Hay decisiones que pueden transformar una ciudad durante décadas. Construir una nueva línea de subterráneo es, sin dudas, una de ellas. Pero antes de que una tuneladora comience a avanzar bajo las calles de Buenos Aires, existe otra construcción, menos visible pero igualmente importante: la de los consensos políticos necesarios para hacer posible esa obra vital.

El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, con Jorge Macri a la cabeza, ha estructurado para el próximo año proyecciones claras de sus recursos, gastos y programas de financiamiento bajo el principio rector del equilibrio fiscal, tal como lo anunció el ministro de Hacienda y Finanzas ante la Legislatura. Pero aprobar un presupuesto trascendental no es simplemente votar una cifra. Detrás de cada partida presupuestaria hay una decisión política sobre qué ciudad queremos construir, cuáles son nuestras prioridades y qué proyectos estamos dispuestos a sostener más allá de una gestión o de un período electoral.

El vecino debe saber en qué se invierten sus impuestos. En 2027, más que nunca, ese gran esfuerzo de los contribuyentes va a volver en servicios de calidad. Un ejemplo de nuestro trabajo son las proyecciones realizadas desde el Ministerio de Movilidad e Infraestructura: cada 100 pesos de nuestro presupuesto, 48 pesos serán destinados a obras (Línea F, TramBús y más tecnología para mejorar el servicio de colectivos, infraestructura vial e hidráulica, tránsito y semáforos), 35 pesos para a aliviar el boleto del transporte público y menos de 3 pesos irá a sueldos.

Una línea de subterráneo requiere una planificación descomunal, importantes recursos, tiempo y una enorme capacidad de coordinación de los distintos equipos. Además, no será una línea más: promoverá la integración de las siete líneas de subtes con la red ferroviaria metropolitana y logrará notables mejoras para un transporte público más eficiente, equitativo y sustentable.

Una obra de esta magnitud también necesita previsibilidad, no puede depender solamente de los cambios de humor de la política. Cuando una gran ciudad como Buenos Aires decide ampliar su red de transporte, está tomando una decisión que afectará a generaciones de vecinos.

Hoy en la Ciudad las obras que comienzan, se terminan. Esto es fruto del diálogo y de los consensos entre todos los poderes del Estado porteño, y de la clara opinión de los vecinos. Así se consolida una plataforma para tomar decisiones que deben ser cumplidas. Por eso, los consensos adquieren un valor extraordinario. Consensuar no significa que todos pensemos igual, sino reconocer que hay determinadas políticas públicas que son más importantes y están por encima de nuestras diferencias cuando están en juego el futuro y la calidad de vida de millones de personas. Por ello, es posible encontrar puntos de encuentro.

Buenos Aires tiene una larga tradición de obras que fueron imaginadas en un momento determinado de su historia y que luego fueron disfrutadas por generaciones posteriores. El subte es uno de los mejores ejemplos. Cada estación que hoy utilizamos alguna vez fue un proyecto, un presupuesto, una discusión y una decisión política. Alguien tuvo que imaginarla, alguien tuvo que defenderla y alguien tuvo que conseguir los recursos.

Justamente, los recursos financieros y la estabilidad económica siempre fueron factores esenciales para plasmar este tipo de proyectos ambiciosos. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires cerró con superávit los últimos años. A nivel internacional, esto nos convierte en una ciudad confiable y permite que nos embarquemos en esta obra de gran escala.

La política pública tiene particularidades: muchas veces, quienes tienen la responsabilidad de tomar la decisión no siempre llegan a disfrutar plenamente de sus resultados. Y eso es, en cierto modo, una de las formas más nobles de la responsabilidad pública.

Por eso, cuando la Legislatura porteña debate un presupuesto de esta importancia, el desafío debería ser mirar un poco más allá de la coyuntura. Las discusiones presupuestarias son necesarias y saludables en una democracia. Cada peso debe ser analizado y cada decisión debe ser explicada, pero también debemos ser capaces de distinguir entre aquello que forma parte de la discusión cotidiana y aquellas políticas que necesitan continuidad para dar resultados concretos para los porteños.

Construir una línea de subte lleva años. Construir acuerdos también. Ambos procesos tienen algo en común: requieren paciencia, planificación y la capacidad de mirar más hacia adelante que hacia los costados. Buenos Aires necesita que la política pueda encontrarse en esas grandes decisiones, que las diferencias no impidan avanzar y que los consensos permitan darle estabilidad a los proyectos que trascienden a sus protagonistas.

Una gran ciudad como la nuestra no se construye solamente con hormigón, acero y tecnología. Se construye también con una visión compartida de futuro. Cuando esa visión logra convertirse en un acuerdo político, el presupuesto deja de ser simplemente una autorización para gastar: se transforma en una herramienta vital para construir la ciudad que queremos dejarles a las futuras generaciones.