Las negociaciones empantanadas suelen destrabarse con un principio de acuerdo: reconociendo cuáles objetivos hay en común para desnudar los que en realidad difieren. También, las sociedades entre amigos empiezan haciendo buena letra cuando prevén de alguna manera cómo zanjarán los desacuerdos futuros.

Es por eso que ante tanta discusión casi estéril, hay un primer punto de primera conciliación: en qué aspectos se tiene una diferencia. Cuando la Presidenta recientemente afirmó que lo que se promueve no es un modelo económico sino un proyecto político, quizás sin buscarlo, halló un acuerdo inicial con quienes están en la vereda opuesta.

En materia de política económica hay muchas cuestiones opinables y pocas certezas a priori. Las evidencias son múltiples y aunque existen certezas irrefutables, el análisis contrafactual hace materialmente imposible establecer relaciones de causa y efecto lineales. El crecimiento de la economía argentina en la última década, desde el profundo abismo de 2001-2002 es un ejemplo: se produjo gracias a las políticas del modelo o a pesar de ellas. Unos ponen en el haber la victoria frente al corset del tipo de cambio fijo y convertible durante la década del 1a 1; otros argumentan que la bonanza en la región quita singularidad al proceso local.

Sin embargo, llama la atención que en plena retirada de los otrora amos y señores de discusiones en sofisticados círculos como en los asados domingueros, los economistas han logrado una victoria impensada: que sus preceptos puedan tomar la estatura de estrategias políticas de alto vuelo. Así mutan del frío tecnicismo del modelo a la épica trascendental del proyecto.

En otras épocas, los modelos económicos cerraban o no y luego podía darse que se agotaran cuando el cansancio tan humano tomaba su lugar en las ecuaciones matemáticas que fueron suplantando, poco a poco, la intuición primera de los viejos economistas. A lo sumo, podían adolecer de basarse en fuertes supuestos... irreales o trasplantados de otras latitudes que no alcanzaban a explicar, con su desarrollo lógico imperturbable, lo que estaba ocurriendo a pocos metros de la Plaza de Mayo. Se llegó a acusar a los profesionales de la economía de sólo preocuparse por la lógica interna de sus argumentos y desoír las súplicas que desde otras ciencias sociales más humanas, como la sociología, la política o el mismísimo sentido común, les hacían llegar a los escaladores de la torre de marfil.

Algunos políticos, celosos por el estrellato de ministros o funcionarios de altísimo perfil, llegaron a insinuar que la economía ejercía una suerte de poder omnímodo sobre el resto de las estructuras de poder. Casi una dictadura académica. El contexto mundial hablaba, incluso de muerte de las ideologías y algunos veían que en realidad mutaban banderas revolucionarias de la fábrica por las innovaciones tecnológicas.

En nuestro país, la crisis del 2001/2002 mostró una faceta menos amigable de esta supuesta cadena de la felicidad: la desocupación masiva, la irrupción de las cuasimonedas como forma del sálvese quien pueda de las finanzas provinciales y una sociedad exhausta ante requerimientos de ajuste continuo.

La devaluación del 2002 y el brusco cambio de precios relativos situaron al modelo en presencia de otros supuestos, primero, para desembocar en otra lógica más tarde. En eso la visión original de Néstor Kirchner fue que los objetivos políticos de ninguna manera debían subordinarse a las exigencias de la economía, por más alineados que hubieran estado los argumentos de los burócratas con los grandes lineamientos: estabilidad, crecimiento y aumento de la actividad. Los buenos resultados económicos traducidos luego en triunfos electorales, llevaron a revertir, casi a regañadientes, al prestigio perdido por los pronósticos y proyecciones. Tanto que el modelo fue haciéndose un término más ... casi hasta transformarse en una nueva herramienta de táctica política imbatible. Dólar estable, empleo creciente, salarios vigorosos, exportaciones en alza, reindustrialización visible... cuando los precios empezaron a mostrar otra faceta menos amigable (inflación), se intentó amortiguar con el eufemismo de los reacomodamientos, primero y con la intervención, más tarde. Pero eran detalles que no enturbiaban las sensación de supremacía de lo político sobre el tecnicismo del modelo, más cercano, pero modelo al fin.

Pero cuando las fisuras se agrandaron y el vamos por más o el profundicemos indujeron giros en las medidas de gobierno, el modelo volvió a su lugar de mero instrumento de lo más importante: el proyecto. El proyecto, lo que realmente vale, puede cambiar de modelo o algunos de sus preceptos básicos, pero el modelo nunca podrá exigir la revisión del proyecto acusado de utópico o no sustentable.

Esa quizás es la gran diferencia con la economía: definida desde sus orígenes como la ciencia de la escasez. Los sueños cuentan pero la realidad también pasa su factura, con o sin relato de cualquier color.