La tragedia de República Cromagnon, así como el descubrimiento del drogaducto que funcionaba en el aeropuerto de Ezeiza, han generado multitud de análisis, de pseudoanálisis, así como increíble cantidad de pases de facturas desde el punto de vista político, ideológico, etcétera.
Incluyo en la categoría de pseudoanálisis la afirmación de que estos desgraciados hechos le pueden ocurrir a cualquiera. En efecto, el 30 de diciembre pasado podría haberse incendiado un boliche ubicado en la provincia de Buenos Aires, en cuyo caso Aníbal Ibarra se hubiera ido de vacaciones. Y las valijas conteniendo droga podrían haber llegado a España, sin acompañante, viajando por otra aerolínea. ¿O alguien piensa que los automovilistas cuidadosos nunca chocan, a los comensales cuidadosos nunca se les mancha la camisa, o la blusa, cuando comen fideos, o que los padres dedicados nunca pierden de vista a alguno de sus hijos?
Aquí y en cualquier lugar del mundo no ocurren más cosas, porque Dios existe –o por casualidad–. En mi condición de abuelo, me considero abuelo postizo de cuanto bebe viaja en un cochecito. ¿Sabe usted cuántas madres dedicadas a sus hijos, esperan que corte el semáforo, bajando el cochecito a la calle? Me acerco y con enorme cariño, pero con firmeza, le sugiero que no lo haga más. ¿Sabe la de pibes que viven porque Dios es grande, es decir, porque justo por ahí no pasó un auto?
Todo esto es cierto, pero está basado en una falacia, que tiene peligrosísimas implicancias. La falacia consiste en pensar que como a cualquiera le puede pasar, no existe relación entre los hechos y la preparación, los hechos y la prevención, los hechos y la gestión. Falso. Falsísimo. Particularmente cuando, como corresponde, la cuestión no hay que plantearla a partir de hechos aislados –por más importantes que sean– sino a partir de la frecuencia con la que se verifican.
Arnold Harberger es un gran economista, que ilustra sus puntos de vista con historias atractivas. Hace mucho tiempo, para explicar que en la lucha contra la inflación, mejor era tener bajo déficit fiscal, contó la siguiente historia: “Cuando el agua de un lago se congela, la capa de hielo que está junto a la orilla es gruesa, pero se va afinando a medida que nos acercamos al centro. Algunos patinan haciendo grandes círculos, bien cerca de la orilla; otros no tanto, y no faltan quienes hacen pequeños círculos, alrededor del centro del lago . Pregunta Harberger: “¿A que no sabe quiénes se mojan con más frecuencia? .
Esta es la clave para guiar las decisiones, es decir, el uso de la energía por parte de los responsables. Si todos los días salgo con los minutos contados, la probabilidad de que no llegue en tiempo a mi oficina es mayor que si salgo con tiempo. Si adopto las medidas contra incendios, no como un rito sino como una herramienta concreta, la probabilidad de que tenga una desgracia, y que si la tengo no pase a mayores, aumenta. Si la empresa aérea funciona bien, tiene poderosas razones para cuidar su reputación, etcétera, entonces tiene menos chance de ser capturada por quienes la pretenden utilizar para fines non sanctos.
éste es el punto fundamental. ¿Cuál es la importancia que el gobierno de la ciudad de Buenos Aires, como el gobierno nacional, le otorgaban a la gestión, antes de las respectivas crisis? En el caso del gobierno de la ciudad de Buenos Aires, la comparación con el alcalde de Nueva York Giuliani está mal, por dos razones: nadie puede acusarlo de no haber previsto un atentado como el de las Torres Gemelas, y además la imagen –y la realidad– que de él se tenía antes del 11 de setiembre de 2001 era la de alguien que se ocupaba de los problemas concretos (ejemplo: la lucha contra el delito). A punto tal que, no pudiendo ser candidato a la reelección, hubo un movimiento para modificar la constitución de la ciudad, movimiento que él frenó, entre otras cosas por razones de salud.
En la Argentina hoy, ni el gobierno de la ciudad de Buenos Aires ni el gobierno nacional se caracterizan por su obsesión con la gestión, que llevaría a los ciudadanos a decir, como los pseudoanalistas, que a cualquiera le puede pasar. Claro que a cualquiera le puede pasar, pero la reacción sería distinta si uno percibiera que les pasó, a pesar de los inhumanos esfuerzos que estaban llevando a cabo para evitarlo.
Si esta característica fuera exclusiva del actual gobierno nacional y de la ciudad de Buenos Aires, me quedaría tranquilo esperando el eventual reemplazo de las autoridades. Mucho me temo que estemos delante de lo que algunos denominan un problema cultural, es decir que cuando votamos, privilegiamos muchas otras cosas, por sobre la gestión. A la cual desvalorizamos (¿cuántas veces el fracaso de una propuesta insólita se explicó por problemas de implementación). Privilegiamos la poesía, la grandilocuencia, etc., pero no el trabajo cotidiano, sistemático, de bajo perfil, pero que genera resultados. ¿Cambiaremos alguna vez nuestra cultura?
¡Animo!