Israel no creó un río en el desierto. Construyó algo más complejo: una infraestructura hídrica nacional capaz de mover agua a través de un territorio marcado por la escasez, las lluvias irregulares y la presión climática.
Una infraestructura, no un río
Lo que a simple vista parece una franja azul cruzando campos y zonas secas es, en realidad, una red técnica que combina canales abiertos, tuberías presurizadas, túneles subterráneos, estaciones de bombeo y embalses distribuidos estratégicamente.
El corazón del sistema es el Acueducto Nacional de Israel, una estructura de aproximadamente 130 kilómetros en su eje principal, diseñada para transportar grandes volúmenes de agua desde el norte del país hacia regiones con déficit hídrico, incluidas áreas cercanas al desierto del Néguev.
Aunque suele describirse como un “río artificial”, el acueducto no es un cauce natural excavado, sino una infraestructura de transferencia hídrica: algunos tramos son abiertos, otros están enterrados y otros funcionan bajo presión, según la geografía y el tipo de suelo.
Uno de los segmentos más reconocibles es el Canal del Valle de Beit Netofa, de unos 17 kilómetros, cuya forma ovalada responde a las características geológicas del terreno.
El proyecto comenzó en la década de 1950 como respuesta a la irregularidad de las lluvias, la presión sobre ríos y acuíferos naturales, y el crecimiento poblacional y agrícola. En sus primeros años, la mayor parte del agua se destinaba al riego, aunque con el tiempo el consumo urbano fue ganando peso.
La desalinización que cambió el equilibrio hídrico
A partir de los años 2000, el sistema dio un giro con la expansión de las plantas de desalinización en la costa mediterránea, basadas en tecnología de ósmosis inversa.
Con la puesta en marcha de cinco grandes plantas, el agua desalinizada del Mediterráneo pasó a cubrir una porción creciente del consumo urbano. En algunos años, más del 60% del agua utilizada en Israel provino del mar.
El proceso incluye etapas de filtrado, eliminación de sales, control de presión y una fase de remineralización, antes de que el agua se incorpore a los embalses y redes existentes.
En 2025, Israel comenzó a bombear agua desalinizada hacia el Mar de Galilea para recuperar su nivel tras períodos prolongados de sequía, un cambio que muestra que la desalinización dejó de ser un complemento para convertirse en una pieza central del equilibrio hídrico del país.