Es difícil exagerar cuánto han cambiado los vinos argentinos en los últimos años. Hasta hace poco, un típico vino argentino era un tinto con cuerpo de monstruosas proporciones, pero una reciente degustación de casi cien vinos finos del país sugiere que muchos enólogos ambicionan buscar más finura.

La clave ha sido una notable tendencia a plantar vides al pie de los Andes cada vez más alto, y más y más al sur. La Patagonia argentina con su subregión, Río Negro, es ahora una importante productora de vino. Y una proporción significativa de los viñedos del país se halla a más de 1.000 metros sobre el nivel del mar (bajo el más pobre sol europeo, 500 metros son considerados como un eficaz límite superior para el éxito de la maduración de la uva).

Como Nicolás Catena, tal vez el productor de vino argentino más prominente del mundo, me dijo hace poco, la clave para maximizar las cualidades especiales de la Argentina respecto de vinos radica en la medición de, créase o no, los microeinsteins por metro cuadrado. Esto es todo acerca del aprovechamiento de la extraordinaria intensidad de la luz solar en la Argentina para microgestionar los fenólicos y producir vino de óptima calidad. Su equipo de investigación se focaliza en el efecto sobre el vino de pequeños cambios sobre la sombra en las vides y qué partes del espectro ultravioleta son favorables.

La uva Malbec, tan decepcionante en otros sitios, se ha convertido en el rey de la escena del vino argentino. Catena puede estar orgulloso de haber persuadido de sus méritos a su socio, el barón Eric de Rothschild, de Chateau Lafite, pero hace muy poco fue favorecido por la Cabernet Sauvignon de Bordeaux sobre el Malbec. En los ’80 y ’90, el omnipresente Malbec fue despreciado, pero ahora está adecuadamente valorado por ofrecer una única, vibrante y hasta inquietante expresión de la luz del sol argentino.

El Malbec también madura en botella mucho más rápido que el Cabernet Sauvignon. En los viejos tiempos, el Malbec argentino era típicamente hecho a la imagen del Bordeaux. Hoy, muchos bodegueros apuntan a algo más borgoñés, perfumado y sensual, con un uso más juicioso del roble.

Si mi opinión importa, terminé dando 17,5 sobre 20 puntos a 16 vinos, y una puntuación de 18 puntos –que para mí es muy alta– a siete vinos (ver cuadro). Una proporción significativa de la fruta que entró en estos vinos se cultiva en viñedos de al menos 50 años, por tanto, capaces de producir un zumo muy concentrado. Pero se espera que las vides en las más recientes, frías regiones de vino maduro, produzcan aún vino más fino.

Aunque mis 18 punteros resultan ser Malbecs, la Argentina no es sólo este, ni sólo vino tinto. Tiene su propio blanco fuertemente perfumado de uva Torrontés, descendiente del Muscat, que podría ser un gran sustituto de un exquisito Condrieu del norte del Vallée du Rhône. Luego está el Chardonnay argentino, que puede ser misteriosamente magnífico. El enólogo californiano Paul Hobbs, viejo conocedor de la Argentina, argumenta que, aunque los orígenes de las cepas del Chardonnay argentino son oscuros, es la pedregosidad de los suelos lo que los impregna de clase.

Aún queda mucho por descubrir en el país que domina la producción de vino de América del Sur, lo que tal vez es parte de su encanto para los productores de vino franceses, españoles, italianos y austríacos que se han trasladado allí.