En política monetaria, como en la vida, uno obtiene lo que paga. En términos nominales, esta semana el real brasileño alcanzó su nivel más alto contra el dólar desde 1999. Mientras la semana pasada la lira turca estableció un nuevo punto mínimo en relación al euro.
La fortaleza del real y la debilidad de la lira son resultado directo de los intentos de los respectivos bancos centrales por lidiar con el dilema de tener una economía fuerte y una divisa con tipo de cambio flotante en un mundo de tasas bajas.
Un Banco Central debe elegir entre dos alternativas desagradables. Si eleva las tasas para hacer más lenta la economía la opción brasileña atrae los flujos de dinero caliente, ya que los que traders buscan el rendimiento. Eso hace subir la moneda local mientras el capital que entra se filtra en la oferta monetaria, con lo que contrarresta los efectos del ajuste.
La alternativa es radical: ante una economía en auge, Turquía comenzó a recortar las tasas de interés en abril. Con esto logró debilitar la lira, pero se tradujo en una mayor facilidad para endeudarse, lo que contrarrestó cualquier desaceleración en los flujos de entrada de capitales.
Tanto Brasil como Turquía aplican políticas no convencionales para lidiar con efectos colaterales no deseados. Brasil cobra impuestos al ingreso de capital para disuadir al dinero extranjero. Turquía restringe los préstamos bancarios. Ninguna de estas políticas parece tener el efecto buscado y el crédito doméstico crece rápidamente.
El Banco Central de Turquía dijo ayer que su enfoque está funcionando. El crecimiento económico bajará del ardiente nivel de 11% anualizado del primer trimestre, el crecimiento del crédito se enfriará y caerá la inflación. Pero los inversores deberían ser escépticos dada la cantidad de veces que el banco cambió su meta de inflación en los últimos años.
No está claro que el enfoque brasileño funcione mejor ya que sigue lloviendo dinero del exterior. Pero parecería que a Turquía le va peor, ya que tiene un déficit de cuenta corriente de casi 9%. Los inversores deben estar atentos. Uno de los experimentos podría inesperadamente funcionar, pero también deben prepararse para que ambos terminen mal: las deudas incobrables y la fuga de capitales suelen ser secuelas de la profusión de crédito.
