En una reciente secuencia de apariciones públicas, varios funcionarios con decisión en la gestión de la política económica reafirmaron el principio del control de cambios, argumentando las razones de una modalidad que llegó para quedarse. Desde la presidenta del Banco Central, Mercedes Marcó del Pont hasta la misma Presidenta, explicaron sin sonrojarse que es natural que en una sociedad con una cultura exagerada por pensar en dólares, el Gobierno haya tenido que desalentar ese pérfido impulso y convencer por volcar ahorros, precios y transacciones con la cara de Roca y la mucho más amigable de Evita. La economista explicó que algo teníamos que hacer para frenar la compulsión para irse al dólar, restándole recursos al Estado mientras que la primera mandataria no tuvo empacho en contar que lo que ocurría antes, en que cada ahorrista podía adquirir sin dar explicaciones hasta dos millones de la moneda norteamericana en un entorno que favorecía la especulación, una auténtica jauja cambiaria, en el resucitado léxico presidencial.
No estamos ante furcios o actos falli
dos, sino a explicaciones de medidas que si bien empezaron tímidamente con otro ropaje, el imperio de las circunstancias obligó a desnudarse ante la consideración pública. Lo que era una medida más de control impositivo mutó luego en una emergencia para juntar los billetes necesarios para afrontar la cancelación final del Boden 2012, a principios de agosto pasado. Pero luego se prohibió directamente la adquisición de divisas para atesoramiento y se multiplicaron los controles para giros de remesas, compras en el exterior y adquisición de monedas para turismo, ahora en cuentagotas y casi al pie del avión para cualquier viaje.
Todo este sistema es el que la cultura popular mediatizada bautizó como cepo cambiario. La espontaneidad de la denominación no pide permisos, como tampoco hace unos años nombró blindaje al fuego de artificio de una protección contra la crisis que finalmente vino, o corralito para la intervención de los depósitos bancarios. Todas estas medidas tuvieron un eje común: que el Gobierno pudiera tomar control de ciertas variables clave de una economía que se deslizaba casi automáticamente, hacia otros carriles. Esa actividad sin dueño, vital, con una fuerza tal que muchas veces se imponte contra la más férrea voluntad de control, no es algo visiblemente atribuido a alguien, por más que los esfuerzos dialécticos se hayan esforzado en encontrarlo: el FMI, los empresarios inescrupulosos o los grandes capitales que no tienen bandera. Ni siquiera es un monstruo de siete cabezas porque tiene muchas más. Es la fuerza que Adam Smith llamaba la mano invisible y que misteriosamente pugna por conciliar los intereses de los actores económicos, interactuando en la sociedad. Así se van estableciendo precios que reflejan estas aspiraciones (demanda) con la cantidad existente (oferta). Y el dólar, en una economía que aprendió a convivir a la fuerza con inflaciones de todo tipo, también tiende a convertirse en una mercancía más. En ese sentido, la Argentina se fue transformando en un laboratorio económico viviente: pasaron inflaciones moderadas, estanflaciones, hiperinflaciones, ¡hasta deflaciones!; brotes inflacionarios, inflaciones persistentes, latentes, ocultas, reprimidas o negadas. Cuando nos convencimos que era una marca indeleble del subdesarrollo junto al estancamiento económico, la corrupción y los gobiernos de facto; América latina comenzó su larga maratón por la democracia representativa, el desarrollo incipiente pero sostenido y una mayor preocupación por lograr estándares éticos más uniformes. Hoy la inflación ya no es sinónimo de pertenencia a ese mundo.
En Perú, la provincia de Jauja debe su nombre al lugar encontrado por los españoles durante la conquista y en el que los relatos hacían referencia a un ámbito en donde reinaba la abundancia y la vida no tiene restricciones. Desde entonces el término jauja es sinónimo de despreocupación y dolce vita. Un mundo en el que no existe la economía ya que no impera su principio fundamental: la escasez; en el que se pueden ofrecer los más diversos bienes para todos, sin priorizar unos sobre otros; en el que la iniciativa, la creatividad y el esfuerzo no son necesarios porque todo está dado; simplemente son lujos y caprichos de almas más libérrimas. Una sociedad que no se agolpa atrás de los mostradores de las casas de cambios ni de los arbolitos porque también los íconos verdes alcanzan para cualquiera.
Desterrar la era de Jauja puede entenderse, entonces, como un sano afán por el realismo económico. Pero sería deseable que implicara entender que la condición humana es inherente a las restricciones. Para acumular dólares, pero también para usar y disponer de los bienes públicos o para comprender que no se puede tener todo siempre y al mismo tiempo.