Esta vez, el intenso diálogo realizado en China entre los Presidentes Xi Jinping y Barack Obama permitió desbloquear la renegociación del Acuerdo sobre Tecnologías de la Información de la Ronda Uruguay (conocido como ATI o por su sigla inglesa ITA), en cuyo seno Beijing objetaba con llamativa energía a 10 de los casi 250 productos demandados por los 52 participantes activos de dicho proceso. No fue un juego sencillo, ni una victoria generosa. Beijing no regala nada.
En ese mismo ejercicio, los Presidentes también aceptaron dar curso, con distinto entusiasmo, a un proyecto destinado a evaluar un nuevo mega-acuerdo comercial con decisiva participación asiática, orientado a coordinar sus objetivos centrales con las Asociaciones del Atlántico y del Pacífico que hasta ahora cuentan con el patrocinio y liderazgo de los Estados Unidos, y a las que el gobierno chino no había sido invitado. A pesar de sus laboriosas gestiones, ninguno de los proyectos en danza está en condiciones de ser suscripto y en todos hay cuestiones sustantivas por resolver. Las coincidencias no dieron para mucho más. China no se retractó de su intención de aprobar con desgano, lentitud y trampitas los diferentes eventos de biotecnología estadounidense (Organismos Genéticamente Modificados como la soja y el maíz).
Si bien la decisión bilateral adoptada por ambos mandatarios sobre el ITA brindará fuerte impulso a las negociaciones, el proceso debe superar una pulida final en Ginebra. Los 80 Miembros del Acuerdo (datos del 2013/14), entre ellos Chile, Colombia, Costa Rica, México, Panamá, Paraguay, Perú y Uruguay, tienen que obtener el sí de los 26 miembros que se mantuvieron al margen de la definición de los proyectos de reforma; arreglar las discrepancias que subsisten sobre la lista misma, aprobar el programa de rebajas arancelarias, decidir el timing de la multilateralización y otros asuntos de parecida complejidad. El ITA convoca a quienes originan el 90% del intercambio asociado con la tecnología de la información y las telecomunicaciones y es un sector que, como se describe en un excelente briefing publicado en el 2013 por el experto Juan Marchetti, tiende a ser fuente de casi el 9,5% de las exportaciones globales. La clase de productos incluidos en ese paquete son semi-conductores de la próxima generación, equipos médicos de alta tecnología, software para medios de comunicación, consolas para video-juegos sofisticados y el futuro de los GPS. China aún tiene un superávit comercial no inferior a los u$s 319.000 millones anuales con los Estados Unidos.
Y, a pesar de que las cosas suenan mejor, la vaguedad de los comunicados oficiales de las reuniones sostenidas en China que precedieron a las del Grupo de los 20, indicaban que hay datos sensibles que obligan a ser cautos con los pronósticos.
La semana pasada Washington también motorizó una sorpresa que exige reflexión. Pergeñó un acuerdo bilateral con el gobierno de India para aclarar formalmente, como protocolo del Consejo General de la OMC, el alcance de la cláusula de paz agrícola que ampara las compras subsidiadas de stocks públicos destinados a garantizar la seguridad alimentaria de los países en desarrollo, uno de los subproductos sensibles, y supuestamente transitorios, de la Conferencia Ministerial de la OMC realizada en Bali. En julio pasado Nueva Delhi se había opuesto al consenso para implementar el programa aprobado en esa Ministerial, incluido el Acuerdo sobre Facilitación de Comercio, hasta obtener una garantía más formal. Quienes hacen política deberían recordar que India consiguió exportar 20 millones de toneladas anuales de trigo y un monto similar de arroz, lo que es un raro curriculum para alegar riesgos de inseguridad alimentaria. ¿No es frívolo pagar esta clase de peajes para reponer el trabajo útil en el seno de la OMC?.