Entre febrero y marzo circuló con fuerza una afirmación contundente: Argentina sería el país más estresado del mundo. El titular es potente. Y, en un contexto como el de la Argentina actual —atravesado por reformas estructurales, entre ellas la reciente Ley de Modernización Laboral— resulta tentador aceptarlo sin demasiadas preguntas.

Pero cuando hablamos de salud mental conviene hacer algo que, paradójicamente, también reduce el estrés: mirar con calma la evidencia.

El dato difundido proviene de Statista Consumer Insights, una encuesta online realizada a usuarios registrados en plataformas de estudios de mercado. Es un resultado llamativo, pero no se trata de un estudio científico publicado en una revista académica ni se detallan con precisión los procedimientos metodológicos utilizados. Antes de concluir que encabezamos el ranking mundial del estrés, es importante revisar qué otras fuentes existen y cómo se mide este fenómeno.

Comparar niveles de estrés entre países no es sencillo. La mayoría de los estudios se realizan en poblaciones específicas, y los análisis internacionales suelen basarse en grandes encuestas de bienestar que incluyen preguntas sobre experiencias emocionales, pero no necesariamente aplican escalas clínicas completas diseñadas para detectar estrés crónico o burnout.

El principal problema es el estrés laboral. (Foto: archivo).

Un ejemplo es el informe anual de Gallup sobre el estado emocional global, que releva muestras representativas en más de 140 países y pregunta, entre otras cosas, si las personas experimentaron estrés durante gran parte del día anterior. Sus datos muestran que el estrés y las emociones negativas han aumentado a nivel global en la última década y que los niveles más elevados se observan de manera consistente en países atravesados por conflictos o crisis estructurales. Argentina no figura entre los diez países con mayores niveles de emociones negativas en ese reporte.

Estudios académicos que analizaron esos mismos datos —incluyendo uno publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences— señalan que la prevalencia de emociones negativas creció de manera sostenida en la última década, especialmente en grupos con menores ingresos.

Ahora bien, que Argentina no encabece esos rankings internacionales no implica minimizar el problema a nivel local. En nuestro país, los datos disponibles también muestran niveles relevantes de agotamiento y malestar.

El Observatorio de Tendencias de la Universidad Siglo 21 informó recientemente que alrededor de uno de cada cinco trabajadores argentinos presenta síntomas compatibles con burnout. Si bien no se trata de una publicación académica, el estudio utiliza instrumentos validados para medir agotamiento emocional, baja eficacia y cinismo. Estos resultados son coherentes con evaluaciones realizadas por INECO Organizaciones dentro de compañías argentinas y multinacionales radicadas en el país, que buscan dimensionar el fenómeno con datos concretos para orientar intervenciones.

Este debate adquiere una dimensión adicional en el marco de la modernización laboral. Las reformas introducen cambios en modalidades de contratación, organización del tiempo de trabajo y dinámicas productivas. Más allá de las valoraciones políticas o económicas, toda transformación trae consigo un evidente componente de incertidumbre, la cual sabemos desde la evidencia científica impacta en los niveles de estrés de los trabajadores.

Entonces, ¿qué podemos afirmar con evidencia?

  • Que las emociones negativas y el estrés vienen en aumento a nivel global.
  • Que en Argentina los niveles de agotamiento laboral son significativos.
  • Que hoy no contamos con datos científicos comparativos suficientes para sostener que somos el país más estresado del mundo.

Más que preguntarnos si ocupamos el primer o el décimo lugar en un ranking, la pregunta relevante es otra: ¿estamos atentos a cómo nos sentimos en medio de estos cambios? ¿Reconocemos cuándo el estrés nos supera? ¿Las organizaciones que atraviesan procesos de modernización están incorporando paralelamente estrategias de cuidado y prevención?

El estrés puede ser una respuesta adaptativa frente a desafíos. Pero cuando se vuelve crónico, sabemos que aumenta el riesgo de problemas físicos y mentales, reduce la productividad y deteriora el clima laboral.

La salud mental no se define en titulares ni en rankings internacionales sino en lo cotidiano, en cómo gestionamos la incertidumbre, en cómo diseñamos nuestras culturas de trabajo y en qué lugar le damos al bienestar en tiempos de reforma.

Consultar y actuar cuando el malestar interfiere con la vida —personal u organizacional— no es una señal de debilidad. Es una forma de cuidado y, también, una decisión estratégica.