En la Argentina de hoy, el rol del sector privado en la construcción de una sociedad más equitativa dejó de ser una opción para convertirse en una responsabilidad ineludible. Pero también es una oportunidad: la de asumir un protagonismo distinto, no solo como creador de riqueza, sino también como actor social con capacidad de incidir en el rumbo del desarrollo.

En ese cruce se ubica el Grupo de Fundaciones y Empresas (GDFE), impulsando una visión en la que la inversión social privada no se mide por el volumen de recursos, sino por su capacidad de generar impacto sistémico y orientado al bien público. Una visión que propone, además, correr el eje, de la acción individual a la acción colectiva, de la lógica de proyectos a la construcción de soluciones estructurales.

Esta historia comenzó hace tres décadas, cuando cinco fundaciones pioneras —Acindar, Arcor, Bunge y Born, Minetti y Navarro Viola— decidieron intercambiar experiencias y aprendizajes. Lo que nació como un espacio de intercambio fue, en esencia, una intuición adelantada a su tiempo: que los desafíos del desarrollo no se resuelven en soledad.

Hoy, ese núcleo se ha transformado en una red de casi cien fundaciones y empresas, con una fuerte impronta federal y multisectorial que confluyen en un mismo propósito, es decir, contribuir de manera más efectiva al bien común.

En este marco, la reciente renovación de su comisión directiva no es un dato menor, sino una señal de continuidad y evolución. La diversidad de organizaciones que la integran —Genneia, Fundación Pampa Energía, Fundación River Plate, Fundación Acindar, TGS, Fundación Siemens, Fundación Arcor, Plaza Logística, Banco Comafi, Pluspetrol, Fundación La Nación, Fundación Cargill, Fundación Avina, Fundación Grupo Mirgor, Universidad Siglo 21 y Proyecto Norte—, provenientes de sectores tan diversos como la energía, la agroindustria, la tecnología, las finanzas o el consumo masivo, expresa en sí misma la convicción de que la construcción de bienes públicos requiere miradas múltiples, capacidades complementarias y una vocación explícita de colaboración.

Bajo la premisa de que solo existe verdadera contribución cuando se impacta en el bien público, el GDFE articula esfuerzos que trascienden las acciones individuales. Esta filosofía, que ha marcado los últimos 30 años de la organización, se traduce hoy en un compromiso renovado por parte sus autoridades para el periodo 2026-2028.

Uno de los aportes más relevantes del GDFE es la promoción del sector privado como actor social. Esto implica ampliar la noción tradicional de responsabilidad empresarial y asumir que las compañías no tienen solo un rol económico, son instituciones con capacidad de generar valor público.

Pero para que esa visión se vuelva efectiva, hace falta algo más: cambiar el sistema de incentivos. Por eso, el GDFE impulsa una agenda de “incentivos de bien público”, orientada a reconocer, visibilizar y volver aspiracional la contribución al desarrollo. Porque sin incentivos adecuados, la colaboración queda en el plano del discurso; con ellos, puede transformarse la cultura.

En este sentido, la acción colectiva es, más que un valor declamado, un método de trabajo. Se expresa en iniciativas concretas como el Laboratorio Público-Privado, con impacto en más de 40 ciudades; la agenda educativa, que acompaña políticas de alfabetización en San Juan y de vinculación con el mundo del trabajo en Río Negro; y líneas emergentes como Finanzas para el Bien Público o Tecnología para el Impacto. En todos los casos, el foco está puesto en articular capacidades, alinear esfuerzos y escalar soluciones.

A su vez, espacios como el Ciclo de Diálogo en el IAE Business School buscan algo menos visible, pero igual de importante, construir pensamiento. Porque incrementar la calidad de la inversión social también requiere reflexión crítica, humildad y la capacidad de revisar prácticas para “subir la vara” de las propias intervenciones.

En definitiva, el GDFE no es solo una red ni una plataforma de proyectos. Es, cada vez más, un espacio de construcción de una nueva cultura: una cultura de colaboración que reemplace la fragmentación, y una idea de futuro común que supere la lógica de suma cero que tantas veces limita nuestras posibilidades como país.

El desafío es ambicioso. Implica pasar de intervenciones valiosas pero aisladas a transformaciones sostenidas; de la filantropía tradicional a una inversión social estratégica; del voluntarismo a la acción coordinada. Pero también implica animarse a pensar que el desarrollo es el resultado de empresas, fundaciones, Estado y sociedad civil trabajando en conjunto.

Ahí es donde el GDFE quiere estar. No solo acompañando ese proceso, sino ayudando a hacerlo posible.