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Uno de los mayores problemas de la actualidad (y posiblemente una de las causas de la baja natalidad), es la falta de independencia de los jóvenes. Para los españoles la edad media de emancipación es a los 30 años, una de las cifras más altas de la Unión Europea, donde la media se sitúa en 26,2 años.

Xiomara Reina, psicoterapeuta familiar y de pareja, y miembro de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), explica otra realidad cada vez más visible y que profundiza en esta problematica: hijos adultos vuelven a casa tras haber sido independientes.

“Volver al hogar familiar en la edad adulta no es solo una cuestión práctica; no se trata únicamente de compartir techo, sino de cómo cada miembro se siente visto, reconocido y seguro delante de la familia, en un momento en que el que todo lo que parecía estable deja de serlo”.

Xiomara Reina

La llamada generación boomerang refleja esa ida y vuelta. Hijos adultos vuelven a casa después de un divorcio, una pérdida de empleo o problemas económicos.

En 2024 hubo más de 83.000 divorcios en España. En otros casos, no vuelve solo una persona: una familia entera se instala en el hogar de los abuelos.

Problemas para alquilar, comprar vivienda o afrontar gastos básicos explican por qué hijos adultos vuelven a casa de padres que ya habían superado el síndrome del nido vacío. Padres mayores que habían reorganizado su rutina ahora deben revisar horarios, espacios y expectativas dentro de una nueva convivencia familiar.

Hijos adultos vuelven a casa: choque de expectativas y viejos roles

Si los hijos adultos vuelven a casa, el primer obstáculo suele ser emocional. “Los padres, a veces sin darse cuenta, vuelven a su antiguo rol de cuidadores; el hijo, aunque sea adulto, puede sentirse tratado como si hubiera retrocedido varios años”, advierte la experta. La convivencia familiar reactiva dinámicas que parecían superadas.

En este contexto, los hijos adultos que vuelven a casa suelen cargar con sentimientos de frustración o vergüenza. El miedo al futuro y la sensación de fracaso afectan la autoestima. Los conflictos cotidianos, como horarios o tareas domésticas, pueden esconder tensiones más profundas.

“Cuando no se habla de ello, acaban apareciendo discusiones por horarios, tareas domésticas o dinero”. Por eso, cuando hijos adultos vuelven a casa, la recomendación es clara: “Reconocer que se trata de una etapa difícil y crear espacios para hablar”. La comunicación se convierte en la base de la convivencia familiar.

Renegociar la convivencia familiar entre adultos

Para Xiomara Reina, la clave cuando hijos adultos vuelven a casa es “acoger sin imponer ni desentenderse”. Ni normas rígidas ni ausencia total de reglas. Lo más saludable es “renegociar la convivencia entre adultos”. La convivencia familiar necesita acuerdos nuevos, no repetir esquemas del pasado.

“Hablar desde el principio de cómo será el día a día, acordar horarios generales, tareas básicas, respeto por la intimidad y escuchar qué necesita cada uno ayuda a crear un clima más tranquilo; un mensaje claro por parte de los padres podría ser el de ‘esta es tu casa y queremos ayudarte, pero necesitamos construir cómo convivimos ahora’: en definitiva, transmitir seguridad sin infantilizar”, detalla.

Cuando hijos adultos vuelven a casa en un momento de vulnerabilidad, el apoyo emocional resulta decisivo. “El error más común, aunque sea bienintencionado, es minimizar lo que sienten o intentar animar demasiado rápido. La clave en el apoyo pasa por validar-sentir-acompañar, antes que solucionar”.

“Escuchar sin juzgar, reconocer el dolor y transmitir un mensaje claro de acompañamiento —‘no has fallado como persona, estás pasando por una etapa difícil’— ayuda a que el hijo no se sienta una carga”.

Xiomara Reina

La convivencia familiar no solo es emocional; también es económica.

La vivienda es el principal problema para el 42,6% de los españoles, según el CIS, seguida de los problemas económicos (21,2%). Este contexto explica por qué hijos adultos vuelven a casa y por qué la generación boomerang crece en España.

“El tema económico es una de las principales fuentes de tensión si no se aborda a tiempo. Lo recomendable es hablarlo desde el inicio, en un momento tranquilo: qué gastos hay, qué se puede aportar y durante cuánto tiempo”, aconseja Xiomara Reina. La claridad evita resentimientos silenciosos.

“Aportaciones simbólicas o asumir responsabilidades en casa ayudan a preservar la dignidad del hijo y a evitar resentimientos en los padres”. Además, “Hablar de un límite temporal suele ser más tranquilizador que evitar hablar del tema o ‘darlo por hecho’. No como ultimátum ni amenaza sino desde la confianza en el proceso. Revisar la situación cada cierto tiempo, valorar avances y ajustar acuerdos refuerza la idea de que se trata de una etapa de transición, no de un estancamiento. El mensaje clave no es ‘tendrás que irte en algún momento’, sino ‘confiamos en que esta situación sea temporal’”.

Cuando tres generaciones conviven bajo el mismo techo

En 2024, un 6% de los hogares españoles era intergeneracional, según estimaciones de FUNCAS basadas en la Encuesta de Población Activa. En muchos de esos casos, hijos adultos vuelven a casa con sus propios hijos. La convivencia familiar se amplía y suma nuevas responsabilidades.

“Si la convivencia incluye a nietos o incluso a toda la familia, es fundamental cuidar a quienes cuidan. Los abuelos pueden disfrutar mucho de esta etapa, pero también pueden acabar agotados si no se ponen límites. Distribuir las responsabilidades con claridad y reconocer el esfuerzo de forma explícita contribuye a que se sientan apreciados y no sobrecargados”, asevera la especialista.

A pesar de las tensiones, la generación boomerang también abre oportunidades. “Padres e hijos adultos pueden mirarse desde un lugar más humano, reparar conversaciones pendientes y construir una relación más madura. Para los nietos, además, puede ser una ocasión única de crear recuerdos profundos con sus abuelos. Cuando se cuidan las emociones, el hogar recupera su función más importante: ser un lugar seguro al que volver cuando la vida aprieta. Porque, al final, más allá de normas y acuerdos, lo que realmente sostiene esta convivencia es la sensación compartida de que, pase lo que pase, seguimos siendo familia”.

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