Desde 2003, la cultura de lo nacional y lo popular fue ganando espacio.


Ligado al histórico discurso del peronismo, el kirchnerismo y sus diferentes agrupaciones políticas plantearon nuevamente la dicotomía entre lo nacional y lo extranjero, lo popular y la cultura de elite.


Reaparecieron imágenes que forman parte de la historia de los argentinos, como Mafalda y el Eternauta; los políticos volvieron a citar a pensadores que en la década de los 90 ellos mismos habían olvidado, como Jaureche, pero todo con un toque del nuevo siglo. Eso también se le imprimió al juego de palabras que pasó a ser Nac&Pop.


Pero este contexto de vintage político también llegó a los empresarios, que encontraron en ese revival discursivo el camino para reflotar negocios.


Aparecieron cadenas de comida rápida, bares temáticos en donde hasta se puede tomar un café con una foto de Juan Domingo Perón y ahora, volvió con renovada imagen, la bebida más peronista de todas.
Amargo Obrero presentó su nuevo packaging basado en lo que siempre lo diferenció del resto, su pasión por ser argentino.


Según explicaron desde la compañía dueña de la marca, la bebida que nació hace 125 años en Rosario y desde entonces viene acompañando a los barrios argentinos, y fiel al momento histórico que vivimos, apela al discurso Nac&Pop predominante en los últimos años.


Es una bebida laburante, hecha por y para laburantes, asegura la empresa, a través de un comunicado. Es la que defiende lo importante, la búsqueda por los ideales de valor verdadero, representa la lucha por la dignidad, los afectos y los momentos compartidos, agrega.


Pero no se queda en eso y propone su propia disyuntiva entre lo propio y lo ajeno ya que afirma que su máximo esfuerzo está en defender la cultura nacional y en vivir la vida como vale la pena, y en la nueva etiqueta, lo refleja al asegurar que es el aperitivo del pueblo argentino. Una especie de Charly García de la guerra de los vermuts.


Es cierto que el Amargo Obrero es señalado históricamente como la bebida peronista, ya que nació como la reacción a las bebidas dulces que tomaban las clases burguesas. A esto se le suma que desde la etiqueta hace alusión al movimiento obrero con un puño, una maza y una oz. Sus raíces populares lo ponen por encima del fernet y del vino, ya que ese vaso espumoso que se forma cuando se le pone soda formaba parte de la rutina de los peones y obreros, tanto como hoy la tienen los hombres de negocios con los pubs del microcentro. Sin embargo, a pesar de haberse convertido en un símbolo peronista, los colores rojos y negro de la etiqueta de esta bebida hoy propiedad de Cepas Argentinas hacen referencia a las cooperativas anarcosindicalistas que, junto a los panaderos anarquistas de finales del 1800, bautizaron facturas con el nombre de vigilante y cañoncitos de dulce de leche, dejando otra huella más en la vida cotidiana de los argentinos.