Todos sabemos que la independencia argentina se concretó en Tucumán un 9 de julio de 1816, lo que la mayoría no sabe es que no hubo apuro en el mundo por reconocer al país que acaba de anunciar su emancipación: Estados Unidos lo hizo recién en 1822, Gran Bretaña casi 10 años después, en 1825, y Francia, la otra gran potencia de la época, a fines de 1830.
Y lo que muy poco saben es que ese primer reconocimiento llegó, sorprendentemente, desde el otro lado del planeta: el Reino de Hawái, en agosto de 1818.
Detrás de ese episodio insólito hay un corsario francés, una fragata llamada La Argentina y un rey guerrero apodado “el Napoleón del Pacífico”. Esta es la historia de Hipólito Bouchard.
Un francés al servicio de la revolución
Bouchard nació en 1780 cerca de Saint Tropez, Francia, con el nombre de André Paul. Desde joven se embarcó en la marina y llegó a Buenos Aires en 1809, poco antes de la Revolución de Mayo.
Simpatizó rápido con las ideas del ala más radical de la Junta, liderada por Mariano Moreno. Puso sus conocimientos náuticos al servicio de la causa patriota y fue nombrado segundo comandante de la nueva flota nacional.
Peleó en el fallido Combate de San Nicolás en 1811. También combatió en San Lorenzo, junto a José de San Martín, en 1813. Su vida quedó atada, desde entonces, a la lucha independentista.
El 9 de julio de 1817 zarpó desde Ensenada de Barragán al mando de la fragata La Argentina. El director supremo Juan Martín de Pueyrredón le había otorgado patente de corso: podía atacar barcos españoles legalmente.
La misión de Bouchard era hostigar el comercio realista en el Pacífico. Y vaya que lo hizo: bloqueó Manila, hundió naves españolas y enfrentó piratas, barcos negreros y enfermedades a bordo. Buscaba llegar a China, pero tormentas y vientos monzones lo desviaron hacia el este.
Así, casi por azar, la fragata terminó recalando en las islas Hawái, entonces conocidas por los europeos como islas Sándwich.
Un barco robado en el Pacífico
El 17 de agosto de 1818, La Argentina fondeó en la bahía de Kealakekua. Allí Bouchard se enteró de algo grave: la corbeta argentina Santa Rosa había sido tomada por su propia tripulación amotinada.
Los marineros se convirtieron en piratas, desembarcaron a los oficiales y vendieron la nave. El comprador fue nada menos que el monarca local, a cambio de ron y madera de sándalo.
Bouchard exigió la devolución del barco. Así comenzó su encuentro con el hombre que gobernaba el archipiélago: el rey Kamehameha I.
El Napoleón del Pacífico
Kamehameha no era un jefe tribal menor. Había logrado algo inédito: unificar las islas hawaianas bajo una sola corona, tras décadas de guerras entre reinos rivales.
En 1810 estableció formalmente el Reino de Hawái. Construyó alianzas comerciales con potencias del Pacífico y modernizó su ejército incorporando armas y tácticas occidentales, sin perder el control político de su territorio.
Su prestigio era tan grande que los viajeros europeos y americanos lo apodaban “el Napoleón del Pacífico” (o de la Polinesia), en comparación directa con el estratega francés.
Gobernaba desde hacía casi treinta años cuando Bouchard llegó a sus costas. Era, según las crónicas de la época, un anciano respetado, firme y hábil negociador, consciente del valor geopolítico de su posición insular.
Esa importancia no era menor: Hawái funcionaba como punto de escala obligado entre Asia, América y el Pacífico sur. Comerciantes, balleneros y armadas de todo el mundo dependían de sus puertos.
El choque entre el corsario y el rey
El encuentro no fue sencillo. Kamehameha se negó al principio a devolver la Santa Rosa, alegando que la había pagado de buena fe. Bouchard insistió, con ayuda de un intérprete estadounidense.
Tras días de discusiones, el rey aceptó una indemnización y devolvió la nave junto con marineros hawaianos que se sumarían a la tripulación. También liberó a los prisioneros retenidos por el motín original.
Lo que siguió fue extraordinario. Ambos líderes sellaron un tratado de paz, unión y comercio entre el Reino de Hawái y las Provincias Unidas del Río de la Plata, firmado a bordo de La Argentina.
Según relatan cronistas de la época, incluido Bartolomé Mitre, Kamehameha reconoció la independencia de las futuras Provincias Unidas como paso previo a sellar ese acuerdo comercial.
El intercambio de regalos selló el momento: Bouchard entregó una espada, su uniforme y hasta un despacho honorario de teniente coronel. El rey respondió con agua y víveres frescos para continuar el viaje.
Así, Hawái se convirtió en el primer Estado del mundo en aceptar oficialmente la soberanía argentina, cinco años antes que Estados Unidos y siete antes que el Reino Unido.
Una historia discutida de un capítulo olvidado de la independencia
No todos los historiadores coinciden en la versión más solemne del episodio. Algunos sostienen que Bouchard no tenía autoridad formal para firmar tratados internacionales en nombre del gobierno de Buenos Aires.
El documento original fue hallado recién en 1906 por un bibliotecario de los Archivos Públicos de Hawái, Robert Lydecker, con el sello del rey y la firma de Bouchard, fechado el 11 de septiembre de 1818.
Para algunos especialistas, el papel solo autorizaba a detener desertores argentinos, no implicaba un reconocimiento diplomático pleno. La discusión académica sigue abierta hasta hoy.
Aun así, la tradición histórica argentina, respaldada por Mitre, adoptó esta versión como el primer reconocimiento diplomático de la independencia nacional en el mundo.
El documento original fue hallado recién en 1906 por un bibliotecario de los Archivos Públicos de Hawái, Robert Lydecker, con el sello del rey y la firma de Bouchard, fechado el 11 de septiembre de 1818.
Tras zarpar de Hawái con marineros locales a bordo, Bouchard continuó rumbo a California. El 22 de julio de 1818 tomó el fuerte de Monterrey, entonces bajo dominio español.
Allí hizo flamear la bandera creada por Belgrano durante seis días, en lo que se considera la primera intervención militar argentina fuera del antiguo Virreinato del Río de la Plata.
Ochenta marineros hawaianos, llamados kamakas, acompañaron esa travesía. De ellos, la historia perdió casi todo rastro documental, otro misterio dentro de esta aventura ya de por sí extraordinaria.
Hoy, la figura de Hipólito Bouchard sigue siendo poco conocida frente a próceres como San Martín o Belgrano, pese a su rol clave en la guerra de corso.
Su paso por Hawái condensa lo excepcional de aquellos años: una revolución sudamericana buscando legitimidad, y encontrándola, contra todo pronóstico, en manos de un rey polinesio del otro lado del mundo.