Cuando en 1996 Dolores Solá, Acho Estol y Juan Valverde engendraron La Chicana, tenían como propósito interpretar música de tango destacando su espíritu transgresor, los ritmos canyengues y el melodrama irónico de los tangos de las primeras décadas del siglo pasado, un tango más crudo y callejero, pero, al mismo tiempo, asumiéndose como parte de una generación que mamó el rock. Así inauguraron un tango nuevo y joven, pero a la vez puro. Tango agazapado es su tercer CD, en el que incorporan elementos de culturas afines al tango, milongas africanas y brasileñas, ritmos del candombe y alguna visita al folklore argentino no tanguero. La banda está formada por Solá (voz principal), Estol (guitarra, arreglos, dirección, coros), Diego Malaguarnera (Violín), Javier Sánchez (bandoneón), Pol Neiman (percusión), Manuel Onís (bajo), Hernán Paglia (contrabajo) y Federico Tellechea (percusión). La voz cantante la llevan Lola y Acho, desde su casa de Barrio Norte, un PH que comparten con sus dos perros, Velázquez y Tita.

¿Cómo llegaste al tango, después de haber sido modelo y actriz?

D.S.: En realidad, mi profesión madre es el canto, lo demás fue transitorio. Cuando trabajé de modelo no sabía qué hacer de mi vida, era muy joven, quería divertirme y ganar plata. Después, empecé a estudiar teatro y a actuar, pero nunca me sentí del todo instalada como actriz ni con los trabajos que me tocaba hacer ni conmigo.

¿Cómo nació La Chicana?

D.S.: Cuando nos enganchamos con Acho como pareja, yo siempre había cantado, pero nunca profesionalmente. Empecé a tomar clases de canto. Acho es músico, nació músico, siempre tocó y compuso. Por placer, primero, nos pusimos a cantar juntos e inmediatamente se nos ocurrió hacer algo profesional. Formamos un trío con un repertorio de covers, dentro del cual había tangos. Pero no dejaba de ser un entretenimiento para fiestas de señores de dinero. Nos preguntamos qué nos gustaría más allá de la guita y, dijimos: tango. Empezamos a ir a la milonga a bailar, y vimos que el tango estaba más vivo de lo que pensábamos.

¿Cuándo fueron llegando a los tangos propios?

D.S.: Primero hacíamos tangos menos conocidos, algunos que cantaban actrices como Sofía Bozán o Tita Merello. Luego nos animamos al primer tango que compuso Acho, Farandulera, que gustó mucho. Así, poco a poco nos fuimos atreviendo a hacer lo que se nos ocurriera. En el penúltimo disco hay un tema de Tom Waits adaptado a ritmo de milonga campera y un forró del nordeste brasileño. La idea es poder ampliar la frontera del tango.

En el último CD incluyen una canción de Brecht y Weill

D.S.: Originalmente fue escrita en alemán. Hicimos la traducción del inglés y descubrimos que hay algo del tango en otras músicas. También en la Alemania de esa época, ese clima que pintaban de reviente, de dolor, una cosa medio trágica que tenía algo que ver con el tango.

¿Cómo definen el tango que hacen?

A.E.: No sé si tengo una definición, pero sé lo que no hacemos: fusión. Eso es mezclar elementos. A nosotros no nos interesa eso, sino hacer tango que sea original, que sea distinto, que sea nuestro. No censuramos, buscamos que los elementos principales sean tangueros. Lo de fusión viene porque en un mismo disco hacemos una chacarera, tenemos una balada europea, un chamamé, un joropo o una cumbia. Pero si hacemos una milonga, es una milonga.

D.S.: Más que al tango que hacemos definiría a La Chicana como una propuesta desde el tango y desde la generación a la que pertenecemos, que está influenciada por mil cosas. En vez de encerrarnos en el tango, nos dejamos corromper. Gente como nosotros, de cerca de 40 años, no sólo se ha criado con los Beatles y el rock en la piel: lo lleva en la sangre, o por lo menos, la libertad que el rock ha dado. Esa actitud que tenemos como generación la intentamos llevar al tango.

¿Cómo fueron recibidos en el circuito del tango?

D.S.: Algunos dicen que La Chicana no es tango, hay otros que les encanta y reconocen la lírica de Acho y mi forma clásica de cantar.

¿Cuál es el lugar más extraño donde tocaron?

A.E.: El mercado de Singapur, que era como un gran mercado en Constitución con puestitos muy chiquitos, uno al lado del otro, de ropa interior, cosas electrónicas, frutas, verduras, celulares, pegamentos, ropa ordinaria y, de repente, un gran comedor con mesas, televisores, gente mirando partidos del Mundial, humo, frituras, un escenario y nuestro show. Era casi como una cena-show, muy humilde, de gente trabajadora.

¿Cómo es componer tango en el 2000?

A.E.: Trato de no pensar mucho en eso (risas). Tengo una especie de berretín con que la tradición cultural de la letra de tango es continuada en el rock nacional. Para mí, el rock nacional es una de mis influencias como compositor de tango: Los Gatos, Manal, los grupos de los 60 no empezaron a escribir de cero, inventando una imaginería. Para mí hacer tango hoy es eso, no saltearse los últimos 30 años. Un autor de tango de mi edad no puede escribir sin la influencia de los Beatles. En el siglo XX, además de Gardel y Lepera, los Beatles también tuvieron una gran influencia en lo que es hacer canción. También pienso en Kurt Weill y Berthold Brecht, o Gershwin.

¿Qué lugar ocupa el humor en el tango?

A.E.: Por ahí es un detalle, una palabra. Pero el humor es fundamental, es lo que redime y contrapesa la tragedia del tango. A todos los avatares y contratiempos que impone el destino, el tanguero responde con una sonrisa de resignación.

Daniela Villaro