Elica Tozawa ha dedicado siete años de trabajo en su modesta escuela para inmigrantes brasileños en el pueblo rural japonés de Oizumi, en el noroeste de Tokio. Y ahora ve cómo la peor crisis económica que Japón ha sufrido en décadas aleja de sus aulas a los alumnos más brillantes, porque sus padres han perdido sus empleos en las fábricas y no pueden pagar las cuotas mensuales de 25.000 yenes (u$s 273).
La difícil situación de los alumnos de Tozawa, los descendientes de los japoneses que emigraron a Brasil en el 1900, pone de manifiesto la angustia cada vez mayor que sufren algunos de los grupos más vulnerables de Japón en la peor crisis del país en décadas.
Los brasileños llegaron en grandes grupos a Japón a principios de la década de 1990, después de que el gobierno de Tokio comenzó a otorgar a los inmigrantes de descendencia japonesa visas de trabajo de tres años renovables.
Para estos brasileños Nikkei –cuyos ancestros navegaron a Brasil en 1908 en busca de una nueva vida– el viaje de vuelta les ofrecía esperanzas de una prosperidad imposible de alcanzar en casa.
Los brasileños representan aproximadamente una quinta parte de los 486.000 trabajadores extranjeros de Japón, pero el precario lugar que han ocupado en su tierra ancestral ahora se ve amenazado.
“Es aterrador ver como esta comunidad, que han tardado años en establecer, se puede desintegrar tan rápidamente en unos pocos meses , dijo Arnaldo Shiowaki, gerente general de la sucursal de la agencia de viajes Alfainter en Oizumi. Contó que aquellos inmigrantes que cuentan con el dinero necesario para irse de Japón lo están haciendo y rápidamente, el 94% de los pasajes que actualmente vende hacia Brasil son sólo de ida. Las rutas que no requieren visas de tránsito están agotadas hasta abril.
Esto amenaza con tener efectos devastadores para la economía local de Oizumi, que tenía una población extranjera de 16% antes de la crisis. Estos residentes gastaban dinero que ahora extrañarán los comerciantes de productos tan diversos como ropa, autos, artículos electrónicos y bienes raíces.
Tozawa teme que la crisis tenga un costo humano duradero. Su escuela apunta a garantizar que los alumnos sean bilingües en japonés y portugués para integrar las dos sociedades.