En un año signado por las elecciones presidenciales que se llevarán a cabo en el mes de noviembre, las posiciones en materia fiscal de los dos contendientes han empezado a delinearse.

Barack Obama ha hecho pública su propuesta de reforma en el mes de febrero pasado, en oportunidad de presentar el presupuesto del año 2013. Su proyecto pone énfasis en la necesidad de simplificar el código fiscal, a la vez que propone eliminar los vacíos legislativos, las deducciones especiales y ciertos subsidios y exenciones específicas.

El propio presidente afirmó que el sistema tributario es arcaico, injusto e ineficiente, provee incentivos para desplazar trabajos e inversiones al exterior y castiga a empresas que deciden operar en el país con una de las alícuotas del impuesto a la renta más elevadas del mundo. También señaló que la legislación fiscal es innecesariamente compleja y fuerza a las pequeñas empresas a insumir incontables horas y dinero para cumplir con las presentaciones.

Uno de los puntos salientes de la anunciada reforma es la reducción de la tasa máxima del impuesto a las ganancias para las empresas, que pasaría del actual 35% al 28%. Esta modificación resolvería un planteo que sostiene que la alícuota actual es demasiado elevada para poder competir adecuadamente en un mundo globalizado. El presidente Obama dejó entrever en términos amplios otras cuestiones que serían incluidas en la reforma: la creación de un impuesto mínimo sobre las ganancias obtenidas en el exterior, que incentivaría la inversión en los Estados Unidos, la eliminación de ciertos beneficios para las empresas del sector de petróleo y gas y multinacionales, y la aplicación de una alícuota efectiva máxima del 25% para los fabricantes locales.

Otra iniciativa que ha generado un intenso debate es la que establece que las personas físicas con ingresos superiores a un millón de dólares anuales deberán pagar un impuesto mínimo del 30%, propuesta que se conoce como Buffett rule, en mérito al conocido millonario.

En lo que respecta a sus implicancias recaudatorias, la reforma sería neutral, ya que se estima que los nuevos ingresos se verían compensados con los beneficios concedidos en el lapso de una década.

En la vereda de enfrente, el republicano Romney ha propuesto una reducción de 20 puntos en la tasa marginal aplicable para los individuos, la eliminación de la imposición sobre ganancias de capital y dividendos para familias que ganen menos de U$S 200 mil anuales, y una reducción del impuesto a la renta corporativo del 35% al 25%, es decir aún mayor a la propiciada por el presidente Obama.

Como puede apreciarse, los temas que están instalados en el centro del debate se refieren al impuesto a las ganancias, hecho que no debe sorprendernos por cuanto este gravamen aporta el 50% de la recaudación total a nivel federal.

Considerando el momento político que se vive, difícilmente sea aprobada alguna reforma antes de noviembre, por lo que habrá que aguardar el resultado de los comicios para vislumbrar el tipo de reforma fiscal que será impulsada desde el Poder Ejecutivo.