La mayoría de los pronósticos económicos para el año en curso son alentadores. La percepción generalizada es que nadie quiere quedar atrapado en la trampa de los últimos años de subestimar el desempeño de la economía real. El consenso no prevé ningún tipo de desaceleración brusca en el nivel de actividad.
Sin embargo, este optimismo tiende a ocultar algunas señales de precaución, los shocks externos no dejarán de suceder, mal que nos pese, y cuando ocurren tienen algún impacto sobre la marcha de la economía. Seguramente el impacto de los shocks es mucho más acentuado cuando no se los anticipa. La solidez de la situación actual puede hacer creer ‘equivocadamente’ en el hallazgo de la fórmula para la inmunidad completa contra este tipo de problemas (algo ciertamente deseable, pero difícil de aseverar). Sin entrar en detalles y haciendo un análisis de sólo algunos escenarios futuros uno podría listar algunas señales de alerta.
En primer lugar, los mercados financieros dan por descontado que la FED no subirá aún más la tasa de interés. Esta visión compartida por los inversores ha mantenido el nivel de liquidez de los mercados emergentes mucho más allá de lo ocurrido en otras oportunidades. Si por alguna circunstancia, la FED o alguno de los bancos centrales de los países desarrollados continúan con la escalada de sus tasas de referencia, la liquidez de los mercados emergentes se vería afectada y, consecuentemente, el costo de renovar deuda. Cuando la tasa sube en el norte se siente su efecto en el sur.
En segundo término, después de la crisis argentina del 2001 y de la reestructuración de su deuda, no ha habido nuevos episodios traumáticos en los países en desarrollo. La reestructuración argentina, por su tamaño y por su resolución, marcó un precedente importante. La cuestión es cómo actuarían los mercados ante la eventualidad de una nueva renegociación soberana.
En tercer lugar, los precios de los commodities se han mantenido en niveles excepcionales posibilitando el crecimiento de las exportaciones y, consecuentemente, de las economías latinoamericanas. El aumento en los precios se debió en algunos casos a bajos niveles de stock iniciales, en otros a la retención de oferta y en algunos a la presencia de inversores especulativos. El sostenimiento de los precios actuales es una de las cuestiones a dilucidar. El año comenzó con algunas caídas significativas en los mismos.
Ahora bien, cuál sería la actitud de los mercados si la tasa de interés en los países desarrollados siguiera escalando, una nueva crisis de deuda sucediera o algún país vecino, fuertemente dependiente de la exportación de commodities, sufriera una desaceleración en su crecimiento. La ocurrencia de uno o varios de estos escenarios de manera conjunta tendría algún impacto sobre el desempeño de la economía.
En los dos primeros casos, se vería afectado el acceso o el costo de financiarse en los mercados internacionales. Esto obligaría a desacelerar el ritmo de la expansión fiscal, a postergar los planes de inversión o a recurrir al mercado doméstico. En esta última opción el sistema financiero doméstico es aún muy pequeño en términos de producto como para no verse afectado por este aumento en la demanda de crédito o ante un nuevo ‘crowding out’.
En la tercera hipótesis, se resentirían las exportaciones al mercado afectado y aumentarían las importaciones. Es dable mencionar que cincuenta por ciento del superávit comercial acumulado por el país en los primeros once meses de 2006 (u$s 11.000 millones) están concentrados en el intercambio con Chile (31%) ó con países latinoamericanos (19%). En el caso de Chile esto está influenciado por la cuenta de combustibles y energía que representa el 40% de lo exportado.
Las expectativas juegan un rol central en el funcionamiento de la economía. La política económica debe tratar de alinear las mismas con la dotación de factores y la productividad de los mismos haciendo sostenible una trayectoria consistente de crecimiento. En los casos donde nada parece frenar la marcha se requiere de una actitud ‘anticíclica’ reservando algún impulso para cuando los primeros obstáculos aparezcan. La pérdida de velocidad presente se verá ampliamente compensada por la mayor estabilidad futura.
Las luces amarillas siempre están. Como toda señal de alerta, sirve en la medida que los hacedores de política económica y los empresarios sepan interpretarlas. Los superávits ‘gemelos’ experimentados por el país facilitan la absorción en caso de un shock externo. La cuestión es cómo estar preparados para evitar las clásicas actitudes procíclicas de ajustes post shock. Cuanto mayor margen se reserve para esa instancia menor será el esfuerzo de adaptación a las nuevas condiciones. En todos los casos siempre es mejor frenar en amarillo que cruzar en rojo.