El 28 de septiembre de 1966, hace exactamente 60 años, un avión de Aerolíneas Argentinas aterrizó sobre una pista de cuadreras en las Islas Malvinas. A bordo iban 18 jóvenes peronistas, 16 pasajeros, el gobernador de Tierra del Fuego, la tripulación y un periodista, la misión era izar la bandera nacional sobre el territorio usurpado por Gran Bretaña.
“Estamos unidos porque creemos que eludir el compromiso es cobardía. Estamos luchando y lucharemos. O concretamos nuestro futuro o moriremos con el pasado”, reza la proclama que el grupo de jóvenes leyó en las escalinatas de la aeronave ante unos ingleses desconcertados.
El Operativo Cóndor fue una acción reivindicativa llevada a cabo por jóvenes militantes que tomaron la decisión de secuestrar un avión rumbo a Río Gallegos y desviaron su trayectoria para aterrizar en las Islas.
En esos años, Argentina consiguió la resolución 2065 de la ONU, esta recomendó tener en cuenta los intereses de los isleños en la disputa por el territorio. Esto fue una victoria para la diplomacia argentina porque se consiguió dejar de lado “los deseos” de los colonos.
A nivel interno, el país vivía un nuevo golpe militar, Juan Carlos Onganía había depuesto al gobierno del radical Arturo Illia. Paralelamente, en el peronismo se abrieron líneas internas que generaron fuertes tensiones entre quienes seguían leales a Juan Domingo Perón y aquellos que apoyaron a Augusto Timoteo Vandor.
En ese contexto revolucionado, los “cóndores” tomaron por sorpresa a la dirigencia argentina y desataron un conflicto internacional.
La idea
La idea nació en la mente de Dardo Cabo, un joven dirigente peronista con un paso por el grupo nacionalista Tacuara. El paso del sindicalista por esa organización inoculó en él la semilla que vio nacer el proyecto.
Cabo quería dar un golpe de efecto sobre el gobierno de Onganía y “tomar” simbólicamente las islas.
Hay un hecho que es importante recordar, en 1966 no existía un plano de la ciudad al que tuviera acceso un ciudadano de a pie. Por lo tanto, desviar un avión no era el problema en aquellos tiempos, sino toda la inteligencia previa.
Para este objetivo, Cabo tuvo la colaboración de la periodista Cristina Verrier, que provenía de una familia acomodada y era hija de un juez de la Corte Suprema de Justicia.
Verrier conoció al dirigente peronista por una nota que realizó para la revista Panorama. Existen dos versiones sobre el encuentro, la primera afirma que la cronista entrevistó a Cabo para la publicación y la segunda indica que lo contactó porque investigaba el paradero del cadáver de Evita Perón.
Sea como fuere, la pareja se enamoró y ella fue la única mujer que formó parte del Operativo.
La joven viajó en reiteradas oportunidades hacia Río Gallegos para obtener información de los vuelos y usó sus contactos aeronáuticos para tener todos los detalles que dieron vida al plan.
Según las entrevistas realizadas por Luis Fernando Beraza y Mario Granero para el suplemento Movimiento, el dinero para llevar a cabo el operativo lo facilitó el empresario metalúrgico Cesar Cao Saravia, quien construía con su empresa vagones de ferrocarril.
Con dichos fondos se adquirió la ropa para la tarea (borceguíes, pantalones y camperas beige de fajina, y un único distintivo en el pecho: en un rombo blanco la figura enhiesta de un cóndor, símbolo de la soberanía) y se compraron los pasajes de los componentes del grupo para el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas hacia Río Gallegos.
Además, se compraron las armas necesarias, entre ellas pistolas-ametralladora Pam y ametralladoras livianas Halcón.
El grupo Cóndor se conformó con jóvenes entre 18 y 32 años, de diversos grupos peronistas y nacionalistas, como el Frente Revolucionario nacionalista (por ejemplo, Ricardo Ahe), muchachos del Comando Revolucionario Peronista de la juventud peronista de Merlo (Juan Carlos Rodríguez, Pedro Tursi, Fernando Aguirre, Luis F. Caprara) y algunos otros vinculados a la Unión Obrera Metalúrgica, de amplia militancia también en organizaciones juveniles de la resistencia peronista.
Los jóvenes no se conocían previamente y se reunieron un mes antes en un café para repartirse los boletos de avión.
Cabo, quién también era periodista, tuvo una última idea y contactó al entonces dueño de Crónica y Radio Colonia, Héctor Ricardo García. A este le prometió una nota “sensacional” y le dio el pasaje sin explicar el motivo del viaje.
El “gallego” obedeció su olfato periodístico y ese 28 de septiembre se subió al avión que aterrizaría sobre Puerto Stanley.
El viaje: rumbo 105
A las 00:28 horas del miércoles 28 de septiembre de 1966, partió el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas rumbo a Río Gallegos y Ushuaia. Aunque los “cóndores” no lo sabían, en el avión también viajaba el gobernador de Tierra del Fuego, el almirante José María Guzmán.
A las 6 de la mañana comenzó el secuestro del avión, los jóvenes se cambiaron la ropa por las camperas beige y forzaron la tapa de la bodega bajo los asientos delanteros para retirar las armas.
Juan Carlos Rodríguez y Pedro Tursi encerraron al comisario de a bordo en el baño. Según relataron años después los involucrados, los pasajeros se inquitaron pero no hubo reacciones negativas.
Fueron Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Andrés Castillo quienes irrumpieron en la cabina del comandante Ernesto Fernández García y su copiloto Silvio Sosa Laprida.
A esa altura el avión sobrevolaba Puerto Deseado, en la provincia de Santa Cruz.
Castillo redujo al radioperador y pidió a las azafatas que siguieran el servicio normal del pasaje.
Por su parte, Cabo con una pistola Luger amenazó al comandante para que obedeciera la orden de cambiar el rumbo por el “105”.
Luego, el piloto recordaría que pensó que el pedido era un chiste. Sin embargo, no lo era y Fernández García intentó persuadir a Cabo para que desistiera de la idea.
En ese momento, Cabo avanzó hacia el copiloto y lo amenazó con el arma. Esta última amenaza surtió efecto, pero no resolvió el problema principal, ni el piloto ni el copiloto sabían cómo llegar a las Islas.
Mientras la discusión se prolongaba, la niebla que cubría el Aeropuerto de Río Gallegos encerró el DC4 de Aerolíneas.
La radio en tierra llamó varias veces al avión y pidió su posición, pero por orden de Cabo el comandante no contestó.
El piloto y copiloto explicaron a los jóvenes que no bastaba con tener el rumo uno-cero-cinco, había que saber cómo llegar.
- ¿Por qué no vamos hasta Punta Arenas en Chile y se asilan allí? Ese aeropuerto está funcionando normalmente.
- Acá estamos decididos a morir, hay que llegar a Malvinas.
Los pilotos pidieron más información, además del rumbo. Cabo les mostró un plano de la ciudad de Puerto Stanley.
- No, esto no sirve.
Ante una nueva amenaza de parte de Cabo, el piloto obedeció y puso el rumbo uno-cero-cinco sin responder el llamado de la radio.
Para llegar a las Malvinas, el piloto utilizó el “radiofaro” de cola. Era un sistema de navegación y acercamiento electrónico de aquella época que siguiendo una aguja se la puede tomar para orientarse.
En ese punto no había vuelta atrás y el avión 648 encaró el rumbo uno-cero-cinco hacia las Malvinas.
El aterrizaje
A los 45 minutos de vuelo el avión perdió la marcación de la cola, el piloto y el copiloto intentaron corregirla para que no se desviara por la fuerza del viento austral.
“No sabemos dónde estamos. El viento nos va a jugar en contra. Habíamos gastado más combustible que el necesario porque encontramos dos frentes de tormenta. Nos habíamos desviado, subido y bajado”, contó Sosa Laprida que pensó en esos momentos en la nota ya mencionada.
El piloto calculó que faltaban 10 minutos para que se les terminara el combustible a 2.500 metros de altura y cayeran sobre el océano.
Sin embargo, el copiloto divisó espuma en un agujero entre las nubes, abajo había una rompiente. Ahora el problema era otro: aterrizar sin pista de aterrizaje ni torre de control que diera indicaciones.
Puerto Stanley tenía diez cuadras en ese momento, los pilotos divisaron una franja verde que seguía el contorno de la bahía y pronto notaron que la misma hacía una curva: era una sierra.
Para evitar un estrepitoso final, los tripulantes llevaron a cabo una maniobra acrobática que consistió en levantar verticalmente el avión para retomar la misma posición.
Al volver a la normalidad, los pilotos pudieron ver animales y ropa tendida. Ante la pregunta por dónde aterrizar, recordaron la mancha verde que habían visto al principio.
La mancha verde era una pista de cuadreras, en la cual aterrizaron perdiendo velocidad. El avión patinó y se detuvo tras romper las pasarelas de la pista.
Según contaron años después los presentes, la primera reacción fue un silencio sepulcral y un instante después un rugido de alegría. Los pilotos y el personal del avión se abrazaron.
A las 9:57 de la mañana el vuelo 648 tocó el suelo de las Islas Malvinas, después de casi un siglo de ocupación británica.
Las banderas y los ingleses
Los 18 jóvenes bajaron del avión por una escalera de mano y la soga de la salida de emergencia. Inmediatamente, comenzaron a acercarse ingleses que se habían enterado del aterrizaje por los intercomunicadores de sus estancias y creían que la aeronave se había perdido.
Sin embargo, cuando Cabo y sus compañeros bajaron con armas de la cabina cambiaron de opinión. Los “cóndores” entregaron panfletos dónde explicaron la causa del viaje y en medio de la muchedumbre tomaron de rehenes al jefe de la Policía local y a seis infantes de la marina británica.
Además, izaron en tierra cinco banderas argentinas, otras dos sobre el mástil del avión y rebautizaron a Puerto Stanley como Puerto Rivero, en homenaje al gaucho argentino que resistió la invasión inglesa en 1833.
En este panorama, Dardo Cabo y María Cristina Verrier fueron a la Casa del Gobernador. La periodista acudió en calidad de intérprete, era la única de los cóndores que sabía inglés.
Según contó años después el piloto, Dardo Cabo habría dicho antes de partir que iría a “tomar el gobierno”.
“Si toman el gobierno, como esta tierra es nuestra, yo veo cómo organizarlo”, dijo el Almirante Guzmán.
De esta manera, Cabo y Verrier partieron en uno de los jeeps en los cuales los ingleses se habían acercado al avión.
Allí, la pareja informó al gobernador en ejercicio que debían reconocer la soberanía argentina sobre las Islas.
Como era previsible, Leslie Charles Gleadell les ordenó que se fueran.
-Váyanse de aquí. Esta no es su casa. Ustedes son unos bandidos y se tienen que entregar.
La decisión de Cabo fue volver al avión y evitar un hecho de sangre. Este punto fue clave porque luego algunos del grupo como Tursi, Giavenco o Rodríguez creían que se debía seguir con el plan original, las discrepancias no fueron verbalizadas hasta años después, ya en la cárcel.
“Es que nos sentíamos un poco defraudados, incluso cuando volvimos al Continente algunos compañeros –no el público en general, que nos felicitaba– preguntaban: ¿cómo? ¿Qué pasó que no tomaron nada?“, contó Giavenco años después a la Revista Movimiento.
Al volver al avión, Cabo encontró a sus compañeros rodeados por ingleses armados, todos los habitantes de las Malvinas tenían instrucción militar.
“Había como unos doscientos apuntándonos en las estribaciones cercanas al avión”, afirmaría muchos años después uno de los cóndores.
En ese momento, el gobernador de Tierra del Fuego decidió dar por perdida la cruzada y llamó a un infante inglés al que le pidió ser alojado en Puerto Stanley.
Sobre el mediodía, Dardo Cabo utilizó los motores del avión para irradiar una proclama, donde reiteraba que habían ido a las Malvinas para que se reconociera la soberanía argentina sobre las islas.
En ese momento, se acercó al avión un personaje que sería clave, el sacerdote católico Rodolfo Roel.
El cura de origen holandés se interpuso como mediador para evitar el derramamiento de sangre. Allí convenció a los cóndores para que los pasajeros abandonasen el avión y fueran alojados en casas particulares.
Dardo Cabo y los otros 17 jóvenes quedaron solos en el avión por más de 36 horas. El dirigente le pidió a Roel que oficiara una misa en el avión y así se hizo, frente a los cóndores y los 7 rehenes que aún quedaban.
La situación se alargó porque Cabo y los suyos se negaron a rendirse. En este contexto, la salida que encontró fue aceptar entregar las armas, pero al comandante de la aeronave argentina, no a los ingleses, y quedar bajo la protección de la iglesia católica.
Roel los alojó en la iglesia del pueblo. Allí los infantes de marina intentaron arrebatar las banderas a los argentinos que se negaron y, tras instantes de tensión, pudieron conservarlas.
Según contaron después, los ingleses quedaron confundidos porque el grupo seguía cantando en la iglesia marchas patrióticas aprendidas en la infancia, como la Marcha de San Lorenzo o la de Malvinas.
El regreso
En Argentina continental, el entusiasmo de los militantes contrastó con la actitud del gobierno de Onganía.
El presidente de facto llamó “facciosos e irresponsables” a los miembros del Operativo Cóndor. Además, el comunicado oficial acusó a los militantes de “darse una representatividad que no tenían” y “lesionar el prestigio del país y su tradición”.
Allí ya avisó el general que se les aplicaría “todo el rigor de la ley” para que se probara “la seriedad con que el gobierno nacional ratifica el derecho argentino”.
Los pasajeros del avión 648 fueron devueltos a Tierra del Fuego. Allí, los 18 jóvenes fueron detenidos y alojados en el calabozo de la Jefatura de Policía.
El juez fueguino recibió una única respuesta por parte de los cóndores: “Fuimos a Malvinas a defender la soberanía argentina”.
El 22 de noviembre de 1966, los integrantes del Operativo Cóndor fueron juzgados en Bahía Blanca y condenados a dos años de prisión. La mayoría de ellos cumplió su tiempo en Ushuaia y Rio Grande y pudieron salir en libertad condicional a los 9 meses.
Este no fue el caso de Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez. Los tres permanecieron tres años en prisión por sus antecedentes penales gracias a su militancia en el peronismo.
Verrier fue dejada en libertad, pero eligió quedarse con Dardo Cabo hasta el final de su detención.
Las banderas argentinas que ondearon en Malvinas fueron devueltas a Dardo Cabo por el juez, y fueron entregadas en 1971 en Madrid por él mismo al general Juan Domingo Perón.
Los avatares políticos y el terrorismo de Estado signarían el destino de los 18 cóndores. Cabo, ya como montonero, sería detenido legalmente antes del golpe de Estado de 1976 y asesinado en una simulación de fuga en 1977.
El 24 de agosto de 2012, María Cristina Verrier entregó las banderas que flamearon sobre las Islas Malvinas a la entonces presidenta Cristina Kirchner. Hoy los pabellones están expuestos en el patio Islas Malvinas de la Casa Rosada, en el Salón de Pasos Perdidos de la Cámara de Diputados del Congreso nacional, en el Museo del Bicentenario, en la Basílica de Itatí, en la Basílica de Luján, y en la antigua Escuela de Mecánica de la Armada.