

Así como el cambio climático no es algo que se produce de un día para el otro sino un proceso con consecuencias que se agravan a medida que avanzamos en el retroceso, nadie puede imaginar que una cumbre mundial en la que participan los mismos que dilatan acuerdos desde hace veinte años pueda ser otra cosa que un fracaso.
El periodismo desinformado espera ‘el acuerdo’ que nos saque del marasmo climático. Al no haberlo, titularán –obvio–que ‘no hubo acuerdo’ y olvidarán el asunto hasta dentro de un año. Un exagerado escribió que “es la reunión más importante del planeta, en términos de nuestro futuro común, desde la Segunda Guerra Mundial . Al amigo cabría recordarle que cumbres como la que estos días se hace en Copenhague ha habido ya catorce anteriores desde la Eco 92 en Río de Janeiro, que sí marcó un hito por la convocatoria multitudinaria para discutir un asunto hasta entonces sólo en la agenda científica y ecologista.
La Cumbre será un fracaso porque tropezará con dos escollos que provienen de la economía y la política, pero no del medio ambiente: la imposibilidad de Estados Unidos de adoptar límites de emisiones de gases de efecto invernadero que comprometan su economía doméstica sin consenso social, y la inviabilidad de imponer a los países del Bric (Brasil, India y China) que “deben crecer más despacio o hacerlo con métodos menos contaminantes, idea distribuida, no en soledad por cierto, por el poco amable anfitrión gobierno danés . Al tiempo, gracias a un hacker que desnudó alguna manipulación de un científico inglés deseoso de confirmar que el cambio climático es producto de la acción humana, reaparecieron los negacionistas, que sostienen –casualmente al igual que los más arcaicos lobbies petroleros– que el calentamiento global es un avatar de la época y no un resultado del modo de producción contemporáneo.
El modo de producción es la clave.
El Panel científico que ganó el Premio Nobel 2007 evaluó la evolución de la liberación de gases de efecto invernadero a la atmósfera entre 1970 y 2004. La mayor emisión de dióxido de carbono, creciente de manera constante, es la proveniente de las plantas productoras de electricidad (la Argentina, como si quisiera predicar con el ejemplo contrario, construye una a carbón en la Patagonia y dos a fueloil en la provincia de Buenos Aires). La segunda mayor contribución a la generación de gases proviene de la deforestación, con un salto notable a partir de la década del noventa que coincide con la introducción de la soja transgénica en Estados Unidos, Brasil y Argentina.
La sensación es que, más allá de ideologías particulares o añoranzas a socialismos reales que colapsaron, toda solución –urgente– deberá hallarse dentro del capitalismo. Y con el Estado –como concepto y como artífice el bien común– en un rol insoslayable. Cuando comprobó que la alabanza a los biocombustibles se diluía en la caída del precio del petróleo o en la competencia desleal frente a la producción agrícola alimentaria, Al Gore ‘descubrió’ que el combustible fósil –responsable de las más de diez gigatoneladas anuales de CO2 que liberan plantas eléctricas– está subsidiado: no paga por el daño ecológico que provoca o, si se quiere, es el único producto que no tiene internalizado en su precio el costo de remediación ambiental que impone su uso.
Los negociadores en Copenhague actúan como todo fuera cuestión de convencimiento o de acuerdos firmados para no cumplirse. No atinan, en cambio, a incorporar mecanismos de mercado sanos para darle al petróleo el precio real –alto– que debiera tener según su carga contaminante y brindarle a las energías alternativas aquellos subsidios que las hagan competitivas.
Y eso sí, más que cualquier promesa de amor a la ecología, es voluntad política. O, dicho de otro modo, es economía que prevé como evitar consecuencias ambientales negativas.









