Las penurias económicas que padece Europa desde ya más de dos años encuentran varios puntos de contacto con la experiencia argentina en lo que va del siglo XXI. Al intentar desentrañar la raíz de la crisis en el viejo continente surge un primer indicio sobre su génesis: no se trata de un país, sino de varios que están amenazados por el colapso económico. Grecia es tal vez el más marketinero, pero lo siguen de cerca Irlanda, Portugal, España y hasta Italia.
No es descabellado pensar que, si son varios los infectados dentro un mismo grupo, la causa podría tener una raíz común ¿Cuál? La moneda del bloque, el euro, con su conjunto de hacedores de política monetaria, congregados en el Banco Central Europeo (BCE).
Instrumentación
La instalación del euro no ha sido perjudicial para el bloque per se, sino la instrumentación y el mecanismo de incentivos que generó. Dos factores operaron en este sentido: el régimen cambiario y la política del BCE. Con respecto al primero, el régimen cambiario, resulta difícil imaginar que 20 países con precios relativos, productividades, coeficientes de apertura al exterior e inflación disímiles puedan tener un único nivel de tipo de cambio óptimo. La heterogeneidad de las realidades económicas fue un problema que Europa siempre pateó para adelante ¿Cómo se instaló el euro entonces? Se estableció un tipo de cambio promedio de los países miembros.
Pero esta decisión generó un fenómeno similar a lo que en la literatura económica se conoce como selección adversa. El fenómeno fue popularizado por el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, al intentar explicar cómo los bancos comerciales determinan la tasa de interés que cobran por sus préstamos al público y empresas. Según Stiglitz, el banco tiene un problema de información asimétrica. No puede discriminar a priori quienes son buenos sujetos para otorgar un crédito (con altas posibilidades de repago) y quiénes no. No conoce la situación de los candidatos a tomar el préstamo al nivel de los propios sujetos del crédito. Ergo, el banco decide cobrar una tasa de interés promedio. Resultado: la tasa de interés termina siendo muy alta para los buenos tomadores de crédito (que como tienen proyectos poco riesgosos esperan retornos bajos para repagar el préstamo) y baja para los malos tomadores de créditos (que como tienen en sus carteras proyectos riesgosos esperan un elevado retorno para cancelar el préstamo). Así el banco al fijar una tasa de interés promedio lo único que logra es quedarse con una cartera de clientes mala.
Con el euro ocurrió algo similar. Al fijarse un tipo de cambio promedio, el nivel de la moneda del viejo continente resultó muy alta para algunos países y muy baja para otros. Así, para las locomotoras del bloque, como Alemania y Francia, significó una ganancia de competitividad importante que impulsó sus exportaciones, y para los países que en realidad operaban con un tipo de cambio más elevado redundó en una apreciación de sus monedas que los llevó a padecer una avalancha de importaciones, afectar su industria interna, y endeudarse para paliar los déficits en la balanza comercial.
Así, entre 1999 (nacimiento del euro) y 2010 la deuda de países como Grecia, Portugal e Irlanda aumento entre 40 y 50 puntos porcentuales en relación a sus respectivos PBI. Mientras que en el caso de Alemania y Francia se incrementó la mitad, entre 20 y 25 puntos porcentuales.
La política del BCE
Aquí es donde entra a jugar el segundo factor: la política del BCE, para reforzar al primero. Heredero del ortodoxo BundesBank alemán, el BCE mantuvo durante una década tasas de interés sistemáticamente por arriba de las de su par del otro lado del océano Atlántico, la Reserva Federal de EE.UU., para luchar contra la inflación. Aún cuando la inflación no era un problema apremiante, pero el desempleo sí. La teoría económica indica desde el famoso modelo desarrollado por los economistas Robert Mundell y Marcus Fleming en los 60s que en condiciones de perfecta movilidad de capitales e inexistencia de trabas significativas, los capitales fluirán de los países con menores rendimientos (tasa de interés) a los de mayor rentabilidad. Esto generó un desplazamiento de fondos de EE.UU. a Europa, que a su vez fortaleció la moneda del Viejo Continente en relación al dólar. Como consecuencia, Europa continuó perdiendo competitividad cambiaria y divisas comerciales.
Desde 2002 a la fecha el BCE mantuvo una tasa de interés de referencia, en promedio, entre 20 y 30 puntos porcentuales por arriba de la que estableció la Fed. Y el euro, el mismo periodo, registró una revaluación promedio del 34% frente al dólar.
Asimetría
El fenómeno se agravó por que la asimetría en el diseño del organismo monetario europeo está plasmada en su carta orgánica. Al presidente del BCE y a su directorio le pagan (y muy bien) para que no haya inflación. El desempleo o la recesión no es su problema. No pueden despedirlos o rebajarles el sueldo por ello. Pero sí por elevada inflación. Esto llevo al absurdo al BCE de seguir subiendo la tasa aún cuando el abismo de la recesión era evidente. Mientras Europa tiene una institución encargada de la política monetaria, no tiene a nadie que decida por sus políticas fiscales o de crecimiento.
Las lecciones del caso del BCE cobran especial relevancia en el marco de la reforma de la carta orgánica del BCRA, que modificó sus objetivos, concentrados en la inflación, y le sumó targets de crecimiento y empleo, como los que sí tiene la Fed. Claro que la reforma de la entidad que dirige Mercedes Marcó del Pont incluye también otros agregados que incrementan la posibilidad de financiamiento del BCRA al Tesoro, y su discrecionalidad, que deberán ser evaluados en el ruedo.
Ahora bien, el caso testigo de la crisis europea, Grecia, ya reestructuró su gigantesca deuda con quita ¿Alcanza? La experiencia de nuestro país puede arrojar algunas pistas. Los pilares sobre los que se cimentó la salida de la crisis de 2001 y el posterior crecimiento de Argentina fueron dos: el cambio de precios relativos que generó la salida del tipo de cambio fijo y la reestructuración de la deuda. El primero impulsó al sector industrial y las exportaciones; frenó las importaciones (sin trabas ad hoc), permitió equilibrar la balanza comercial y volver a obtener divisas, e impulsó el empleo.
El segundo factor fue la reestructuración de la deuda, que generó aire a las cuentas públicas, permitiendo al Estado dinamizar la economía, mediante el gasto público y las políticas sociales orientadas a sectores con un alto efecto multiplicador vía el consumo, y sobre el PBI.
Reestructuración
Grecia cumplió con la reestructuración. Pero ahí queda todo. Va camino a un draconiano proceso de ajuste del gasto público y mientras las señales relativas que genera el tipo de cambio no se modifiquen, su déficit de balanza comercial requerirá mayor endeudamiento. Al mismo tiempo, la industria tampoco tendrá señales de precios para producir, frente a la competencia externa, y tampoco podrá exportará en cantidad para obtener las divisas necesarias para repagar la deuda. Es decir, Grecia buscó una solución sobre el stock de deuda, pero no modificó su flujo de requerimiento de divisas. El problema es la dinámica del sistema. No alcanza con una gran quita de deuda si bajo las señales de precios relativos no hay incentivos para producir, sustituir importaciones, exportar y por lo tanto contratar más mano de obra e incrementar los ingresos de la economía.
¿Por qué no se hace? Porque en el medio está juego la supervivencia del mayor bloque comercial de la humanidad. Y la presión de los países dominantes se ha impuesto. Claro, los costos y el efecto dominó sobre otros países que puede generar la salida de Grecia del euro son impredecibles. Pero por más altos que sean, ello no nos absuelve de enfrentar la realidad. La Argentina, sobre eso, sabe mucho.