Crece la irritación en la elegante sede de Louis Vuitton Moët Hennessy (LVMH) en la parisina avenida Montaigne. Cada semana surge un nuevo rumor en el mercado sobre las intenciones del más grande grupo de artículos de lujo del mundo –controlado por Bernard Arnault– de adquirir una nueva compañía del sector.

Hace quince días le había tocado el turno a Hermès. Sin embargo, aunque seguramente a Arnault le encantaría quedarse con una marca tan prestigiosa como esta, parece que, por ahora, la familia que la controla no tiene ningún apuro por vender.

La semana pasada, le tocó el turno a Tiffany. A diferencia de Hermès, la famosa joyería estadounidense está controlada por un amplio grupo de accionistas, de los cuales el que tiene la mayoría cuenta con una participación de sólo 8%.

Según las especulaciones, Tiffany resulta tentadora para Arnault por varias razones. Por empezar, fortalecería la presencia de su grupo en el segmento de joyas y relojería, donde LVMH todavía está retrasado si se lo compara con Richemont, su rival suizo, propietario de marcas como Cartier, Van Cleef y Piaget.

Además, la debilidad del dólar ofrece una buena oportunidad para que el grupo europeo haga una adquisición en EE.UU.

Sin embargo, estas especulaciones sobre un posible takeover que han circulado durante el último año, han hecho subir tanto el precio de las acciones de Tiffany que la operación resultaría muy cara, aún con un dólar bajo. Según algunas estimaciones, estaría en torno a los u$s 6.000 millones.

Pero el problema principal sería que, tras la alianza por 20 años pactada entre la compañía estadounidense y el grupo suizo Swatch, este último colabora con Tiffany en el desarrollo de su colección de relojes. De modo que, cualquiera que adquiera a Tiffany debe decidir entre mantener esa colaboración o embarcarse en costosas y complejas negociaciones con los suizos.

Sin duda, todos estos rumores de mercado deben ser muy molestos para Arnault, pero ese el precio que hay que pagar por ser el rey del lujo.