En los últimos meses se acumularon una serie de noticias favorables en el frente financiero para la Argentina, dando lugar a un buen primer tiempo. El escenario luce hoy más positivo que a finales del año pasado. El cambio de enfoque respecto de la acumulación de reservas, el shock positivo de términos del intercambio y los aportes de una cosecha récord fortalecieron la posición externa del país, mejorando las perspectivas sobre la deuda y apuntalando uno de los puntos débiles del programa económico: su sostenibilidad externa.

El mercado de cambios fue el epicentro de estas transformaciones. A diferencia de 2025, cuando la oferta de dólares estuvo casi exclusivamente explicada por flujos financieros, los primeros meses de 2026 muestran una configuración más equilibrada.

La cuenta corriente del sector privado acumuló un superávit cercano a los U$S6.000 millones, dentro del cual fue decisivo el aporte positivo del balance comercial de bienes. Mientras tanto, los flujos financieros privados aportaron otros U$S13.000 millones. La combinación apuntaló la compra de divisas del BCRA y mejoró la percepción sobre la sostenibilidad del programa económico.

Aun en este nuevo contexto, la estabilidad de los flujos financieros privados continúa siendo fundamental. Frente a un segundo semestre del año que suele plantear desafíos sobre el mercado del dólar, sostener dichos flujos financieros de ingreso es esencial. Por este motivo, despejar las dudas respecto del exigente cronograma de deuda pública 2026-2027 se ha vuelto tan importante. La construcción de un horizonte financiero creíble para la deuda pública es una condición indispensable para extender el dinamismo de los flujos financieros privados.

El segundo semestre del año plantea por lo tanto un doble desafío. Al mismo tiempo que construye definiciones respecto de los futuros vencimientos de la deuda pública, el gobierno deberá lidiar con una dinámica de mercado más compleja,.

Tres riesgos principales emergen en este contexto. En primer lugar, la tradicional estacionalidad del mercado y su dependencia respecto de las exportaciones agropecuarias comenzarán a hacer sentir sus efectos. Aunque mucho se ha dicho respecto del aporte reciente del sector energético, el complejo agropecuario continúa siendo el principal exportador del país, dando cuenta de la mitad del crecimiento de las exportaciones en lo que va de 2026. Durante el segundo semestre, la oferta de dólares de este sector comenzará a perder intensidad.

En paralelo, la dinámica de los precios internacionales amenaza con complicar el panorama. Los precios de los commodities se han vuelto en extremo volátiles y se mueven al ritmo de las tensiones en Oriente Medio, no solo para los productos energéticos, sino también para los alimenticios. La corrección reciente reduce parte del impulso externo que fortaleció al mercado cambiario durante la primera parte del año. El precio internacional del petróleo se ubica actualmente 8% por encima del nivel del año pasado, pero 38% por debajo del pico de 2026. En el caso del precio de la soja, se ubica 10% arriba de 2025, pero 5% debajo de los máximos del primer semestre.

El tercer riesgo proviene del contexto financiero internacional. La evolución de las tasas de interés globales y la dinámica política estadounidense seguirán siendo variables clave para determinar la estabilidad de los flujos financieros en mercados emergentes. Argentina, deberá convivir no solo con las potenciales novedades de política internacional, sino también con una demanda doméstica de dólares que se mantuvo elevada aun en un contexto financiero favorable como el del primer semestre.

En este contexto, la estrategia de financiamiento 2026-27 presentada por el gobierno no aportó grandes novedades. La propuesta descansa centralmente sobre dos factores: (i) el sostenimiento del proceso de compras de reservas por parte del Banco Central y (ii) las colocaciones de deuda pública en moneda extranjera en el mercado local. Se trata de herramientas que, aunque operaron de forma positiva durante la primera mitad de 2026, mostraron también grandes dificultades en 2025. En ambos casos se trata de proyecciones que dependen centralmente del dinamismo de los flujos financieros privados.

El “segundo tiempo” demanda novedades concretas respecto del programa financiero 2026-27 y coexistirá con una dinámica más ajustada del mercado de cambios. Las definiciones que el gobierno logre construir en los próximos meses tendrán un papel determinante tanto sobre la intensidad como sobre la duración de las presiones cambiarias que se esperan para 2027.