Quienes hace muchos años que se desempeñan en el mercado de valores estadounidense tienen malos recuerdos de las tormentas de octubre. El sur de Inglaterra hace veinticinco años fue sacudido por el peor fenómeno climático en dos siglos, e inmediatamente después se produjo el crack del Lunes Negro.
Durante una racha de recuperación iniciada a fines de septiembre de 1986, con una pausa a fines de marzo de 1987, las acciones subieron 46% en un año. Luego retrocedieron un poco durante un mes para cotizar a 13 veces las ganancias proyectadas, antes de derrumbarse y perder una tercera parte de su valor.
Por la llegada del huracán Sandy no hubo operaciones en Wall Street, que viene con una recuperación que comenzó a fines de septiembre del año pasado, con una pausa a fines de marzo y que, en lo que va de 2012, las acciones avanzaron 33%. Durante el mes pasado cayeron y ahora cotizan a 13 veces las ganancias proyectadas.
El patrón de la recuperación del año pasado se ve muy similar al registrado durante el período 1986-87. Sin embargo, sería algo más que una superstición creer que la tormenta en Estados Unidos significa que se viene otro crack (aunque los pesimistas pueden señalar que las valuaciones a largo plazo como el ratio Shiller precio/ganancias a diez años demuestran que los papeles están muchos más caros ahora que en 1987).
La gran diferencia es la economía. Contra toda lógica, si bien el crecimiento es mucho más débil que hace 25 años, la economía quizás hoy no sea una amenaza para los inversores. En 1987 la inflación iba en aumento y la Fed estaba elevando las tasas. A fines del verano boreal, la inflación superó el 4%, el nivel al que el mercado normalmente empieza a tomarse en serio las alzas de precios, y la recuperación decayó.
Actualmente, la tasa de aumento de los precios en Estados Unidos coincide con el índice objetivo de 2% fijado por la Reserva Federal. La Fed misma tiene las tasas en su nivel más bajo, y no espera subirlas por otros tres años.
La inflación todavía puede salirse de control, si los bancos centrales del mundo logran con esfuerzos sin precedentes estimular el crecimiento. Pero eso no sucederá en el futuro inmediato, si es que ocurre en algún momento.
Es imposible descartar un crac en cualquier momento, dada la complejidad del comportamiento de las multitudes. Pero los inversores deberían estar más preocupados por la oleada de tormentas que por la caída de las acciones.
