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Cuando pensamos en alimentación saludable, lo primero que imaginamos es producto fresco, recién cosechado. Sin embargo, en el caso de los arándanos, la ciencia sugiere que esta intuición puede ser equivocada. Investigaciones publicadas en revistas especializadas como el Journal of Agricultural and Food Chemistry indican que los arándanos congelados industrialmente pueden conservar —e incluso aumentar— la biodisponibilidad de sus antioxidantes respecto al fruto fresco.

¿Por qué ocurre esto? La clave está en la estructura celular de la fruta. El proceso de congelación rápida, conocido industrialmente como IQF (Individual Quick Freezing), somete al arándano a temperaturas de entre -30 °C y -40 °C en cuestión de minutos. Este choque térmico rompe parcialmente las paredes celulares de la fruta, facilitando que el organismo absorba con mayor facilidad compuestos como las antocianinas, el principal antioxidante del arándano.

En contraste, los arándanos frescos que recorren la cadena de distribución —desde la cosecha hasta la góndola del supermercado— pueden tardar entre tres y catorce días en llegar al consumidor. Durante ese período, los niveles de vitamina C y otros antioxidantes se degradan de forma progresiva, incluso si la fruta se ve y sabe bien.

Por qué congelarlos vos mismo en casa no es lo mismo

Acá es donde aparece una confusión frecuente: no alcanza con comprar arándanos frescos y meterlos al freezer. Cuando los congelás en casa, la temperatura del freezer doméstico —que suele rondar los -18 °C— desciende de forma lenta y despareja. Esto permite que se formen cristales de hielo dentro y alrededor de la fruta, lo que deteriora tanto la textura como una parte de sus compuestos bioactivos.

El proceso industrial IQF evita exactamente eso: al congelar el arándano en segundos, no hay tiempo para que se forme escarcha. Además, se realiza inmediatamente después de la cosecha, que es el momento en que la fruta alcanza su pico de concentración de nutrientes.

Qué beneficios concretos le aportan los arándanos a tu salud

Más allá del debate fresco vs. congelado, los arándanos son una fruta con un perfil nutricional realmente destacado. Algunos de sus beneficios con respaldo científico son:

  • Sistema urinario. Las proantocianidinas presentes en los arándanos dificultan la adhesión de bacterias como la E. coli a las paredes del tracto urinario, lo que puede ayudar a prevenir infecciones recurrentes. Este efecto fue estudiado, entre otros, por investigadores de la Universidad de Wisconsin.
  • Salud cardiovascular. El consumo regular se asocia a una reducción del colesterol LDL (el “malo”) y a un leve aumento del HDL. Un metaanálisis publicado en Advances in Nutrition en 2020 revisó más de 30 estudios y concluyó que el consumo habitual de arándanos mejora marcadores cardiovasculares clave.
  • Tránsito intestinal. Su contenido de fibra soluble e insoluble favorece el movimiento intestinal y puede aliviar el estreñimiento crónico.
  • Sistema inmune y envejecimiento. Los antioxidantes del arándano neutralizan el exceso de radicales libres, compuestos que dañan las células y aceleran el envejecimiento celular. La vitamina C, presente en buena concentración, refuerza además las defensas naturales del cuerpo.

Quiénes tienen que tener cuidado con los arándanos

El arándano es una fruta segura para la gran mayoría de las personas, pero hay algunas excepciones que vale la pena tener en cuenta. Quienes sean propensos a formar cálculos renales de oxalato de calcio deberían moderar su consumo, ya que los arándanos contienen oxalatos en cantidades significativas. Del mismo modo, los suplementos y extractos concentrados de arándano no están recomendados para niños pequeños ni para mujeres embarazadas, porque los estudios sobre su seguridad en esos grupos todavía son limitados.

Si estás en alguna de estas situaciones, lo mejor es consultarlo con tu médico o nutricionista antes de incorporarlos de forma habitual.

Cómo incorporarlos a tu dieta

Si decidís optar por los arándanos congelados industrialmente, la forma más práctica de consumirlos es agregarlos directamente a un bowl de yogur, una licuadora para preparar smoothies, o dejarlos descongelar a temperatura ambiente para usarlos en recetas de repostería o avena. No necesitás cocinarlos ni hacer nada especial: el proceso industrial ya hizo el trabajo más importante.

Lo fundamental es buscar marcas que especifiquen que usan tecnología IQF y que cosechan y congelan en el mismo día, algo que muchas empresas del sector ya indican en el packaging.