Chile, donde se metió, “de puro curioso”, en los talleres del ejército de Bernardo O’Higgins y reorganizó el trabajo. Derrotados los patriotas chilenos en 1814, cruzó la cordillera hacia Mendoza cargando sus instrumentos. Allí lo esperaba, sin saberlo todavía, el destino que lo volvería imprescindible.
Un encuentro decisivo para el cruce de los Andes
José de San Martín preparaba en secreto el Ejército de los Andes y necesitaba algo más urgente que soldados: técnicos capaces de fabricar de la nada lo que la guerra exigía. O’Higgins le recomendó los conocimientos de Beltrán en organización, mecánica y fundición.
El 1 de marzo de 1815, San Martín lo puso al frente del parque y la maestranza del ejército, con el grado de teniente segundo de artillería. Beltrán dejó la sotana de lado y se convirtió en oficial. Nunca abandonó del todo su condición religiosa, pero la guerra pasó a ocupar el centro de su vida.
En el campamento de El Plumerillo instaló un taller que pronto se transformó en una verdadera fábrica de guerra. Llegó a dirigir a 700 artesanos, herreros y operarios, en turnos rotativos que no se detenían nunca. Los golpes de martillo sobre el yunque resonaban día y noche.
De sus fraguas salieron cañones, fusiles, sables, bayonetas, granadas, municiones y pólvora. También uniformes, botas, monturas, estribos y herraduras, forjadas según las indicaciones de los propios arrieros que conocían la montaña. No existía elemento de guerra que no pasara por su taller.
Beltrán no tenía materia prima, así que la inventó. Recorrió la provincia buscando hierro: rejas, ollas y hasta campanas de iglesia terminaron fundidas en cañones. Bartolomé Mitre lo describió como un hombre que “se hizo matemático, físico y químico por intuición”, aprendiendo cada oficio por observación y práctica.
El esfuerzo le costó la voz. De tanto gritar órdenes a sus obreros, Beltrán quedó ronco para el resto de su vida. San Martín, impresionado por su intensidad frente al fuego de la forja, llegó a llamarlo “el Vulcano de los Andes”.
Ingeniería para vencer la cordillera
El mayor desafío no era fabricar armas, sino trasladarlas por terrenos donde no había caminos. Beltrán aplicó ahí los saberes prácticos de su formación conventual: carpintería, arquitectura y mecánica aprendidas casi en soledad, entre libros y talleres improvisados.
Diseñó las llamadas “zorras”: carros angostos de cuatro ruedas, livianos y desmontables, capaces de transportar cañones por sendas de montaña. Ideó también trineos, puentes colgantes, grúas y pontones para salvar quebradas que hasta entonces se consideraban intransitables para la artillería.
Esa ingeniería resultó decisiva. Sin sus adaptaciones técnicas, el cruce de los Andes de 1817 no habría sido posible con la artillería pesada intacta. San Martín cruzó la cordillera con un ejército armado gracias, en buena medida, al ingenio de un solo fraile.
La prueba mayor llegó después de Cancha Rayada, en marzo de 1818, cuando el enemigo destruyó casi toda la artillería patriota. En apenas dos semanas, Beltrán fabricó diecisiete cañones nuevos y reparó otros cinco, un aporte clave para la victoria de Maipú.
El quiebre con Bolívar
Tras la campaña de Chile, Beltrán siguió a San Martín hasta Perú y trasladó su taller a Lima y luego a Trujillo. Pero San Martín se retiró de la escena tras la entrevista de Guayaquil, y Beltrán quedó a las órdenes de Simón Bolívar.
La relación fue, desde el inicio, tensa. Bolívar no tenía con el fraile la confianza que le había dado San Martín. En 1825 le exigió preparar y embalar cerca de mil fusiles en apenas tres días, un plazo casi imposible de cumplir.
Beltrán y sus hombres trabajaron sin dormir para cumplir la orden. Aun así, al octavo día faltaban piezas por acomodar. Bolívar llegó, lo reprendió duramente frente a sus propios hombres y llegó a amenazarlo con fusilarlo por el incumplimiento.
El maltrato público hundió a Beltrán en una depresión profunda. Una noche cerró todas las aberturas de su cuarto, encendió un brasero y buscó intoxicarse. Lo salvaron a tiempo los dueños de la casa donde se alojaba en Trujillo.
El episodio lo dejó desquiciado. Vagó varios días convencido de que Bolívar mandaría a matarlo. En el pueblo de Huanchaco los chicos le gritaban “cura loco” al verlo pasar, mientras él ofrecía objetos imaginarios de una caja colgada del cuello.
Últimos años y legado
Bolívar, impresionado por el colapso que había provocado, lo envió de regreso a su tierra. Beltrán se recuperó lentamente en un convento cuyano y aún alcanzó a combatir en Ituzaingó, durante la guerra contra el Imperio de Brasil.
Volvió a Buenos Aires enfermo y sin recursos. Se refugió en un convento dominico para pasar sus últimos días en penitencia. Nadie en la ciudad recordaba ya al hombre que había sostenido, desde una fragua, media guerra de la independencia sudamericana.
Murió el 17 de abril de 1827, a los 43 años, pobre y casi olvidado. El fraile que había fundido campanas para hacer cañones terminó sus días convertido otra vez, únicamente, en sacerdote.
Hoy la Argentina lo recuerda como pionero de su industria metalúrgica. El 7 de septiembre, fecha de su nacimiento, se celebra el Día del Trabajador Metalúrgico en su honor. Beltrán es considerado, junto a San Martín, artífice silencioso de la epopeya andina.
Su historia resume una paradoja poco frecuente: un hombre de fe que se volvió indispensable para la guerra, y que terminó pagando con la razón el precio de una obsesión que nunca lo abandonó, la de cumplir siempre con lo prometido.