“No sé que aprendí en realidad en el Liceo Nacional, pero los cuatro años de convivencia bien avenida con todos me infundieron una visión unitaria de la Nación, descubrí cuan diversos éramos y para qué servíamos, y aprendí para no olvidarlo que en la suma de cada uno de nosotros, estaba todo el país .

Esta frase, dicha por Gabriel García Márquez, está en la puerta del colegio donde se graduó de bachiller en 1946 en Zipaquirá, un pueblo cercano a Bogotá.

Allí, en el cierre del secundario, fue el encargado de dar el discurso de despedida a sus compañeros. Justamente con ese texto abre su nuevo libro Yo no vengo a decir un discurso (RHM), una obra que condensa 22 piezas orales que el nobel colombiano brindó a lo largo de 63 años en conferencias, al momento de recibir un premio y cuando homenajeó a su amigo Alvaro Mutis, un colega insensible frente al bolero o a Julio Cortázar, “el argentino que se hizo querer de todos .

García Márquez siente pavor al momento de pararse solo frente a una audiencia. Prefiere estar recostado sobre una hamaca, escribiendo o escuchando un vallenato mientras toma un jugo de lulo o zapote en Cartagena. Sin embargo, parece que se recompone y sale airoso luego de terminar el discurso, según él, el más terrorífico de los compromisos humanos.

Entre los textos reunidos está “La soledad de América Latina , la célebre conferencia que pronunció cuando recibió el nobel de literatura en Estocolmo en 1982.También hay otros memorables, que merecen especial atención. El escritor que abomina de los discursos se animó en 1997 a jubilar la ortografía.

“Me atrevería a decir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota , sostuvo en ese entonces.

También evoca su pasión por el periodismo, “el mejor oficio del mundo , y al momento de recibir el Premio “Rómulo Gallegos por Cien años de Soledad, afirma con humor y fina ironía que ha aceptado a “hacer dos cosas que me había prometido no hacer jamás: recibir un premio y decir un discurso .