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Los lobos de Chernóbil llevan décadas respirando y alimentándose en un entorno que, en teoría, debería pasar factura. Hoy su población no solo se mantiene en la zona de exclusión, sino que en algunos sectores es más densa que en reservas naturales cercanas.
Esta paradoja científica vuelve a poner a Chernóbil en el centro del debate sobre radiación, adaptación y supervivencia.
El accidente del 26 de abril de 1986 convirtió a la región en uno de los lugares más peligrosos para los humanos. A casi cuarenta años de la explosión del reactor 4, la radiación sigue presente y el acceso continúa siendo muy limitado. Aun así, los lobos de Chernóbil se han convertido en el depredador alfa de la zona y prosperan incluso más que en varios parques naturales del este de Europa.
Lejos de una explicación simple, los investigadores advierten que no se trata de ausencia de riesgo. El foco está puesto en posibles mecanismos biológicos que permitirían a estos animales tolerar mejor el daño asociado a la radiación, sin que eso implique inmunidad total.

Chernóbil como laboratorio involuntario de la naturaleza
Desde el desastre nuclear, la zona de exclusión de 30 kilómetros alrededor de la central funciona como un laboratorio involuntario para estudiar la vida salvaje bajo estrés crónico. En este escenario extremo, la ausencia de presión humana se combina con una exposición constante a la radiación.
En otras especies ya se habían detectado cambios llamativos. En la rana arborícola oriental (Hyla orientalis), por ejemplo, se analizó la relación entre radiación y melanismo, es decir, una piel más oscura como posible mecanismo de protección frente al entorno contaminado.
También se estudiaron perros que viven dentro y alrededor del área. Un trabajo publicado en Science analizó 302 perros y describió poblaciones genéticamente diferenciadas según su proximidad a la central, aunque investigaciones posteriores señalan que no todo puede atribuirse exclusivamente a mutaciones por radiación.
Qué están estudiando los científicos en los lobos de Chernóbil
En 2014, la bióloga Cara N. Love y su equipo de la Universidad de Princeton viajaron a la zona de exclusión para tomar muestras de sangre de los lobos de Chernóbil y colocar collares GPS. Estos dispositivos combinan localización y dosímetros para estimar cuánta radiación acumulan los animales en su vida diaria.
Según explican Love y el investigador Shane Campbell-Staton, el interés es doble. Los lobos son depredadores ápice, por lo que la radiación les llega a través de toda la cadena trófica, y además se desplazan grandes distancias, lo que permite medir exposiciones variables según zonas y temporadas.
Con estos datos, el equipo compara perfiles de células inmunitarias y señales de estrés de los lobos de Chernóbil con poblaciones de referencia. En entrevistas y presentaciones científicas recientes, los investigadores plantean que algunos animales podrían mostrar señales biológicas compatibles con una mayor tolerancia al daño asociado a la radiación.
Radiación, genoma y resistencia al cáncer
Uno de los efectos más conocidos de la radiación es su potencial cancerígeno. Sin embargo, los investigadores observaron que los lobos de Chernóbil no solo no sucumbían al cáncer, sino que podrían haber desarrollado una mayor resistencia a distintas formas de la enfermedad.
Estos animales están expuestos a una radiación promedio de 11,28 milirems diarios, más de seis veces la cantidad máxima autorizada para trabajadores expuestos a radioactividad, incluso con equipos de protección. A diferencia de los humanos, los lobos reciben esta dosis de forma constante, sin pausas ni descansos.
Los científicos sostienen que “estos cambios en el genoma han alterado el sistema inmunitario de los animales de una forma similar a la radioterapia que se aplica en los pacientes de cáncer”, aunque aclaran que no son completamente inmunes, sino que tienen menos probabilidades de sufrir la enfermedad o más chances de sobrevivir.
Por qué importa y qué no hay que asumir

La hipótesis de fondo es potente: si los lobos de Chernóbil mantienen su funcionalidad pese a una exposición sostenida, entender qué rutas biológicas están implicadas podría ayudar a la investigación del cáncer y de la respuesta al daño por radiación.
Sin embargo, los propios investigadores llaman a la cautela. Muchos de estos resultados se difundieron a través de entrevistas y presentaciones en congresos, lo que significa que la evidencia aún está en construcción y no cambiará manuales de biología de forma inmediata.
Además, no se trata de un “antídoto” ni de una receta directa para humanos. Entre medias quedan años de estudios que deberán separar genética, ambiente, dieta, infecciones y ausencia de presión humana. Los lobos de Chernóbil muestran hasta dónde puede llegar la adaptación natural, pero también recuerdan los límites de extrapolar estos hallazgos fuera de su contexto extremo.












