Esteban Wolf, CEO de Persicco, Chocorísimo, Guapaletas y Abuela Goye, pasó por Sin Manual, el ciclo de El Cronista Stream, y repasó un recorrido que empezó muy lejos del éxito: una infancia marcada por el abandono de su madre y por las detenciones de su padre.
“Mi mamá me abandonó a los 2 años. Me enteré por accidente de muy chiquito. Mi papá cayó preso, por primera vez, cuando yo tenía 12 años; por segunda vez, cuando yo tenía 15 años, y la tercera vez lo metió preso el FBI en la Argentina”, rememoró el empresario sobre esa primera etapa.
Aun así, Wolf tuvo claro desde joven hacia dónde quería ir. “Cuando me preguntabas a los 18 años qué quería ser, yo contestaba que ‘empresario exitoso’. La realidad es que en Argentina durante muchos años la palabra ‘empresario’ estaba mal vista”, explicó. El quiebre llegó cuando escuchó por primera vez el término “emprendedor”, que, según contó, fue el clic que le permitió pensar su camino de otra manera.
Esa mirada define hoy su forma de entender el rol: “Yo me convertí en empresario, porque como empresarios/emprendedores tenemos la responsabilidad de ejecutar bien y ser buenos en lo nuestro, para que la gente entienda que lo que hacemos es generar trabajo”. Y la ambición está a la altura: su sueño es “tener la fábrica de helados más grande de Latinoamérica”.
El camino, sin embargo, no estuvo libre de golpes. Wolf analizó también el impacto de la tecnología en su actividad: “Cuando se inventó el teléfono celular, a mí me volteó una compañía. En 30 días tuve que cerrar cinco locales y despedir a cinco personas”. De esa experiencia, dijo, queda una lección: hay que “amigarse con el futuro” para “entender dónde se va a poder trabajar”.
Cómo trata la Argentina a los empresarios, según Esteban Wolf
Wolf puso el énfasis en la presión tributaria del Gobierno, cuyos referentes prometieron la quita progresiva de impuestos, tales como Ganancias o el IVA. “No escuché de ningún empresario, de los serios, que pida que el Estado le regale plata. Los emprendedores no quieren subsidios”, apuntó el empresario heladero.
Sin embargo, ponderó el trabajo realizado hasta el momento por la gestión libertaria: “Cerrar la canilla de perder plata y decir ‘vamos a ordenar la caja’ me parece brillante; desarrollar economías como la de Vaca Muerta me parece un punto a favor, pero creo que es hora de que el Gobierno se ocupe de la micro”.
El debate sobre la coyuntura regulatoria también formó parte de sus reflexiones finales. Si bien reconoció avances institucionales en la discusión laboral, advirtió que aún persiste un obstáculo estructural: el temor a la litigiosidad.
“Se necesita sencillez. Si todavía tenés miedo de despedir a un empleado, quiere decir que tenés miedo de contratarlo”, señaló, apuntando contra la vigencia de la denominada “industria del juicio” y la necesidad de mayor previsibilidad jurídica para dinamizar el empleo privado.
Lejos de esquivar la incomodidad, Wolf concluyó revelando el exigente estándar de gestión que aplica puertas adentro de su compañía: el criterio del “más ocho”.
“No pretendo que nadie sea un diez, porque es imposible y yo tampoco lo soy. Pero todos los empleados tienen que rendir por encima de los ocho puntos”, explicó. Bajo esa premisa, el rol de los líderes es indelegable: capacitar y potenciar a los colaboradores para alcanzar ese umbral de rendimiento o, en caso contrario, asumir el costo de desvincularlos.