Hay varias vidas en la de Michael Halstrick. Nació en Düsseldorf, Alemania, pero se mudó a Austria a los cuatro años y creció al amparo de la familia Swarovski. Trabajó para el grupo europeo en los sectores y ciudades más disímiles. A los 23 años, completó su carrera de Administración de Negocios en la North Eastern University y lideró un criadero de langostinos en la añorada ciudad de Venecia.

Decidido a abrirse camino por su cuenta, ingresó como trainee en el Banco de Austria y comenzó a hacer carrera en el ámbito de las finanzas. Ya se había sorprendido por el frenético ritmo de los hombres en la Bolsa de Viena y había pasado por infinidad de posiciones dentro de la entidad europea. "En una empresa familiar, uno está entre los brazos de la familia; a veces, hay que empezar a soltarse", fue su pensamiento en aquel entonces.

Pero el destino le tenía guardada una nueva carta: Gernot Langes Swarovski, su padre, compró la Bodega Norton, en la Argentina, y le propuso la misión de liderarla. Quince días le bastaron a Halstrick para decidir entre dos mundos: continuar con su carrera en el Banco de Austria —y asegurarse así una cómoda y tranquila vida en Europa— o aceptar el reto de poner en marcha una bodega en un país austral que, en 1989, se desvivía por salir de una asfixiante hiperinflación.

Allí comenzaba un giro clave en su vida. Después de todo, Austria es uno de los países más prósperos, desarrollados y ricos del planeta y de la Unión Europea —a la cual ingresó en 1995—, donde ocupa el quinto lugar, tras Gran Bretaña, Luxemburgo, Irlanda y Dinamarca. Su economía está definida por el carácter social de mercado, con empresas privadas y públicas, y su tasa de crecimiento es del 1,9 por ciento anual. Además, la inseguridad no está en la agenda de los ciudadanos y las condiciones laborales son muy favorables: los salarios se pagan catorce veces en el año, mientras que las vacaciones son de cinco semanas.

La distancia, entonces, con la Argentina, iba mucho más allá que aquella que separa los Alpes de los Andes. Así, su espíritu emprendedor libró una dura batalla contra su racionalidad alemana, que lo invitaba a gozar de las bondades de la alta sociedad europea a las que estaba predestinado. Sin embargo, no lo dudó. "Sabía que eran el momento y la oportunidad justas", describe orgulloso. Lleva 17 años viviendo en la Argentina y ocupa, desde 1991, el máximo sillón de Norton. Sobrevivió a los '90, superó la peor crisis económica de la historia argentina y ahora sigue de cerca el boom del consumo. En una entrevista exclusiva con Clase Ejecutiva, Halstrick repasa su vida y explica cómo dejó de ser Michael para convertirse en Miguel. Cálido, sencillo y abierto a las preguntas, es tiempo de conocer los secretos del príncipe del vino.

—¿Cuál fue su primer contacto con la Argentina?

—La primera vez que pisé el país tenía 17 años. Venía casi todos los años de vacaciones y también para hacer trabajo como gaucho. Por ley de familia, las vacaciones de verano eran largas, el resto se trabajaba. Tenemos como filosofía aprender el valor de cada dólar, porque así uno empieza a apreciar todo lo que hace en la vida. Como se dice: uno gana un dólar, después se casa y son 50 centavos, tiene un hijo y son 25 centavos (risas).

—¿Cómo fue decidir un cambio tan profundo en su vida?

—En ese entonces trabajaba en el Banco de Austria, algo que realmente me gustaba, había encontrado mi lugar y ya tenía definido quedarme en la entidad. Pero cuando me ofrecieron la posibilidad de Norton, no lo dudé. Tenía 27 años. Y así, en 15 días, ya estaba acá con las valijas y mi esposa, empezando a trabajar. Ella es austríaca y, al principio, también tuvo sus miedos. Éramos recién casados y no teníamos nada cuando llegamos acá, ni cama... Tardamos todo un día en encontrar un lugar que vendiera colchones (rememora, risueño).

—¿Sintió que ése era el momento adecuado para el desafío?

—Entonces pensé que era algo que me interesaba, porque era un reto. Además, no quería venir cuando las cosas ya estuvieran listas. Me interesaba generar un equipo propio y no ser conocido el día de mañana como "el hijo de". Quiero ser conocido como Miguel Halstrik, quien formó el equipo y llevó adelante la empresa. Esa fue la oportunidad, tenía 27 años y quería ganar experiencia. Obviamente que he cometido muchos errores, pero siempre tuve presente que de ellos se aprende y que no hay que repetirlos, en lo posible. Pienso que en toda organización el fondo del crecimiento personal y de una empresa es tomar decisiones y arriesgarse. Eso se aprende cuando uno trabaja en la Bolsa: nunca hay que poner la plata en un único canasto, por lo menos hay que comprar 10 o 15 acciones, así el promedio sale bien.

—¿Cómo fueron sus primeros días en la Argentina?

—Al principio fue muy difícil la adaptación. El lugar me gustó mucho pero había que adaptarse a la mentalidad. Fue justo después de la hiperinflación del año '89. Y yo decía: "¡Qué ahorradores que son acá! Veía colas y colas de gente en los bancos. Pero ¿qué hacían? ¡Estaban cambiando dólares!" (risas). Recuerdo que tenía mi Fiat Uno y nuestras oficinas estaban en La Paternal. Tomaba el Camino de Cintura donde los colectivos casi me pasaban por encima y recuerdo que cuando llovía se inundaba todo el depósito, era un drama. Fue muy interesante, y fui aprendiendo. Ahí comenzó mi historia en Norton, una bodega que ya tiene 112 años. El vino tiene algo, un don, habla de la historia, es una pasión muy particular.

—¿Qué fue lo más difícil al instalarse en el país?

—Para mí, creo que fue entender bien la mentalidad, que es fundamental para hacer negocios: los códigos que se manejan en cada país, porque cada uno es distinto. Esto lo aprendí gracias a haber viajado mucho por el tema de las exportaciones. Uno tiene que respetar los códigos y entender los ritmos. Eso fue una lección para mí, porque por naturaleza soy una persona muy ansiosa y, en este caso, me jugaba un poco en contra: veía que se tardaba mucho en hacer ciertas cosas, pero eso no es porque sean lentos sino porque hay que entender las formas de pensar, entender los chistes. En definitiva, entender al país, con lo bueno, lo malo, la historia con sus hiperinflaciones, la forma de manejar empresas frente a los cambios económicos. No era un experto, pero tenía un buen grupo de gente, que me quería y apoyaba.