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La política fiscal no es el villano. En recesión, un apoyo temporario y basado en reglas puede apuntalar el empleo y los ingresos y ayudar a que la economía recupere el equilibrio. El peligro llega después, cuando el "manejo de la demanda" se transmuta en gasto indefinido elegido por políticos: iniciativas apuradas para la foto, luego mal mantenidas y financiadas con deuda en condiciones cada vez más sueltas. El impulso se va; la deuda queda.

Por qué el "manejo" discrecional de la demanda suele defraudar

Los megapaquetes lucen decididos, pero en economías abiertas y con credibilidad acotada suelen fugarse a importaciones, presionar precios y gatillar una política monetaria más dura que anula buena parte del efecto buscado. En el contexto actual de tasas de interés globales más altas, la cuenta llega antes. Cuando los activos creados a las apuradas no vienen con presupuesto para operar y mantener, su aporte a la demanda se erosiona justo cuando empieza a pesar el servicio de la deuda. Si los inversores asumen que el gasto "transitorio" de hoy será la norma de mañana, sube la prima de riesgo y la tasa real le gana al crecimiento: la aritmética que hace trepar la deuda sobre PBI salvo que aparezcan superávits primarios. Nada de esto implica que la política fiscal sea "mala"; señala que el problema es la discrecionalidad y la duración.

Cómo se instaló el hábito

El apetito moderno por programas permanentes surgió en las democracias ricas en los años 60, cuando la expansión del seguro social -como la Great Society de Lyndon B. Johnson en EE.UU.-- fue popular y efectiva para cubrir brechas reales. Desde entonces, cada crisis repitió la misma lección: en la urgencia, gastar funciona, y lo que funciona en la urgencia cuesta revertirlo. La crisis de 2008 y la pandemia de 2020 reforzaron el patrón a ambos lados del Atlántico. Las economías emergentes tomaron la misma libertad con menos margen fiscal. Brasil y Argentina subieron el gasto en los auges y sumaron capas en las recesiones; retroceder resultó políticamente tóxico. El hábito tiene un lado positivo, pero también deja a las tesorerías cargando las emergencias de ayer en la "normalidad" de mañana.

Tres advertencias con nombre y apellido

Argentina muestra el final del juego de perder credibilidad: oleadas de gasto con anclas débiles terminaron en default y reestructuraciones. Cada episodio encareció el financiamiento y desafiló la potencia de futuras estabilizaciones: el estímulo dejó de transmitirse porque se había perdido la confianza. Brasil ilustra el riesgo intermedio: aflojar lo fiscal sin anclas firmes ensancha las primas de riesgo y debilita la moneda, de modo que más del estímulo aparece como precios y no como producto. Estados Unidos ofrece otra alerta: sustos recurrentes por deuda y una cuenta de intereses creciente pueden erosionar la libertad de maniobra aun sin default. Drogarse con el propio gasto se siente bien hasta que la línea de intereses empieza a correr a todos los demás rubros.

Una mejor forma de apuntalar la demanda

La administración de la demanda funciona mejor con instrumentos breves y previsibles, no con vaivenes de humor oficial. Deje que la política monetaria cargue con la mayor parte del ciclo: movimientos de tasa y forward guidance son rápidos, reversibles y de transmisión amplia. Reserve la política fiscal para donde es más potente: estabilizadores automáticos que se retiran a medida que vuelven los ingresos; apoyos de ingresos focalizados y con fecha de vencimiento en recesiones profundas; y mantenimiento de infraestructura existente, que convoca actividad privada sin riesgo de "elefantes blancos". Acompañe el sostén con respuesta del lado de la oferta -habilitaciones más ágiles, competencia abierta y compras públicas que paguen por resultados entregados y no por promesas- para que cada unidad de demanda compre más producto y menos inflación. Y, sobre todo, átese en las épocas buenas: anclas de deuda creíbles y trayectorias de gasto plurianuales son las que vuelven "contracíclico" algo más que un eslogan.

El riesgo real de gastar de más

El déficit es adictivo en política porque los beneficios son inmediatos y visibles mientras que los costos llegan después y en abstracto. Pero la cuenta llega igual: mayor costo de financiamiento, desplazamiento de servicios prioritarios, confianza más débil y pérdida de acceso al mercado. Si la tasa de interés real queda por encima del crecimiento, la aritmética obliga a elegir entre más impuestos mañana, inflación o recortes. El golpe lo sienten más los jóvenes y las pymes.

En síntesis

Deje la política fiscal para lo que mejor hace: ayudar a las personas, no financiar caprichos. Estabilice la demanda con herramientas cortas, basadas en reglas y fáciles de desarmar; deje el pulso del gran ciclo a los bancos centrales; y gaste donde la solidez supere a la ceremonia: mantenimiento, defensa de la competencia y programas con vencimiento atado al shock. Así se obtienen las virtudes de la recuperación fiscal sin la resaca de deuda: de Washington a Bruselas, de Brasilia a Buenos Aires y más allá.