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Durante décadas, el basural de Puente de Hierro, en Guaymallén, fue el reverso silencioso del consumo: un territorio marcado por residuos, humo y precariedad donde cientos de familias encontraron una forma de subsistencia cuando el mercado laboral les había cerrado otras puertas.

Cada madrugada, hombres y mujeres ingresaban al predio para recuperar cartón, plástico, vidrio o metales entre desechos mezclados y condiciones sanitarias adversas. Allí, donde predominaban la informalidad y la incertidumbre, el trabajo existía, aunque pocas veces fuera reconocido como tal.

Por eso, cuando el municipio avanzó con el cierre definitivo del predio, surgió una pregunta inevitable: qué ocurriría con quienes dependían económicamente de ese circuito.

A casi un año del cierre, más de 140 recuperadores urbanos lograron integrarse a esquemas de reciclaje formal mediante el programa Recuperadores, impulsado por Fundación Avina, Danone y CCU Argentina, junto con cooperativas locales y el acompañamiento del Municipio de Guaymallén.

El resultado no sólo modificó la gestión de residuos: también redefinió trayectorias laborales y abrió un proceso de reconversión social con impacto concreto en cientos de familias mendocinas.

¿Cómo evitar que una política ambiental profundizara la vulnerabilidad social?

El cierre de un basural suele representar una paradoja compleja. Por un lado, aparece como una medida necesaria desde el punto de vista ambiental y sanitario. Por otro, expone un dilema menos visible: qué sucede con quienes sostienen su economía diaria dentro de esos espacios.

En Mendoza, el desafío consistió precisamente en evitar que la transición ambiental se tradujera en exclusión social.

A través de capacitaciones, asistencia técnica y reorganización del trabajo cooperativo, el programa acompañó el pasaje de recicladores de base hacia estructuras más organizadas, con horarios definidos, equipamiento y mayores condiciones de seguridad.

Para Juan Pablo Barrale, gerente de Asuntos Corporativos de CCU Argentina, pensar el reciclaje sin quienes sostienen ese circuito diariamente es un error conceptual y operativo.

“El reciclaje no puede pensarse sin las personas que hacen posible que ese circuito funcione todos los días. La circularidad sólo puede consolidarse si incorpora una mirada social que reconozca y visibilice el trabajo de los recuperadores urbanos”, sostuvo.

La misma lectura plantea Diego Buranello, director de Asuntos Corporativos de Danone Cono Sur, quien entiende que la sustentabilidad requiere integrar dimensión ambiental y desarrollo humano.

“Formalizar el trabajo de los recuperadores urbanos y fortalecer sus oportunidades permite avanzar hacia modelos más sostenibles e inclusivos”, señaló.

Desde Fundación Avina remarcan que el impacto excede ampliamente la recuperación de materiales. “La inclusión de los recuperadores urbanos transforma las condiciones de trabajo, fortalece el reconocimiento social y abre nuevas oportunidades para las familias”, destacaron desde la organización.

¿Cómo cambia la vida cuando el reciclaje deja de ser supervivencia?

La transformación no se limitó al plano laboral. Muchos trabajadores que antes ingresaban al basural hoy participan de procesos de clasificación, recuperación de materiales y promoción ambiental junto a vecinos y comercios, fortaleciendo la separación en origen y el vínculo con la comunidad.

Carla Lucero conoce ese recorrido desde adentro. Trabajó desde niña en Puente de Hierro junto a su familia y actualmente integra una de las cooperativas acompañadas por el programa.

“Hoy la gente reconoce mucho más nuestro trabajo. Tenemos horarios, elementos de protección y mejores condiciones laborales. Es más digno, más seguro y también me permitió tener más tiempo para mi familia”, contó Lucero, hoy dedicada a tareas de educación ambiental.

Su historia sintetiza uno de los cambios más profundos del proceso: el pasaje desde una actividad históricamente invisibilizada hacia un trabajo con mayor legitimidad y reconocimiento social.

¿Por qué este modelo ya trasciende Mendoza?

La experiencia de Guaymallén no constituye un caso aislado. Actualmente en su cuarta etapa, el programa Recuperadores trabaja junto a 43 cooperativas en 40 ciudades argentinas y, desde 2011, alcanzó a más de 6.700 trabajadores.

En paralelo, permitió recuperar más de 300 mil toneladas de materiales reciclables, consolidando un esquema de reciclaje inclusivo y economía circular con alcance nacional.

Para Olga Serrano, recuperadora urbana con más de 25 años de experiencia, ese proceso representa mucho más que una mejora operativa.

“Trabajábamos en la calle, sin protección, sin herramientas y dependiendo de intermediarios que pagaban lo que querían”, recordó.

Su incorporación al sistema cooperativo cambió radicalmente esa experiencia. “Pasar de no tener nada y trabajar en la calle, a contar con un Centro Verde, herramientas y elementos de seguridad transformó nuestra vida”, afirmó.

Serrano sostiene que allí radica la principal dimensión del debate. “Esta actividad no puede pensarse solamente desde lo ambiental. También hay que entenderla como una herramienta de inclusión y de trabajo digno”, concluyó.

¿Puede la economía circular medirse también en oportunidades?

El caso de Mendoza vuelve visible un debate cada vez más presente en Argentina: cómo construir modelos de economía circular que no sólo mejoren la gestión de residuos, sino que también integren a quienes históricamente sostuvieron el reciclaje desde la informalidad.

Detrás de cada tonelada recuperada hay materiales que regresan al circuito productivo, pero también historias laborales que comienzan a salir de la marginalidad.

Y allí aparece quizás el dato más significativo de esta experiencia: cuando el empleo verde deja de ser una consigna y se convierte en trabajo concreto, el reciclaje deja de ser únicamente una respuesta ambiental para transformarse en una herramienta de inclusión económica y social.