La visita del presidente Kirchner a un país cuyo territorio equivale a 7% de la superficie terrestre del globo terráqueo, donde vive la quinta parte de la población mundial, es una nueva excusa para hablar de China.
Cuando en la década de 1960 estudié en la UCA y en Harvard, China no existía. Si hubiera estudiado una década después, tampoco hubiera existido. Hoy China no integra el Grupo de los 7 porque nadie se atreve a decirle a Italia, o a Canadá, que por favor le cedan el correspondiente asiento.
Tomé conciencia de China en 2000, cuando pasé 10 días en 5 ciudades (Beijing, Shangai, Xian, Hong Kong y Shenzhen). Llevaré permanentemente en mi retina, como decía el general, al chino andando en bicicleta. Porque me parece que es un buen indicador del país. ¿Sabe cómo anda el chino en bicicleta? Sin matarse por tomar velocidad, y sin frenar.
En Shenzhen visité una fábrica de cinturones, carteras y billeteras. ¿Sabe cómo fabrican los chinos y las chinas los productos mencionados? Igual que como pedalean: sin matarse, pero sin parar. A u$s 40 dólares mensuales (más casa y comida), por una jornada de 10 horas diarias, 6 días por semana. Contentos, porque están ascendiendo.
Desde esta experiencia, no me canso de repetir el interrogante que diariamente nos tenemos que formular los 4.700 millones de seres humanos que vivimos fuera de China, a saber: ¿qué sé hacer yo, que los chinos todavía no? Y la clave del interrogante está en el todavía, porque los chinos aprenden. Y los paragüitas de Hong Kong, como eran denominadas despectivamente las importaciones chinas, se han transformado en las máquinas chinas que ví en la planta de algunos de mis clientes, aquí, en la Argentina.
El PIB real de China crece 7% anual desde hace un cuarto de siglo. Amigos míos que por razones laborales visitan ese país de manera recurrente, regresan de cada viaje con ojos de asombro. Es la contrapartida visual de las cifras de crecimiento agregado.
Un 7% de crecimiento anual es normal algún año, o un corto número de años. Un cuarto de siglo es noticia. ¿Cómo se explica? Esencialmente, por un buen diagnóstico que las autoridades chinas, de la mano de Deng Xiaping, hicieron en cuanto falleció Mao, en 1976. A propósito: a la entrada de la Ciudad Prohibida hay un solo retrato, el de Mao. Mao hoy en China no existe, pero a nadie se le ocurrió descolgar el retrato.
Deng inició la revolución económica en la agricultura (en China los errores se miden en millones de muertos literalmente de hambre, y Mao cometió más de un error). Cambió las reglas de juego: antes de él, de un terreno, el primer melón que salía era para el agricultor a cargo, el resto para el Estado; con él, el primer melón que salía era para el Estado, el resto para el agricultor a cargo. ¿Y sabe qué pasó? Que de repente, con la misma maquinaria, del mismo terreno donde antes sólo salía un melón, comenzaron a salir muchos melones. Incentivos, que le dicen, con perdón de los partidarios del hombre nuevo que iba a generar el socialismo y el comunismo.
Luego de lo cual pensó: tenemos tierra y mano de obra, nos falta capital y tecnología. Que vengan los capitales y las inversiones extranjeras. Como pensaron e hicieron Arturo Frondizi y Rogelio Frigerio, en Argentina 1958. Y hace un cuarto de siglo que el capital y la tecnología no hacen otra cosa que ir para allá.
Técnicamente, China está viviendo una transición: cuando la tierra y la población se llenen de capital y tecnología, volverán a la tasa de crecimiento de largo plazo. Claro que en China la transición puede demorar... medio siglo.
¿Corrupción? Un montón. ¿Economía informal? La que quiera. ¿Y cómo es que crecen? Porque una cosa es lo que a cada uno le parezcan, desde el punto de vista ético, la corrupción y la economía informal, y otra el impacto que tienen sobre el funcionamiento de la economía. Parecería que en China el corrupto y el evasor no interfieren con las reglas de juego que inducen el crecimiento. Acostúmbrese a separar los tantos: denuncie la corrupción y la evasión fiscal desde el punto de vista ético, pero investigue antes de decir que la Argentina no crece porque hay entre nosotros corruptos y evasores.
En 2003 le vendimos a China mercaderías por u$s 2.450 millones, y le compramos por u$s 720 millones, de manera que tuvimos un superávit comercial de u$s 1.730 millones. ¿Estarán los chinos quejándose por la destrucción de fuentes de trabajo que les ocasionamos, a raíz de tal desequilibrio comercial –que supongo que la visita argentina a China busca aumentar–, o estarán agradecidos porque, a pesar del aumento de su producción de alimentos, vía importaciones están terminando con el hambre en su país?
Desde el punto de vista económico, no vivimos en una ciudad, una provincia, un país o una región, sino en el mundo. Si en 2004 nuestra imaginación llega hasta el Mercosur, o a lo sumo hasta el ALCA, un día de estos se nos va a caer un piano en la cabeza, y no vamos a saber de dónde vino. Incorporar China al análisis es imprescindible para cualquiera de nosotros.
¡Animo!