Más de 30 años de ejercicio profesional me han convencido de que para entender lo que está ocurriendo, y lo que puede llegar a ocurrir, nada mejor que identificar y analizar el proceso decisorio de quien está a cargo. Lo cual implica prestarle atención, no tanto al organigrama (de la empresa, la familia, el gobierno, etc.), sino a la estructura real de poder.

A fines de 2005, en la Argentina es evidente que quien está a cargo de la conducción económica, es el mismísimo presidente de la Nación. No creo faltarle el respeto personal a los ministros Miceli y De Vido, o al presidente del BCRA, Martín Redrado, si digo que no importa lo que digan los documentos (aunque parezca increíble, todavía hay gente que analiza la autonomía del Central), nadie tiene hoy –dentro del Gobierno– autonomía frente al presidente de la Nación. Se me dirá que siempre ocurre esto, pero me parece que ahora –como diría el mal comprendido finado Guido Di Tella– “con mucho mayor entusiasmo .

También parece bastante claro que, por el momento al menos, la lucha contra la inflación está centrada exclusivamente en los eufemísticamente denominados “acuerdos de precios . En un país con el pasado inflacionario como el nuestro, con la enorme experiencia que tenemos en materia de toqueteo de los precios, que junto a las anunciadas rebajas de precios, continúen aumentando la cantidad de dinero y el gasto público al ritmo que lo hacen, genera perplejidad en cada uno de nosotros, y sorpresa profesional entre los economistas (si en Argentina 2005 con esto baja la tasa de inflación, pero en serio, es decir, en el bolsillo de los consumidores, y no meramente en los índices oficiales de precios, entonces habrá que reescribir los libros de texto).

Por último, que la cuestión de las tarifas e inversiones de las empresas privatizadas o concesionadas durante la década de 1990 siga en la nebulosa, agigantando una crisis energética y telefónica (conseguir una nueva línea telefónica fija, en muchos puntos del país, comienza a ser tan fácil como en la década de 1980) que se viene incubando desde 2002, no es un secreto para nadie. Y poco importa si, por exceso de inversiones durante la década pasada, y/o por la inocultable suerte climática que tiene este gobierno, la crisis todavía no se manifestó de manera abierta; esto no quiere decir que no exista, como me explican en privado los ingenieros.

Esta es la realidad, mucho más que si le pagamos al FMI o no. La realidad es la centralización de la conducción económica, la realidad es el ataque a la inflación por los controles directos de precios, la realidad es que continúa la postergación de la cuestión de las inversiones en infraestructura.

No necesito al FMI para saber esto, ni lo necesito para que me lo recuerde. Al mismo tiempo, no creamos que porque le pagamos, y por consiguiente no será necesario seguir conversado para lograr un acuerdo, se solucionaron el problema de la inflación, el problema de las tarifas, etcétera. Será redituable desde el punto de vista político soñar con que, dado que le pagamos al FMI, “ahora sí... , pero no desde el punto de vista de los resultados.

En cuanto al futuro del Fondo como tal, recuerdo que fue creado en 1944 para evitar crisis sistémicas, como ocurrió durante la década de 1930. El problema puede reaparecer en cualquier momento, pero –a diferencia de entonces– el FMI no cuenta hoy con suficientes recursos como para contrarrestar el capital financiero que existe en manos privadas, y se mueve con tanta facilidad. Este es el contexto en el cual habría que hablar del “futuro del FMI como institución .

La Argentina tiene un sistema político y de gobierno presidencialista y personalista. Y el presidente de la Nación es muy poderoso, por ejemplo, frente a los gobernadores y a los empresarios. En un país donde la mitad de las transferencias de la Nación a las provincias es discrecional, ningún gobernador se puede dar el lujo de pelearse con el Presidente. En un país donde la política económica es discrecional, ningún empresario se puede dar el lujo de pelearse con el Presidente, no sea cosa que éste mueva alguna variable que termine con las ganancias, o con la existencia misma, de determinada empresa.

Esta es la razón por la cual el Presidente convoca a una reunión, todos corren presurosos y aplauden. Quien –espero– tiene que tener esto claro es el Presidente, tiene que saber que cuando lo aplauden no es que lo quieren sino que le temen.

Consiguientemente, la composición de lugar necesaria para tomar decisiones tiene que centrar la atención en el accionar presidencial, y muy subsidiariamente en la implementación a cargo de los funcionarios que lo acompañan. Hasta estos días, con el FMI, desde comienzos de 2006, sin él.

Felices fiestas y... ¡ánimo!