Desde hace poco más de una década se viene experimentando un proceso de reindustrialización considerable, que ha podido revertir las consecuencias más dramáticas de la política de los años noventa. Pero el crecimiento ha venido presionando sobre las importaciones, poniendo en un punto crítico al sector externo de la economía e instalando algunos dilemas desde el punto de vista de las posibilidades del desarrollo.

La experiencia histórica de un proceso de características similares como el de industrialización por sustitución de importaciones, muestra que el desarrollo se basó en parte en tecnología transferida en forma incorporada a las grandes inversiones de capital, sin que se prestara suficiente atención a las fases de adaptación a las condiciones de mercado, aprendizaje o a la generación de capacidades de innovación domésticas. Aunque la estructura industrial llegó a ser importante, se avanzó poco hacia aquellas ramas basadas en conocimientos científico-tecnológicos. Pese al relativo éxito económico que por algunos años caracterizó ese período en nuestra historia, el resultado fue una baja capacidad tecnológica del sector productivo, escasa demanda de conocimientos generados localmente y, por lo tanto, sistemas científicos con poca vinculación con los procesos económicos y sociales.

En los últimos años el Estado nacional ha venido persiguiendo con dispar resultado la sustitución por producción nacional en aquellos segmentos de la cadena donde predomina la importación, incrementando la complejidad tecnológica, aumentando las posibilidades de empleo en la producción e intentado así, generar un ahorro de divisas utilizadas para adquirir bienes en el exterior.

En esa dirección se han dado pasos muy importantes a favor de recuperar el protagonismo del conocimiento y la innovación. La creación del Ministerio de Ciencia y Tecnología, el incremento de recursos para la investigación y desarrollo, la formación de recursos humanos altamente calificados, así como la reactivación de un conjunto de proyectos que se habían abandonado durante los noventa, entre otros, son avances sobre los que parece existir poca discrepancia.

A la vez, se observa la existencia de instrumentos de política ideados con el objetivo de estimular la innovación en el sector productivo, financiando proyectos de innovación y modernización tecnológica en empresas, especialmente en las pymes, así como promoviendo la generación de nuevas empresas de base tecnológica.

El impacto de estas políticas de estímulo a la producción podrían multiplicarse si se diseña una estrategia a mediano y largo plazo tendiente a ampliar y profundizar las capacidades productivas y científico-tecnológicas endógenas, que aliente el escalamiento de productos, procesos y funciones y desarrolle un sólido eslabonamiento entre las empresas y entre los sectores.

Para ello es menester la construcción de consensos claros en torno al modelo de desarrollo que debe seguirse. El desafío es dar un salto de calidad en el proceso de industrialización capaz de poder incorporar conocimiento e innovaciones y generar complementariedades y encadenamientos consistentes a futuro. Esto se avizora como necesario para garantizar las bases de un desarrollo inclusivo y sustentable y evitar de esa manera, resolver problemas coyunturales volviendo a la ortodoxia del libremercado.