El fervor mundialista suele pasar por alto la historia de los pueblos. De hecho, en la cancha son 11 contra 11. Y no es un juego menor, es un Mundial de Fútbol, y en eso somos buenos, ganamos dos y jugamos otras dos finales, tuvimos a Maradona y ahora tenemos a Messi. Nadie se detiene a pensar en la infancia de un jugador determinado, en su cultura, en su país. Lo que importa es ganar, y si el rival tira la pelota a las nubes se lo silba, y si pega se lo insulta, y si nos hace un gol, se lo insulta más todavía. Es que los argentinos nos sentimos más argentinos que nunca en el Mundial. Nos sale un orgullo que claramente no tenemos a la hora de pagar los impuestos o cumplir con la ley. Salir segundo tampoco sirve, no nos colgamos la medalla del subcampeón, eso no se hace. Y hay que humillar a Brasil y a los ingleses hay que hacerles goles con la mano, en off side, no importa, porque lo importante es que les ganemos el partido, que los eliminemos del Mundial. El que no salta es un inglés, porque los ingleses, para mi generación siempre serán los enemigos, no me vengan a convencer con los Beatles o los Rolling. A los ingleses se les gana y punto.
Así vivimos el Mundial la mayoría de los argentinos. Porque para nosotros, el fútbol es parte de nuestra cultura. Y la pasión no se explica, es así. Nos peleamos, somos arrogantes, los árbitros son parte del complot que nos quiere ver en el piso y la FIFA es el FMI.
En este contexto, tener piedad por el primer rival de la Argentina en Brasil 2014, es difícil. Es tan difícil como entender que dos de cada tres bosnios van a hinchar por la Argentina.
La guerra de Bosnia-Herzegovina, o de los Balcanes, que significó políticamente el desmembramiento de la ex Yugoslavia, tiene su fecha de inicio oficial el 6 de abril de 1992. Sin embargo, fue recién a fines de ese año cuando el resto del mundo conoció que en Europa había otra vez una limpieza étnica, con campos de concentración incluidos, ciudades sitiadas, francotiradores, violaciones en masa y todo tipo de torturas. Además, el otro condimento que asomaba es que, con la religión como estandarte, en una de las regiones más cosmopolitas del mundo donde convivían bosnios, croatas y serbios, ahora se mataban entre amigos y vecinos por ser musulmanes, católicos u ortodoxos.
Estuve tres veces en Bosnia-Herzegovina, y la recorrí de norte a sur. Por mi origen croata (de parte de madre), pero con familiares también en Eslovenia, Bosnia y Serbia, siempre la región de los Balcanes estuvo cerca.
Hoy, 22 años después de iniciada la guerra, llegar a Bosnia-Herzegovina es como salir de Europa. Todo lo predecible del Viejo Continente se derrumba cuando uno entra a este pequeño país que convive con los resabios del conflicto (1992-1995): infinidad de casas destruidas, cementerios que fueron instalados de apuro en las plazas o simplemente en el fondo de los patios, y una sociedad sumida en la desconfianza y en una tajante división étnica y religiosa. Los ejemplos sobran, pero tal vez el más notorio se ve cuando se ingresa al país desde el norte. Para ser precisos, desde la ciudad croata de Slavonski Brod se cruza el estrecho río Sava, que sirve de frontera, y se llega a Bosanski Brod. Ninguno de los militares apostados en migraciones habla inglés. Algunos, en cambio, hablan español, pero eso es solo un detalle. Lo que realmente impacta es que lo primero que uno ve en plena Bosnia-Herzegovina es una bandera de Serbia, y por si queda alguna duda, un cartel que anuncia: Dobrodoslica Srpska (bienvenidos a la República de Serbia). También hay un segundo cartel. Este dice: Belgrado (capital de Serbia) 198 kilómetros. De Sarajevo, capital de Bosnia, ni noticias, aunque si se sigue la única ruta se desemboca en la histórica Sarajevo, ciudad donde fueron asesinados hace 100 años el archiduque Francisco Fernando y su mujer Sofía, situación que sirvió para desencadenar la Primera Guerra Mundial.
Bosnia-Herzegovina son dos regiones unidas. Bosnia, la parte norte y Herzegovina, la sur. Pero a esta división geográfica hay que añadirle una división política y otra religiosa. Si bien hay bosnios, serbios y croatas en todas las ciudades del país, en el norte la dominación es de los serbios (República Srpska), en el centro, de los bosnios musulmanes, y en el sur, de los croatas. Es más, las diferencias son tales que Bosnia-Herzegovina tiene tres presidentes, uno de cada origen étnico, que se turnan el poder cada seis meses.
A la vera de la ruta de doble mano que lleva a Sarajevo hay cientos de casas destruidas por la guerra o directamente abandonadas y pintadas reivindicando la patria. Me explican que eran casas de pequeños campesinos que fueron bombardeadas, y que los que no murieron fueron desplazados y nunca más volvieron. El paisaje, pero también el contexto, hacen difícil creer que este país esté pacificado.
Ya en Sarajevo (Palacio del Rey, según su significado), la sensación es diferente. Si bien las marcas de la guerra están por todos lados, la ciudad trata de salir adelante. Se ve, por ejemplo, la reconstrucción casi total de la fachada y del interior de la Biblioteca Nacional, la misma que durante la guerra ardió durante una semana y donde gran parte de los testimonios de la cultura otomana que albergaba se fue con las llamas. Para los bosnios, la Biblioteca es sinónimo de orgullo.
Bosnia-Herzegovina, que debuta con la Argentina y también hace su debut en un Mundial, está representado por jugadores que sufrieron en carne propia la guerra. Su figura, Edin Dzeko, compañero del Kun Agüero en el Manchester City, puede dar muestras de ello. Tenía seis años cuando la guerra empezó, dijo en 2012 al escritor especializado en fútbol, Jonathan Wilson. Fue terrible. Destruyeron mi casa así que fuimos a vivir con mis abuelos. Toda la familia estaba ahí, éramos tal vez 15 personas, todas dentro de un departamento de unos 35 metros cuadrados. Fue muy difícil. Nos estresaba todos los días que algún conocido hubiera muerto.
Pero las historias de estos jugadores de Bosnia y ex chicos de la guerra, no terminan en Dzeko. Izet Hajrovic creció en Suiza y el arquero, Asmir Begovic, en Canadá, alejados de gran parte de su familia.
Hoy, a 22 años de la guerra de los Balcanes y a 100 del inicio de la Primera Guerra Mundial, un simple equipo de fútbol intentará unir un país, algo que ni la política ni la religión lograron. En Brasil, al menos, un verdadero equipo multiétnico (Dzeko, Begovic y Miralem Pjanic) de origen bosnio, (Zvjezdan Misimovic, Miroslav Stevanovic y Sasa Papac), de origen serbio y de origen croata (Boris Pandza y Emir Spahic) jugará con la misma camiseta, con la ilusión que todos en Bosnia griten por Dzeko y se olviden por un rato de Messi.