Carlos Juárez y su mujer Nina se muestran en estos días furiosos con el Gobierno: critican la intervención, organizan marchas como la de anoche, en la que derraman su amor por el pueblo santiagueño, y dicen que no se van a ir. Quizás estén siendo honestos, o quizás el pataleo no sea más que otra de sus incontables astucias políticas para mantener el poder en una provincia a la que manejan a su antojo desde 1983. Juárez (87 años, cinco veces gobernador y cuatro senador) sabe que ha salido de situaciones peores que ésta, especialmente el Santiagazo de 1993, cuando la turba enfurecida prendió fuego los principales edificios oficiales e incluso su chalet en las afueras de la ciudad. Parecía el final de Juárez: el gobierno menemista intervino y administró la provincia durante dos años y llamó a elecciones en 1995. Ganó Juárez, que ya en su primera victoria, en 1949, había aprovechado el caos político producido por la intervención del entonces presidente Juan Perón. Juárez se siente renacer cuando tiene a todos en contra: y ahora, más que nunca, no hay enemigo más fácil que el caudillo santiagueño.
Si Carlos Juárez ganó cinco veces el puesto para gobernador, su mujer, Mercedes Aragonés, no lo hizo nunca: la actual mandataria llegó al cargo en diciembre de 2002 después de que el hombre de paja del juarismo, Carlos Díaz, que había ganado las elecciones con Nina como compañera de fórmula, renunciara al cargo en medio de un escándalo. Juárez y Nina, cuenta la leyenda santiagueña, se conocieron en un tren rumbo a Buenos Aires a mediados de 1953: él era un senador casado y con dos hijos, y ella una maestra, doce años más joven, que iba a visitar unos parientes. A partir de allí armaron una alianza en la que ella cada vez tuvo más poder.
Estereotipo casi perfecto del peronismo ortodoxo y del caudillismo feudal, Juárez hasta hace poco seguía haciendo campaña con los logros (barrios, escuelas, hospitales) de su primera administración en los ’50, con el dinero del Plan Quinquenal peronista. En los ’80 y los ’90 se reveló como un administrador eficiente: controló la inflación, primero, y casi no tuvo déficit después, cuando sus colegas mendigaban por los ATN menemistas. Una vez le pidieron que se definiera con una palabra. Contestó muy seriamente: “Protector, me agrada eso. Yo he vivido luchando por los pobres . Y está convencido de que va a seguir haciéndolo en el futuro.