El aroma del café colombiano, que se molía y filtraba automáticamente en la cocina, enmarcaba la escena, mientras Juan Pablo se despertaba con música y luces que crecían en intensidad con el correr de los minutos. Al mirar la hora, se daba cuenta de que era más temprano que de costumbre: el despertador se había adelantado una vez recibido el reporte del tránsito, que informaba de un accidente que estaba retrasando la marcha en Av. General Paz.

Al momento de vestirse, la pantalla empotrada en el placard le informaba sobre la temperatura y le recomendaba varias combinaciones posibles de ropa, acorde al clima del día (y a las tendencias de la moda, aconsejadas por su diseñador favorito).

Aunque este tipo de relato parece extraído de una novela de ciencia ficción, es una descripción simple sobre la tecnología que ya está en marcha y que determinará el próximo cambio radical en los negocios y las políticas de infraestructura en el mundo, denominado: la Internet de las cosas.

Si pensamos en cómo fue desarrollándose la red de redes, veremos que la cantidad de dispositivos que fueron conectándose con el correr del tiempo se mantuvo en aumento: al principio, al ciberespacio sólo lo habitaban las grandes computadoras militares. Para la década del 90, el universo digital se pobló con los primeros ordenadores personales utilizados -más que nada- con fines profesionales.

¿Dónde radica el valor en la Internet de las cosas?

Con el avance de las tecnologías y la disminución de costos, el ciudadano común tuvo su chance para adquirir un terminal y aproximarse a la red desde un lado completamente personal y social: Facebook y Twitter fueron causa y consecuencia de este movimiento.

En este momento, lo que se encuentra en su auge es la entrada de los celulares y las tabletas (iPad y sus clones), los siguientes periféricos, que se integran al ecosistema digital.

Cada una de estas etapas marcó un aumento radical en cuanto a la cantidad de personas y dispositivos conectados, como así también de la cantidad de datos que se generan día a día, fruto de esa interacción.

La Internet de las cosas agrega a todo lo mencionado la información tomada por sensores, los cuales pueden estar -literalmente- en cualquier lado: desde un lavarropas, pasando por un puente y un automóvil.

Utilizando esta data y alimentando con ella sistemas que puedan ajustarse automáticamente, se logra la comunicación máquina a máquina (conocida por sus siglas en inglés 'M2M'), lo que permitirá la optimización de todos los aspectos y experiencias de la vida humana: una verdadera revolución. Esto tiene como algunas consecuencias importantes ahorros de energía y prevención de accidentes.

Señal de largada

Si bien existen proyectos que exploran el rubro desde hace varios años, recién a fines de 2010 tuvo lugar, en China, el primer evento con foco en estas nuevas tecnologías: la Global Internet of Things Conference (GIOTC). El balance de lo allí expuesto parece indicar que las apuestas a esta nueva forma de pensar el futuro van mucho más allá de la moda pasajera.

En este sentido, si bien los Estados Unidos y Europa llevan la delantera, con varios proyectos de prueba en funcionamiento (por ejemplo los autos Google, que se conducen solos), los países asiáticos demostraron avances de envergadura: China se prepara para entregar tarjetas inteligentes a 940 millones de personas (que les permitirán acceder a servicios de salud y financieros), mientras Corea del Sur construye Songdo, una ciudad que apunta a convertirse en cabecera de negocios del noroeste asiático, construida desde los cimientos con los más altos estándares.

El desafío recae, ahora, en los empresarios y políticos, que deberán prever cómo estas tecnologías impactarán en los mercados, ya que sutiles diferencias en la forma de aprovechar los dispositivos tecnológicos y la información generada por su entorno serán determinantes a la hora de ejecutar la maniobra que permita superar la dualidad de la competencia y llevarnos a todos hacia un mundo mejor.