La discusión es tan vieja como la inclinación del ser humano a poseer bienes y el afán de eludir el pago de cargas tributarias. En estos días de cámaras ocultas que no son sorpresa y bóvedas que esconden algo más que dinero, hubo un sustantivo que fue tratado y destratado como nunca: empresario.

¿Qué es un empresario hoy para la cultura media argentina? ¿Un hombre de negocios, un oportunista, un emprendedor, un cazafortunas, un heredero, un experto en mercados regulados o un auténtico líder? La respuesta inicial a esta inquietud se vincula directamente con destacar cuáles atributos son los que la sociedad identifica en el empresario argentino actual.

Una visión profesa el credo que los empresarios son personas ávidas de ganancias, duchas en recorrer los recovecos del poder e inmunes a cualquier cambio de reglas de juego. Ellos siempre caen parados, están inmunes a las inspecciones, las multas y las huelgas salvajes. Y si hay un poco de todo esto, es sólo para mostrar la excepción que ratifica la regla.

Más de un directivo de empresa local abonó esta teoría. Mutando de camiseta política y yendo para donde sopla el viento con la visión y fortuna de anticipar los cambios con la suficiente antelación como para no quedar pegado en la decadencia.

Otros simplemente han elegido la introspección económica: sólo les importa lo que pasa puertas adentro de su compañía. Ellos no juegan para la tribuna, sí lo hacen para sus accionistas. A veces en forma brutal, cortando gastos y eludiendo formalismos y otros acudiendo a las buenas artes del marketing social. El entorno institucional, para ellos es sólo un dato, un insumo en su matriz productiva: les cabe la máxima que su capital no tiene bandera. Ante el acoso institucional, a mudarse a otra parte para eludir problemas.

Una tercera visión, quizás minoritaria pero en plena revisión más por el agobio reinante que por la euforia de la convicción, pone en la persona del empresario un rol único e irrepetible: la del innovador institucional. En su reciente visita a Buenos Aires, el economista italiano Stefano Zamagni le asignaba la responsabilidad de continuar innovando fuera de la relativa zona de confort empresario. Si no lo hace él, quién lo hará, entonces, desafiaba. En un mundo en procesos de cambios profundos, no hay que esperar que la política o las instituciones favorezcan la adaptación a las nuevas reglas que espera y precisa el sector productivo para desarrollarse. Son los empresarios los que deben bregar por nuevas reglas de juego ya que son ellos. Por eso no se arrogan una representación de clase sino funcional: son los que pueden dinamizar las decisiones, son los que conocen a fondo los delicados equilibrios en el mundo de la producción en donde reina el principio de la escasez. Materia olvidada en las alquimias políticas del relato y la euforia militante.

En síntesis, el empresario debe asumirse como un líder. Y líder es aquel que tiene seguidores. La visión y el carisma de un dirigente sirven de poco si no hay confianza depositada en su persona. Algo que no se tiene sino que se obtiene. Que no se reclama sino que se muestra frente a los demás. Además, si esto no fuera así, automáticamente este factor de producción quedaría reducido a un rol parasitario, un mero intermediario y aprovechador de las plusvalías generadas.

No es la misma concepción que tenían otros padres de la economía moderna. John Maynard Keynes (18813-1946), que como Borges es mucho más citado que leído y comprendido en su contexto original, hablaba de los espíritus animales, o fuerzas casi instintivas que guían al hombre de negocios para emprender o quedar esperando otra oportunidad. Con el tiempo dicha definición básica fue decantando en términos más sofisticados: clima de negocios o economía institucional. Para otro padre de la ciencia, Joseph A. Schumpeter (1883-1950), el empresario es el motor del desarrollo económico. Su iniciativa emprendedora en la búsqueda constante de ventajas que se traduzcan en ganancias extraordinarias, es la que permite los saltos cualitativos en la economía. Es el héroe del crecimiento.

Así como se llegó a considerar prescindible la función de los periodistas a favor de una comunicación sin intermediarios, también los empresarios, sean los empresarios. En qué agregan valor a la sociedad en su conjunto y al circuito productivo en particular. En ese sentido, además de resultados incontrastables, se precisa una visión superadora. Una mística, una razón para seguir luchando a diario y que exceda el bienestar personal. Como explicaba en marzo pasado el documento The vocation of business leaders (La vocación de los líderes empresarios) que publicó el Consejo Pontificio Justicia y Paz: el emprendedor, el directivo y todos los que trabajan en el mundo de los negocios deberían promover que se reconozca su trabajo como una verdadera vocación para responder a un llamado de Dios en el espíritu de los verdaderos discípulos. En tiempos de Francisco, es muy difícil eludir esta invitación. Amén.