El mercado empieza a transitar una dinámica distinta, en la que la tradicional correlación negativa entre petróleo y S&P comienza a quebrarse, en un contexto donde se intenta internalizar que lo peor del evento bélico probablemente haya quedado atrás.

Aun con un petróleo que se mantiene firme, su capacidad de contaminar negativamente a los activos de riesgo se diluye, dando lugar a una recuperación sostenida del equity global.

En paralelo, los metales preciosos buscan recomponer margen, mientras que las tasas, tanto en el tramo corto como en el largo, continúan bajo presión como reflejo de break-evens que no ceden.

Todo esto ocurre en un marco de claro unwind rotacional, en donde lo previamente castigado encuentra rebote y lo que había over-performeado comienza a corregir, a medida que el shock geopolítico pierde intensidad.

La compresión del VIX refuerza esta lectura de menor estrés, al tiempo que el equity global rota agresivamente intentando reconectar con el paradigma observado a comienzos de año. En este contexto, el dólar vuelve a debilitarse ante el desarme de posiciones defensivas, reinstalando un esquema más alineado con licuación nominal y reflación global, y con los bulls retomando el control de la dinámica de mercado.

Wall Street comienza a reconfigurar su narrativa en un contexto donde, más allá del ruido intradiario que todavía domina la superficie, se consolida una hipótesis cada vez más influyente: el punto de máxima tensión del conflicto entre Estados Unidos e Irán habría quedado atrás.

Esta lectura no implica negar la persistencia del evento bélico, sino más bien reinterpretarlo bajo una lógica distinta, en la que la capacidad de escalamiento adicional luce acotada, particularmente del lado iraní, lo cual acerca el escenario a una resolución que, formal o informalmente, se asemeja a un esquema de “peace by force” (paz por la fuerza).

En este marco, la dinámica de los activos financieros comienza a reflejar un proceso de transición. El petróleo, principal canal de transmisión del shock, continúa operando en niveles elevados, todavía contaminado por una prima de riesgo geopolítica significativa. Sin embargo, su rol como factor desestabilizante sobre el resto de los activos empieza a diluirse. Lo que inicialmente fue una relación clara y mecánica, crudo al alza y equity a la baja, empieza a mostrar signos de fatiga. La ruptura de esta correlación negativa constituye probablemente la señal más relevante de cambio de paradigma coyuntural: el mercado accionario, particularmente en Estados Unidos, comienza a recuperar terreno aun en presencia de un petróleo firme, lo que sugiere una recomposición sustancial en las expectativas.

Este desacople responde, en gran medida, a una reinterpretación estratégica del conflicto. La transición de Estados Unidos hacia una fase de normalización operativa, que combina restricciones selectivas sobre Irán con la preservación de los flujos marítimos en el estrecho de Ormuz, introduce un elemento clave: la intención de restablecer condiciones de funcionamiento relativamente normales en el corto plazo. Esta señal es rápidamente incorporada por los mercados, que comienzan a pricear un escenario donde el evento extremo ya habría sido, en buena medida, descontado.

No obstante, el proceso está lejos de ser lineal. Persisten interrogantes críticos que condicionan la dinámica futura. En particular, el comportamiento del petróleo sigue siendo central, no sólo por su impacto directo, sino por su influencia sobre las expectativas inflacionarias. La prima geopolítica ya se encuentra parcialmente embebida en los break-evens, especialmente en el tramo corto de la curva, donde niveles cercanos al 3% reflejan un recalentamiento que ha presionado al alza tanto las tasas cortas como largas. Este fenómeno introduce un componente inflacionario que, aunque potencialmente transitorio, tiene efectos concretos sobre el pricing de toda la estructura temporal de tasas.

EFE

En este sentido, el mercado de tasas parece haber ajustado rápidamente su narrativa. La posibilidad de recortes por parte de la Reserva Federal ha sido prácticamente eliminada del horizonte de corto plazo, en un contexto donde el shock energético domina las expectativas.

Tanto el tramo corto como el largo de la curva han incorporado esta presión, configurando un movimiento que responde más a un deterioro en las condiciones de costos que a una mejora en las perspectivas de crecimiento. Sin embargo, esta dinámica es inherentemente reversible: en la medida en que el petróleo logre moderarse como consecuencia de una eventual desescalada, la prima inflacionaria debería comprimirse, habilitando una corrección a la baja de las tasas y, con ello, una recomposición más amplia en los activos financieros.

En paralelo, el complejo de commodities continúa orbitando en torno al petróleo, aunque comienzan a observarse fisuras en esta dependencia. Los metales preciosos, condicionados por el nivel de tasas reales, intentan estabilizarse y recuperar terreno, mientras que los commodities agrícolas mantienen una firmeza relativa asociada a rigideces de oferta exacerbadas por el conflicto. No obstante, en un escenario de normalización, es razonable esperar una disipación gradual de estos efectos, con una consecuente recomposición de las correlaciones tradicionales.

El equity global, por su parte, emerge como uno de los principales beneficiarios potenciales de este proceso. La sustancial recuperación observada en las últimas ruedas no sólo refleja un rebote técnico, sino también un cambio más profundo en la percepción del riesgo. La idea de que el conflicto podría estar transitando su fase final, ya sea por negociación o por imposición, introduce un sesgo claramente constructivo. En este contexto, no resulta sorprendente que los mercados emergentes, particularmente en Latinoamérica, comiencen a exhibir un desempeño relativo superior, capitalizando la recomposición de expectativas y la eventual normalización del entorno global.

Todo esto configura un escenario donde el mercado podría estar en las primeras etapas de un nuevo unwind rotacional. A medida que el shock bélico pierde intensidad, las posiciones defensivas comienzan a desarmarse, el dólar pierde tracción y resurgen dinámicas más alineadas con el régimen observado a comienzos de año: debilidad del dólar, reflación global y recuperación de los activos de riesgo.

Bajo esta lógica, los sectores que lideraron durante el conflicto, particularmente el energético, podrían enfrentar correcciones, mientras que aquellos activos que fueron castigados, acciones, bonos y metales, aparecen como los principales candidatos a capturar la próxima fase del ciclo de cara a una elección norteamericana hacia noviembre de este año que los republicanos querrán ganar.