Argentina transita hoy una paradoja cruel. Mientras tres o cuatro sectores de la economía crecieron fuerte, el resto de la industria no arranca. Las deudas personales crecen. Los sueldos no se mueven. La inflación controlada frenó su descenso y la “casta” juega aquí allá y en lo de mi abuela también. El índice de confianza en el Gobierno baja pero la imagen del Presidente sigue siendo del 40%. Un ajuste brutal, una devaluación dolorosa, dos años y medio de gestión, un esfuerzo que duele y aún así una imagen que no cede.

En los despachos oficiales se celebran los números de una macroeconomía que, vista desde un satélite, parece haber encontrado el equilibrio. El sector energético vuela con Vaca Muerta, la minería no para de recibir anuncios de inversión y el campo, a pesar de todo, sigue siendo el pulmón que provee gran parte de los dólares que hacen que el sistema no estalle. Pero si el satélite se estaciona en la vereda, el panorama cambia drásticamente. El país de la industria pyme, el del comercio de barrio y el de la mesa familiar, está viviendo un proceso de asfixia grave.

De todos modos, el dato que rompe los manuales de la consultoría política es ese 40%. Después de más de dos años de un ajuste brutal, con los salarios perdiendo por goleada contra la realidad y un consumo interno que parece haber entrado en un coma inducido, la imagen del Presidente se sostiene. ¿Es apoyo ciego? ¿Es esperanza mística? No. Es, simplemente, la confirmación de que del otro lado no hay absolutamente nada que el electorado considere una posibilidad de voto. El 40% no es un cheque en blanco de optimismo; es el último refugio de una sociedad que se resiste a volver atrás en el camino andado, pero que empieza a mirar con mucha preocupación su realidad.

Los datos que confirman la degradación en los pagos de los créditos asustan. Eso enfrenta la macro del Excel con la micro del súper. La morosidad para familias saltó del 2,6% al 10,6% en el último año, y en las financieras no bancarias o billeteras virtuales —donde se refugian los sectores que ya no califican para un banco— la mora roza en algunos casos el 25%.

La clase media y los sectores populares aumentan el uso de la tarjeta de crédito para comprar comida. El préstamo ya no es para el televisor, para el viaje o para cambiar el auto; es para el supermercado. El “pago mínimo” se ha vuelto la forma de vida de muchos que hoy no tienen margen de maniobra. Mientras los salarios siguen quietos, los costos fijos no dan tregua. Es una economía dual. Un sector que crece y otro que va a los manotazos.

Los industriales, a los que se les está exigiendo acomodarse en la nueva escena con precios y desarrollos acordes a los que exige el mundo, ven este proceso desde la primera fila. Pero también saben que cuando todos ganan nadie gana. Reconocen que, en las crisis como estas, aunque suene un cliché, está la oportunidad.

EFE

El Gobierno reconoce puertas adentro que se encuentra en una encerrona. No encuentra la forma de retomar la iniciativa y salir de la tapa negativa en los diarios. La falta de oferta en la oposición es claramente un aliado. Pero los que hasta ahora preferían guardarse, ahora aparecen queriendo mostrarse como posibles eslabones de unidad.

El expresidente Mauricio Macri, por ejemplo, decidió que el tiempo de la “decepción” silenciosa terminó. Su reciente relanzamiento del PRO en Parque Norte no fue un acto de apoyo, fue un aviso de desalojo interno. Macri lo dijo claro: “No somos oposición, somos el próximo paso”. El abrazo del oso.

La estrategia de Macri es clara y al oficialismo le molesta. Él no cuestiona el rumbo, pero cuestiona la capacidad. El exmandatario habló para el círculo rojo y para los votantes desencantados es: “El rumbo es este, pero estos chicos no saben cómo aterrizar el avión”. Macri espera que el tiempo avance y se ofrece como la estructura, los cuadros técnicos y la “experiencia de gestión” que todavía considera que le falta al Gobierno y es el motivo que lo hace tropezar con errores no forzados, que tienen mucha capacidad de daño.

A todo esto, el Gobierno se permite lujos que erosionan su capital más valioso: la superioridad moral. El escándalo de Manuel Adorni, sus viajes a Punta del Este y las dudas sobre su patrimonio sin declarar son una bofetada a la narrativa del sacrificio. El Gobierno que vino a resetear la moralidad argentina no puede usar las mismas excusas ni enojarse como los que se fueron.

Por más que el muerto aquí se ría del degollado. La respuesta del jefe de Gabinete a los periodistas—“con mi dinero hago lo que quiero”— sonó como una frase que define la desconexión total con la realidad de quien hoy no llega a fin de mes sin achicarse, sin dejar de pagar el cable, fútbol de los chicos o mucho más grave aún haciendo tres comidas en lugar de cuatro.

Adorni era el escudo comunicacional de la gestión y hoy parece ser el blanco de todas las críticas. Su fallida conferencia de prensa, donde perdió los estribos y se fue sin dar explicaciones, lo dejó expuesto. El que se enoja pierde. El Gobierno reacciona frente a la agenda en lugar de imponerla. Y reacciona mal. Por eso la Rosada probará con volver a poner al Jefe de Gabinete todas las semanas en ese lugar de comunicación del Ejecutivo que quedó vacante al irse Adorni de la vocería oficial.

En tanto, del otro lado, el vacío. El peronismo sigue en un estado de introspección que roza la parálisis. Axel Kicillof asoma como la figura con mejor imagen, pero sigue atrapado en la interna con el kirchnerismo duro. El PJ que sigue oliendo a naftalina, no logra parir un liderazgo que no genere rechazo en esa franja del medio que hoy prefiere pagar el arroz en cuotas antes que volver a ver a los mismos de siempre en el poder. Esa resistencia cultural al regreso del kirchnerismo duro es, hoy por hoy, el único seguro de vida que tiene el oficialismo.

La gente no está apoyando por lo que el Gobierno hace, sino por lo que no es. Pero ese es un activo que se deprecia rápido. El índice de confianza cae según las consultoras, la desaprobación escala y el 40% de apoyo que hoy parece una cuestión de fe, se explica con la ausencia de lo opuesto, con el miedo al sacrificio hecho en vano, pero ese número es un refugio temporal y no un permiso eterno.